Por Fernando Alfón

De las múltiples comunidades a las que pertenece José López: su familia, su frente político, su nación, la humanidad, sólo una de ellas se sintió particularmente afectada y especialmente dolida. El kirchnerismo –esa comunidad imaginada de algunos miles de personas– sintió que la misma tierra que hundía a López enterraba también al movimiento. El suceso es extraño, porque los argentinos, esa otra comunidad a la que pertenece López, no se sintió con las manos manchadas. La humanidad, esa otra abstracción aun mucho más incontable, no sabe, siquiera, quién es López.

La manera en que un miembro de la comunidad afecta al conjunto es del orden de las creencias. Si ahora perdiéramos la Copa América, los 43 millones de argentinos sentiríamos pena; pero casi ninguno de esos millones siente culpa por las burlas que la familia Messi hizo al fisco español, así como tampoco de las burlas que la familia Macri hace al fisco argentino. Esas burlas (las de Macri) tampoco parecen recaer en la comunidad imaginada llamada “macrismo”. No veo a los militantes del PRO darse latigazos en la plaza pública por los millones de su líder solapados en las cuevas fiscales. Entiendo, quizá, la flagelación de muchos kirchneristas, porque prestamos nuestra colaboración a ese movimiento de manera más desinteresada, y en el fondo una fibra cristiana nos recuerda que, aun no habiendo sido nosotros los que mordimos la manzana, debemos arrepentirnos.

Ahora que nombro al cristianismo –esa otra comunidad abstracta mayor que la argentina, pero no tan gigante como la humanidad entera, a la que quizá pertenezca también López–, tampoco se siente aludido por sus delitos, como no siente que tenga que responder por la corrupción en la que, sin duda, está involucrada alguna de las monjas del monasterio. (Con la aparición de cada nuevo pedófilo en las filas de la Iglesia, la comunidad de cristianos, compuesta por la friolera suma de unos 2 mil millones y pico de fieles en todo el mundo, no sale a declarar que está arrepentida de haber abrazado la Cruz).

Desde que aparecieron las imágenes de los fajos de billetes húmedos, el fusil y las joyas asociadas a la plana mayor del Gobierno pasado, muchos kirchneristas entraron a una suerte de confesionario público para gritar a los cuatro vientos ¡perdón por haber pecado! Arriesgo, a costa de equivocarme o de minimizar el efecto López, que si el problema es la culpa, basta con decir que en la comunidad imaginada llamada kirchnerismo –esa comunidad que, en tanto imaginación, la diseñamos a nuestro gusto– no está José López. Pienso, incluso, en una alternativa aun más arriesgada: imaginar que López, no siendo el tipo de sujeto político que imaginamos cuando pensamos en el kirchnerismo, deba considerarse parte indisociable de esta comunidad, al punto que desembarazarnos de él implique desembarazarse también de las conquistas sociales, de las leyes reparadoras, de la política de derechos humanos, del desendeudamiento, de los buenos salarios.

Creo que cuando nos invitan al cadalso público a arrepentirnos, en verdad, es a arrepentirnos de esto último, no tanto de López, pues gracias a Dios –es decir, a nuestro enorme poder de crear abstracciones– López afecta por igual a su familia, a su frente político, a su nación y a la especie humana. No estoy tentado, sin embargo, a decir que “Todos somos José López”, porque me tienta decir algo mucho más político: “Solo nosotros y únicamente nosotros somos José López”. Asumir a López, si se quiere, como quien asume la presencia del diablo, en vez de buscar un lugarcito entre la comunidad de los santos. Que sean otros los pulcros, que sean otros los inmaculados.