Por Lucía García Itzigsohn

El sábado 9 de julio se cumplieron 200 años de la Independencia de nuestro país. Esa histórica jornada en la Casa de Tucumán que dibujamos en nuestros cuadernos de escuela primaria en la que unos señores habían dicho que no dependíamos más de España. Una patria que acunamos desde el guardapolvo blanco y que durante años nos fue tan distante.

La participación en el desfile oficial de una columna de autodenominados “ex combatientes” del también autodenominado Operativo Independencia constituyó un episodio de violencia simbólica. Violencia simbólica en términos de Pierre Bourdieu es el entramado de naturalizaciones que operan en el sentido común para sustentar la dominación masculina.

En los actos del Bicentenario no se trató de violencia de género. La violencia simbólica se instauró al hacer del desfile militar el acto central en el día en que se celebraban los 200 años de la independencia. Es una fecha emblemática para poner en juego todo aquello que inspiró en aquellos años a crear una nación independiente, para reponer en la historia a las mujeres que también fueron parte de esa gesta. Una ocasión de visitar el pasado para pensar el presente y proyectar el futuro en clave de autonomía, de soberanía, de Latinoamérica.

Claro que esos no son las preocupaciones ni los sueños de la alianza de gobierno. Ni lo eran las de aquellos que ordenaron y llevaron a cabo el “Operativo Independencia”. El General genocida Antonio Domingo Bussi encabezó la antesala siniestra del terrorismo de Estado y llamó a ese dispositivo de tortura, violación y desaparición igual que el hecho histórico fundacional ocurrido en 1816.

La Patria y sus sentidos son los que en estas fechas están en disputa. La escenificación de las marchas militares ocupando las calles y las figuras emblemáticas en sus filas como Aldo Rico y Emilio Nani, los Ford Falcon verdes circulando por Junín componen una apología de la dictadura, una afrenta a la democracia, el resurgimiento de la teoría de los dos demonios en acto.

Es violencia simbólica para el pueblo argentino, para las Madres de Plaza de Mayo, las Abuelas, las y los H.I.J.O.S., las y los sobrevivientes que en los juicios por crímenes de lesa humanidad estaban viendo reparada su dignidad.

En Tucumán se está realizando hoy, ahora, el juicio a los genocidas del “Operativo Independencia”, con apenas una audiencia semanal. Se analizan los crímenes cometidos contra 270 personas, la mayoría de ellas detenidas desaparecidas durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, y ejecutadas por las fuerzas conjuntas que ocuparon el territorio provincial, inaugurando las desapariciones forzadas masivas, los secuestros y detenciones clandestinas, los campos de concentración en centros clandestinos de detención y las ejecuciones sumarias, instalando el terror en la población.

Carlos Carrizo Salvadores, condenado en primera instancia por la masacre de Capilla del Rosario, desfiló en Tucumán como “ex combatiente”.

Carlos Carrizo Salvadores, que en 2013 fue condenado por la masacre de Capilla del Rosario, fue uno de los represores que participó del desfile por el Bicentenario en Tucumán como “ex combatiente”. Su condena fue anulada junto a la de Mario Nakagama y Jorge Exequiel Acosta, anulando las sen por la Cámara Federal de Casación Penal sala III, en un fallo firmado por Eduardo Rafael Riggi, Liliana Catucchi y Ana María Figueroa, quien votó en disidencia. El fallo fue apelado y es probable que llegue a la Corte Suprema.

La dignidad es lo primero que ataca cualquier sistema represivo. Las condiciones en que eran secuestradas y permanecían detenidas las personas durante la dictadura dan muestra de esto. Los asesinatos y desapariciones son la forma extrema de la negación del otro: el exterminio.

La violencia simbólica es el primer paso de la estigmatización. Negar la historia, el dolor y la vida del Otro. Avasallar la dignidad. Hay muchas maneras. Una es discutir la cifra acuñada por las organizaciones de 30.000 desaparecidos. Otra es desarticular los dispositivos del Estado para sostener los juicios por crímenes de lesa humanidad. El fin de semana inauguraron una nueva: el desfile de genocidas en actos oficiales.

El 24 de marzo último más de 500.000 personas marchamos en todo el país refrendando un compromiso de por vida con los derechos humanos como base de la democracia y la convicción de que la Patria es el Otro. No será tan fácil desmantelar cuarenta años de caminar hacia la justicia. Aunque Mauricio Macri hable, eufemismos mediante, de reencuentros y reconciliación.

En estos días aparecieron en Tucumán los restos de Luis Falú. El Equipo Argentino de Antropología Forense identificó genéticamente los huesos que el CAMIT, Colectivo de Arqueología, Memoria e Identidad de Tucumán, vinculado a la Universidad Nacional de Tucumán, encontró en el Pozo de Vargas donde hace años realiza excavaciones. El propio Bussi fue quien le disparó. Tenía 23 años. Su hermano, el guitarrista Juan Falú dijo al diario cooperativo Tiempo Argentino: “Para mí la Patria hoy es mi hermano Lucho”.