Por Franco Dall’Oste

Una vez, en una charla con cierto periodista “K”, le comenté que había oído rumores y teorías que indicaban que cierta entrevista que se hizo desde su programa a Daniel Scioli estaba arreglada, que las respuestas, los tonos, las risas y los gestos estaban todos debidamente ensayados. “Yo me enteré quince minutos antes de salir para el programa”, me contestó. “A la gente le gusta pensar que todo está así de arreglado, de ordenado, pero en realidad cuando lo ves de adentro te das cuenta que es un caos”, me confesó después.

La conspiranoia es tentadora. Para ambos sectores: opositores, oficialistas, troskos, K o macristas; todos en algún momento caen en la tentación de la conspiración ultra secreta (que ellos saben) y que implica una intrincada estrategia donde cada acción, cada reacción y cada palabra están en función de un único objetivo. Es la versión de la política de House of Cards, donde todo está dispuesto para la obtención de poder (poder como abstracción, esa palabra tan vacía de significado que se repite a cada rato en la tele, ¿poder para qué?, ¿qué implica ese poder?, ¿qué límites tiene?, ¿qué sentido?), en una especie de maquiavelismo yanqui posmoderno y funcionalista.

Y, sin embargo, uno se pone a leer y a investigar sobre una empresa como McKinsey y es difícil no ponerse conspiranoico.

McKinsey es una multinacional que ofrece servicios de consultoría en más de sesenta países del mundo, y cuenta entre sus clientes a las más grandes empresas mundiales, además de Gobiernos e instituciones. Es un inmenso entramado de CEO, lobbystas, gerentes y especialistas que caminan los pasillos y susurran en los halls con más poder (financiero y político) que existan. Y sí, la Casa Rosada está entre ellos.

La multinacional tiene a su vez un sobrenombre: The Firm (La Firma). Un nickname imponente y hasta soberbio dentro del mundillo de las corporaciones. Duff Mcdonald, autor del libro The Firm: The Story of McKinsey And Its Secret Influence on American Business (‘La Firma’: La historia de McKinsey y su influencia secreta en los negocios de Estados Unidos), cuenta que, a lo largo de sus ochenta años de historia, McKinsey rediseñó la estructura de poder dentro de la Casa Blanca (recomendó crear la figura del jefe de Gabinete, por ejemplo), ayudó a la Europa de posguerra a reorganizar sus empresas en ruinas, participó en la invención del código de barras, revolucionó las escuelas de negocios y hasta inventó la idea de “presupuesto” como una herramienta de gestión.

La Firma, a su vez, mantiene en secreto su lista de clientes e intenta mantener un perfil bajo, fuera de polémicas, despegándose de los fracasos y sin alardear de sus éxitos. Sin embargo, hacia dentro del mundo empresarial tienen el ego bien alto: consideran a sus consultores “trabajadores intelectuales”, pensadores, estrategas capaces de predecir los flujos económicos, y grandes contribuyentes al progreso de la humanidad.

Y nosotros contamos con dos de sus “trabajadores intelectuales” dentro del Gobierno: Mario Quintana, secretario de Coordinación Interministerial de la Jefatura de Gabinete, y Gustavo Lopetegui, asesor en la misma cartera. “Ambos ex McKinsey aparecen como los coordinadores del nuevo engranaje de gestión macrista bajo la órbita del jefe de Gabinete, Marcos Peña. Se reparten entre ambos 22 ministerios, 13 organismos descentralizados y 16 empresas en las que el Estado es accionista principal”, nos informó, orgulloso, el diario La Nación.

Lopetegui es, a su vez, ex CEO de LAN. Quintana fue denunciado en el programa de Navarro como uno de los que compraron dólar futuro, a través del Mercado a Término de Rosario S.A. (ROFEX). “Quintana era, hasta asumir como funcionario de Mauricio Macri, director de Farmcity y CEO del Fondo Pegasus que, entre ambos, compraron US$ 11.480.000 de dólares a futuro” asegura Iván Schargrodsky en una nota del portal El Destape.

Fernando Krakowiak viene denunciando en Página/12 la colaboración de la multinacional, gracias al impulso (el lobby) de Quitana y Lopetegui, para la construcción de un marco regulatorio para el desarrollo e innovación en TIC. Es decir, McKinsey está asesorando al Gobierno para ver qué hacer con la Ley de Radiodifusión, las telecomunicaciones y el ARSAT.

La principal articulación se da entre la empresa, Quintana, el ministro de Comunicaciones de la Nación, Oscar Aguad, y De Loredo, presidente de ARSAT (satélite que entre los sí y no quedó en veremos para la producción y lanzamiento del tercer modelo). El proyecto incluye un plan de negocios para la empresa satelital, en el que se considera auditar y meter capital privado no sólo en el satélite, sino también en el tendido de fibra óptica, el data center y la Televisión Digital Terrestre o TDA, la parte que menos gusta al macrismo.

Según Página/12, la empresa estaría cobrando una ganga de 875 mil dólares por dieciséis semanas de proyecto. En este sentido, Libres del Sur pidió informes en el Ministerio de Comunicaciones y presentó un proyecto de Resolución en el Congreso para solicitar al Poder Ejecutivo información sobre tratados con McKinsey. Este pedido es poco probable que dé sus frutos: la sospecha es que hayan contratado a través de ARSAT, que al ser Sociedad Anónima puede no informar estos movimientos.

Pero la relación entre la empresa es más estrecha con el Gobierno de lo que pueda imaginarse: ahora se tiran flores entre ellos, en fiestas elegantes, donde la creme de la creme empresarial se rodea de los nuevos CEO-políticos. Reimaginando Argentina se llama el libro que editó la empresa y que analizó Krakowiak en Página/12 el pasado 26 de junio.

Un gran ejemplo es el del jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, de quien el libro dice: “Pocos conocen como él sus calles (en referencia a la Ciudad), que camina incansablemente sin dejar de pensar en el país entero”, “jamás deja de escuchar las necesidades y opiniones de los ciudadanos porteños”, “su afición a dialogar tiene historia: él fue uno de los grandes protagonistas del proceso político que atravesó la Argentina en los últimos diez años”.

Los piropos no se detienen ahí: además de Macri, están Eugenia Vidal (“Mariu –como la conoce la militancia y como familiarmente la llaman cuando toca timbres de casas en la amplia geografía de la provincia– hace foco en la gente”), Federico Sturzenegger (“Volver a la Argentina significaba volver al país que en la Navidad de 2001 había protagonizado el mayor default en la historia mundial”, como quien no tuvo nada que ver), el director de BICE, Eduardo Levi Yeyati, además de otras “reflexiones de líderes de la Argentina”.

La Ley de Radiodifusión, las telecomunicaciones y ARSAT (con todo lo que implican) están ahora en las manos de McKinsey, una empresa que no fue elegida por nadie y que será la encargada de diagramar una nueva ley y un plan de negocios para sectores claves de la ciencia, la tecnología y la comunicación del país. Uno también se pregunta si, entre tanto negocio y favores, era necesario el libro.