Leandro García es profesor de Historia de América Latina en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social y de Humanidades de La Plata. También profesor secundario en el Colegio Nacional y maestro primario. Convocado por Contexto para pensar el Bicentenario del 9 de julio, propuso pensar la fecha desde la identidad latinoamericana, la cual “todavía sigue en construcción”.

-¿En qué clave se puede pensar aquel 9 de julio de 1816 doscientos años después?

-Me parece interesante verlo desde la cuestión de la identidad, porque es en el momento de las independencias cuando se va formando la identidad sudamericana y de integración, aunque en un primer momento el objetivo político y militar fuera romper lazos con España. También se puede considerar como el primer mojón para avanzar con eso que hoy conocemos como Patria Grande, con la idea de que debían incorporarse otros actores que hasta el momento no tenían participación en la cosa pública. Por ejemplo, la cuestión de los pueblos originarios, aunque eso fue bastante conflictivo.

-En ese momento, ¿qué proyectos había en pugna?

-En realidad, surge una idea de región en términos políticos, más que nada en San Martín y Bolívar, hasta en Belgrano mismo. Después estaban los sectores sociales que habían sido sometidos durante la Colonia y aun por quienes ahora convocaban a Tucumán. Por eso digo que era complejo y contradictorio. Pero la verdad es que se pensó en esos grupos, aunque sea desde una élite.

-Y Artigas tampoco va.

-Y sí, también hay que decir que hubo tensión con otros proyectos, como por ejemplo el de (José Gervasio) Artigas. Porque Artigas no va y es un desafío muy fuerte. Artigas tenía una idea más federativa, otra visión del reparto de las tierras para quienes las trabajaban.

-La idea de integración después será abandonada y retomada sucesivamente.

-La creación de los Estados nacionales, a partir de 1850, en general, conspira contra la idea de la integración porque la idea del Estado nación es una entidad más pequeña, que es positiva pero que implica una rivalidad con el otro, enfrentamiento que provocó guerras, como entre Bolivia y Chile por la salida al Pacífico y los salitrales. Aun así, ese período también sirvió para la creación de una identidad propia.

-En el siglo XX, la cuestión de América Latina ¿fue muy fuerte desde lo político?

-Sí, por ejemplo con la Revolución mexicana. O en los años veinte, donde lo latinoamericano se empieza a pensar desde Haya de La Torre o Mariátegui en Perú, donde se habla de lo indoamericano. En la década del sesenta definitivamente aparece una identidad latinoamericanista con la Revolución cubana o con las ideas antiimperialistas y antiestadounidenses en América Central y en América del Sur. Y obviamente las experiencias de inicios del siglo XXI con Chávez, Correa, los Kirchner, Evo Morales y Lula.

-¿Hubo alguna novedad en este último tramo que vos marcás?

-Creo que la novedad es que se buscó construir la integración más allá de lo comercial, o no poniéndolo en primer lugar, sin que lo comercial tenga nada de malo. Y también la idea de convocar a la construcción de la identidad a sectores que no lo tenían como prioridad en su agenda, como los pueblos originarios, como aquellos que siguen a Evo en la conformación de un Estado Plurinacional. O como los movimientos sociales y sindicales, como en el caso de Argentina y Brasil. Siempre con tensiones, claramente.

-Estos presidentes supieron rescatar nombres ya consagrados, pero también otros personajes como Miranda, Sucre o Juana Azurduy.

-Sí, por supuesto. Hubo un intento de apropiación de esas figuras totalmente válido desde una visión latinoamericanista. Fue romper con, por ejemplo, la apropiación que sectores militares y mitristas hacía de San Martín, una corriente que dejaba afuera a un montón de personajes que ahora sí fueron retomados. También estos Gobiernos reivindicaron una dimensión que nada tenía que ver con la idea de prócer en un panteón.

-¿Te referís a una dimensión más política y más humana?

-Claro. Estos líderes de ahora eran, principalmente, cuadros políticos, y el rescate que se hacía de esos próceres fue político, porque eran militares y eran políticos. Porque la idea de mantenerlos en ese panteón era ubicarlos en una posición inalcanzable. Ellos también tuvieron sus contradicciones y no hay por qué ocultarlas, porque formaban parte de ese proceso. Eran personas que tenían proyectos en común, y a veces no tanto, sin con esto sacarle el carácter de gesta a lo que hicieron. Pero se enfrentaron a una situación apremiante sin saber a ciencia cierta cuál iba a ser el futuro, porque un proceso revolucionario es un vacío de poder. Por primera vez hay un rescate como portadores de un proyecto político.

-Aquellas discusiones a veces son presentadas como de otro tiempo, pero hay continuidad hasta hoy.

-Cuando uno lee los discursos de Bolívar, realmente hay actualidad. Está el problema de la tierra, de la igualdad, de la injusticia, que son nuestros problemas y que se vienen planteando hace doscientos años. No es real que lo que se discutía antes no tiene nada que ver con lo que pasa ahora. Es una operatoria de querer presentarlo todo como lejano. Por ejemplo, Perón, que no lo había nombrado, tiene una idea de retomar la integración latinoamericana.

-Rápidamente, el Gobierno de Mauricio Macri avanzó en una idea contraria. Bajó los cuadros de los patriotas latinoamericanos de la Casa Rosada y hasta sacó a los próceres de los billetes. ¿Cómo lo ves?

-Yo no esperaba otra cosa. Pero si bien tener al Estado es importante, no es definitivo. Se tendrá que poner el acento en otros espacios, principalmente en la divulgación y la formación. El desafío está en convencer a la mayoría de que la unión latinoamericana no es una sólo una frase, sino que es un objetivo a plasmar porque hay datos de la realidad que así lo indican. Lo que pasa es que siempre esa idea hizo ruido y fue peligrosa, porque tiene sus enemigos, adentro y afuera, que siempre miraron a Europa o a Estados Unidos.