El retorno del rey

El retorno del rey

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Por Carlos Ciappina

Invitar al rey (emérito) de España Juan Carlos de Borbón a la conmemoración de los doscientos años de la Declaración de la Independencia argentina es una medida del Gobierno neoconservador argentino que muchos han tomado con incredulidad, otros con humor y otros con tristeza y bronca. Yo imagino la sonrisa burlona del último virrey Cisneros: ¿para esto querían ser libres?, ¿para volvernos a llamar doscientos años después?

No es cualquier rey, el ex rey Juan Carlos es aquel que quiso hacer callar al presidente electo de la República Bolivariana de Venezuela (el presidente Chávez, votado una y otra vez por su pueblo, a diferencia del señor rey a quien nadie votó) porque le molestaba lo que decía. Es el mismo rey emérito que se entretenía asesinando ejemplares de elefantes africanos y acompañaba la hazaña con la foto correspondiente.

Esta invitación denota, a priori, un profundo desconocimiento de la historia de depredación, muerte y destrucción de la que fue responsable el Estado y la monarquía española desde la invasión iniciada en 1492 hasta su derrota en 1825 (y aun después en su domino sobre Cuba y Puerto Rico).

La monarquía y el Estado español (ambas entidades siguen existiendo) fueron responsables del mayor genocidio de la historia humana: cualquier cálculo de los más diversos historiadores oscila entre 40 y 60 millones de personas muertas en los dos primeros siglos de la presencia española en América: matanzas, trabajos forzosos, violaciones, enfermedades y desplazamientos fueron los métodos de ese primer saqueo de nuestra América, que la historia monárquica española llama conquista y colonización.

Sobre ese primer genocidio se constituyó un orden colonial basado en la extracción minera, la tala de bosques y selvas, la ocupación de las tierras de los pueblos ancestrales y los sistemas de trabajo forzado. Sobre esta hecatombe, la monarquía española superpuso otra tragedia planificada: la esclavitud de millones de africanos para reemplazar a los pueblos originarios allí donde se fueran exterminando.

América era parte del Imperio español y este descansaba en la monarquía, su rey y las riquezas extraídas de América.

Precisamente, ese orden desigual, esclavista, genocida y discriminador es el que cuestionaron los líderes latinoamericanos y nuestros pueblos en el período que se inició con la sublevación de Tupac Amaru en 1781 y finalizó en la batalla de Ayacucho en 1825.

La independencia no fue un desfile militar, prolijo, pulcro y folklórico, fue una larga lucha con liderazgo criollo y masas populares indígenas, negras y mestizas. El Imperio español no se retiró amigablemente: dio una batalla a fondo contra los deseos emancipatorios latinoamericanos, lucha que no excluyó nuevas matanzas, crímenes y destrucción de vidas y recursos. Fue una larga guerra desigual entre ejércitos monárquicos bien comidos, pertrechados y entrenados, y pueblos en armas malcomidos, pobremente vestidos y armados.

Nuestra independencia del Imperio español incluyó también los deseos (no siempre alcanzados) de emancipar a los pueblos ancestrales, liberar a los esclavos y redistribuir el poder que las élites españolas habían concentrado.

El hecho de invitar al rey emérito de España guarda en sí, por todas estas características, un sentido mucho más profundo y peligroso: desdibujar nuestra densidad nacional, perforar nuestras creencias más profundas, poner en duda el verdadero núcleo inicial de nuestra identidad como pueblo y como nación: si nuestros opresores históricos se suman amigablemente a los festejos de nuestra dolorosa y dura emancipación, ¿será que no ha sido tan opresores?, ¿o será que nuestra emancipación fue entonces una gran mentira?, ¿o que nuestra historia nacional es una gran farsa?, ¿o que nuestras maestras y profesores de la escuela nos han mentido irreparablemente con el cuentito (mal contado y todo) de la Independencia y sus próceres?, ¿será que no debemos tener próceres?, ¿o será que la Independencia fue un acto de estúpido narcisismo colectivo que sólo nos ha conducido a esta actualidad de subdesarrollo, atraso y “alejamiento” del mundo?

Invitar al señor ex rey de España se inscribe así en un proceso simbólico que retoma, corrige y aumenta el desplegado por el menemismo en los fatídicos años noventa. El menemismo se propuso licuar los componentes rebeldes, emancipatorios y contestatarios del peronismo, y al menos durante sus diez años lo logró: Menem se autodefinía permanentemente como peronista y a la vez privatizaba las empresas que el peronismo había creado, se decía peronista y seguía ciegamente la política exterior norteamericana, nombraba ministros/as del más rancio conservadurismo mientras expulsaba millones de obreros del mundo del trabajo, se decía peronista y liberaba genocidas y visitaba amigablemente a dictadores “gorilas” que habían masacrado a militantes peronistas (como aquella foto terrible junto a Isaac Rojas). Esa destrucción simbólica fue central para el despliegue neoliberal del menemismo.

La apuesta del macrismo es, hoy, mucho mayor: ya no se trata de licuar la simbología y la cosmovisión de un movimiento nacional y su partido, se trata de desarmar la construcción de sentido de toda una nación. El neoconservadurismo nos propone terrible y duramente eso: la nada nacional, la nada latinoamericana; y nos lo propone, como debe ser, en el campo simbólico (para luego llevarlo a cabo en el de otras materialidades, como la de derechos colectivos y la economía): el presidente norteamericano nos visitó un 24 de marzo, sin siquiera un reproche o un pedido de disculpa de las complicidades del Estado norteamericano con la (y las) dictaduras cívico-militares latinoamericanas (la de Videla incluida); nuestro ministro de Finanzas va a España y pide perdón públicamente por las nacionalizaciones de empresas españolas (cuyos gerentes están hoy presos por corruptos en la propia España); y ahora, en la fecha patria más importante de todas, nos viene a acompañar el señor rey (ex) de España.

No es, por lo tanto, un arranque de cholulismo promonárquico, ni una idea alocada para ganar visibilidad; tampoco una muestra de “amigabilidad” con el pueblo español (que tiene su propia historia de lucha por una sociedad más igualitaria). Se trata de un plan y un mensaje premeditado y planificado hacia el gran capital transnacional y las potencias internacionales: los esperamos con los brazos abiertos, sin prejuicios y sin “incorrectos” resentimientos nacionalistas; Argentina está nuevamente en estado de “disponibilidad” para nuevos saqueos y reconquistas.

Bien analizada, la propuesta resulta perfectamente encuadrable en un proceso de largo aliento que se inició con el nuevo Gobierno nacional al poder: desnacionalizar, deslatinoamericanizar, desdibujando los trazos simbólicos de nuestras identidades emancipatorias argentinas y latinoamericanas. El neoliberalismo necesita precisamente eso: que la nación latinoamericana no exista. Y la existencia de la nación se juega también en cómo se vive su historia.

El mensaje es inequívoco: el Gobierno neoconservador se pone en el lugar del poder depredatorio, en el lugar del olvido y la anulación de la historia de lucha de nuestros pueblos. Para nuestro Gobierno, los doscientos años de independencia han sido un gran error, por eso promueve el retorno del rey, de todo lo que la monarquía significa, aunque sea emérita.


 

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