Por Franco Dall’Oste

El pasado lunes, en el marco del Foro Universitario por el Bicentenario, el ex presidente del CONICET, Roberto Salvarezza, sintetizó en una frase gran parte de la médula espinal del sistema de Ciencia, Técnica y Educación que se fue construyendo en los últimos doce años: “El conocimiento es soberanía”.

En este sentido, es importante darle a lo discursivo su peso proyectual, su capacidad de delatar o dar cuenta de las formas que cada uno tiene de ver el mundo, y de predecir las acciones o reacciones que tendrá a futuro. No es una ciencia cierta, pero algo nos cuenta del otro.

En el Estado del Estado, la educación es un subtítulo de la sección “Desarrollo Humano”, al igual que “Vivienda” y “Salud”. Es decir, el 6,5% del PIB se analiza en tan sólo unas cuatro páginas, en las cuales se enumeran, vagamente, algunas críticas al sistema del Gobierno anterior. Por otro lado, “Ciencia y Tecnología” es también un subtítulo del área “Cultura e Innovación”, cinco páginas perdidas entre “Cultura”, “Cancillería” y “Ambiente y desarrollo sustentable”.

Podríamos decir, entonces, que la Educación y la Ciencia y Tecnología o no estaban tan mal o no son lo suficientemente importantes para tener una sección específica, con una investigación seria y profunda para dar cuenta de sus logros y defectos, y que conformaron un área clave para el Gobierno anterior.

Dentro del puñado de críticas que se hacen, puede detectarse un factor común: el crecimiento desmedido y sin planificación parece ser el centro del problema. El sistema de Ciencia, Técnica y Educación tuvo estos doce años de crecimiento, de inclusión y de logros nunca antes vistos, de forma descerebrada, sin plan que lo contenga, sin guía. Por todo esto, es mejor la destrucción. Borrón y cuenta nueva.

Hoy en día, esta planificación descerebrada está experimentando las primeras guías del Gobierno de Macri. Un ejemplo es el Conectar Igualdad: la entrega de alrededor de cinco millones de netbooks se compensa ahora con el vaciamiento del programa, despidiendo a 1.100 personas del área de asistencia e inclusión digital, responsabilizando a cada provincia por la continuidad de la entrega de computadoras, y coqueteando con Microsoft para que se adueñe del programa, eliminando el nacional Huayra.

En este sentido, Alberto Sileoni, ex ministro de Educación de la Nación, comentó a diario Contexto que “5.400.000 netbooks es un hecho absolutamente incontrastable”. A su vez, dijo que en un universo tan grande siempre puede haber problemas, cosas por solucionar, “pero la primera reflexión que quiero hacer sobre esto es una decisión de política pública que tiene la intencionalidad de cerrar brechas tecnológicas”, considerando que, debajo de estas brechas, “hay desigualdades sociales”.

Por otro lado, destacó que “para casi el 40% de los jóvenes que la recibieron, era la primera netbook de casa”, y que, “si uno en vez de tomar el total, va a la población más carente, cerca del 60% pudo, por primera vez, abrir una netbook en la mesa familiar, que la ven los padres, los abuelos, los hermanos menores”.

Con respecto a la posible eliminación del sistema operativo Huayra, un software libre GNU/Linux desarrollado por el Estado, opinó que “me parece que viene una línea donde Microsoft va a tener casi el monopolio, y ya uno lo empieza a ver porque este Gobierno tiene ese tipo de relación con el capital”.

Las críticas al programa han sido en su mayoría vagas, apuntando a dificultades propias de un proyecto que involucra no sólo la repartición de computadoras hechas en el país y con un sistema operativo desarrollado por el Estado, sino que implica la capacitación de docentes, técnicos, estudiantes, y la elaboración de un plan a nivel nacional. A esto se le suman las dificultades en el acceso a Internet en ciertas poblaciones o sectores económicos, y otro montón de fallas que deberían trabajarse aumentando la inversión y los recursos humanos disponibles.

“Al día siguiente de distribuir la netbook número 3 millones, que ni salió en los diarios, en la tapa de Clarín publicaron una investigación que decía que las netbook distraían a los jóvenes”, comenta Sileoni.

El informe es, entonces, una clara muestra del lugar que el sistema de Ciencia, Técnica y Educación va a tener durante esta nueva gestión: “El informe es de una pobreza intencionada porque hay mucho para decir. Nosotros dejamos la gestión con un informe de cuatrocientas y pico de páginas dedicadas a educación, o sea que esas cuatro páginas son decididamente pobres, para dar la idea de que no hay nada”, declaró el ex ministro de Educación.

“Lo que viene en educación es menos Estado Nacional, un Estado compensador, no garante de derechos, que va a equiparar calidad con educación (para la tecnocracia, la calidad es evaluar, nada más), que va a discontinuar muchos programas y que va a retirarse del territorio”, dijo Sileoni. Esto, en un federalismo débil, donde “cinco provincias concentran el 85% del producto bruto geográfico”, es un preanuncio de un gran error, según el ex ministro, “porque hay una gran cantidad de provincias argentinas que tienen más del 95% de su presupuesto dedicados a salarios, entonces no pueden hacer políticas”.

“Se va a abandonar la mirada nacional, lo que para nosotros es la nación educativa: alguien que pueda mirar a partir de las veinticuatro particularidades que tiene cada una de las jurisdicciones y establecer un hilo común. Algún autor habla del collar de perlas, que son hermosas, pero si el hilo no existiera sería un conjunto desarticulado de cosas: bueno, a mí me parece que el hilo se puede cortar”.