Por Roberto Álvarez Mur

En la actualidad regional latinoamericana, Colombia es un termómetro de suma complejidad en el clima de discusiones políticas y sociales. Si bien es imposible elaborar una radiografía de un continente a través de un solo país, el historial de avanzadas neoliberales combinado con una pirámide social de campesinado y élites cuya cohesión se dirime con balas y sangre hacen de Colombia un mundo en sí mismo. Contexto dialogó con los investigadores y cineastas colombianos Jefferson Montaño Palacio y Eliana Nuskwe sobre las claves para analizar los poderes que rigen en la región y las formas de resistencia que día a día luchan por una alternativa popular.

Nuskwe –becaria del CONICET, miembro del Centro de Investigación y Desarrollo en Medios e Industrias Culturales de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP– acompañó a Palacios en el marco organizativo del ciclo de cine documental colombiano a desarrollar durante el segundo cuatrimestre lectivo, compuesto por cinco películas realizadas por académicos e investigadores del sudoeste colombiano, sector más afectado por el conflicto armado. La grilla de filmes incluye: Las mujeres de Pízamos (documental de Noscué), La plata o la vida, Con una gota empieza un aguacero, La sangre y la tierra y El Mango en medio del cañón, producción de Montaño Palacio. “Estos cinco documentales nos cuentan las consecuencias de la implementación de los modelos liberales en Colombia, que han sido sucesivos en los últimos cien años de historia. A partir de la violencia se ha negado la posibilidad de ascenso de modelos democráticos, nacional-populares en la línea de lo que aquí ha sido el kirchnerismo, por ejemplo”, adelantó Nuskwé.

Para su realización audiovisual, Jefferson Montaño Palacio decidió sumergirse en la realidad vivida en el Corregimiento de El Mango, en el departamento de Cauca, al sur colombiano, donde las poblaciones agrarias cargan con treinta años de conflicto armado sobre sus espaldas. Grupos armados militares y grupos clandestinos atacando las poblaciones y desplazando a sus comunidades a la deriva fue lo que Palacio documentó durante casi un año con un trabajo de equipo al margen de los aparatos mediáticos centrales.

-¿Cuáles son las claves geopolítias, históricas o culturales que han convertido a Colombia en una zona de conflicto permanente frente a los escenarios regionales?

JMP: Primero hay que recordar que, cuando nació el plan Colombia, fue precisamente con el apoyo de Estados Unidos. Este no es otra cosa que un plan armamentista para atacar a poblaciones campesinas. Ellos defienden su territorio cada vez que no tienen otra opción. Es el ejemplo de los cultivos ilícitos. El Estado masacra campesinos envenenando sus tierras. Eso genera que muchas poblaciones se desplacen a las urbes a vivir en condiciones precarias. Es en esos espacios de aglutinamiento que se generan bandas armadas donde se involucran los jóvenes sin opción. Como no hay una política pública de educar a esos jóvenes, de emplearlos, entonces caen en el delito. El Estado hace presencia a través de la bota militar y no a través de las condiciones de vida, como los acueductos, agua potable, alcantarillado, servicios públicos, educación.

EN: Desde 1929, la injerencia de Estados Unidos ha estado muy ligada. Si analizas geográficamente, nosotros estamos allí cerca de ellos. La eliminación del otro a sangre y fuego ha sido histórica.

-¿Cómo podemos dimensionar la situación del campesinado de esta región respecto de la coyuntura socioeconómica colombiana?

JMP: En esta población, el 85% de la población cultiva coca. Esto sucede porque no encuentran otra forma de subsistencia. Su pancoger (aquellos cultivos que satisfacen parte de las necesidades alimenticias) muchas veces es desvalorado, y debe ser vendido a precios de menos de la mitad. Por eso deben buscar sustentabilidad a través de cultivos ilícitos.

-¿Ese clima de persecución militar y paramilitar representó un obstáculo o riesgo en la realización del documental?

JMP: Nosotros tuvimos prácticamente tres ataques que fueron muy bravos. El más corto duró cuatro horas. Todo a través de artefactos de fabricación casera, como los cilindros bombas; hay también unas granadas de fragmentación que generan un fuerte estallido.

-Respecto de tu trabajo frente al avance neoliberal en Colombia, ¿cómo creés que influyeron los últimos diez años de Gobiernos populares en Latinoamérica y cómo ves el porvenir frente a la nueva derecha instalada?

JMP: Es importante recordar al comandante en jefe Chávez. Hugo Chávez fue una de las personas que, en cierta manera, unió a Latinoamérica, y lo digo porque, precisamente, nos tiene hoy hablando del “posconflicto” en Colombia. Es decir, si no hubiera sido Chávez junto a Piedad Córdoba quien asumiera ese rol de tratar de llegar al diálogo, hoy no estaríamos hablando de la famosa “paz”. Seguido a eso, cuando muere Chávez, eso generó un golpe emocional en muchos líderes políticos.

-¿Cómo sería posible transitar el camino a una transformación similar en ese sentido en Colombia?

JMP: Para hablar de transformación en Colombia deberíamos esperar, creería, dos gobiernos más. Han pasado gobiernos a través de las alcaldías, como el caso de Bogotá, no totalmente de izquierda pero en planteo de beneficios para la comunidad. Colombia nunca ha tenido un Gobierno de izquierda, todos sus Gobiernos han sido de derecha liberal. El ideal sería incluso que las FARC tomen fuerza como grupo político, que en cierta manera eso contribuya.

-¿Es posible que las FARC asuman un lugar de representatividad popular a nivel democrático institucional?

JMP: Para mí sería fantástico que las FARC, en cierta manera, se conviertan en un brazo político. Estoy seguro de que muchas personas van a incidir, acercándose a esas formas de hacer política y con la ideología de ese grupo.

EN: Lo que no debemos olvidar es que en un transcurso de sesenta años hemos tenido procesos de paz y hemos firmado por la paz. Y después de que se ha firmado, han matado a las personas que firmaron este proceso. Eso debe verse también. La insurgencia tiene toda la voluntad de hacerlo, pero hay fuerzas neoliberales que no quieren que haya paz y que no están de acuerdo con ese proceso.

-En ese panorama, ¿qué protagonismo juegan los medios de comunicación, en especial su principal aparato empresarial, el Grupo Caracol?

EN: El poder mediático en Colombia está depositado en cuatro familias. La ley que enmarca el espectro relacionado a los medios de comunicación es netamente empresarial. Por ejemplo, sólo en señal pública encontramos un solo canal con poco rating, y es el único con contenidos interesantes. Y, teniendo en cuenta los intereses propios de los grande medios, nuestro vecino Venezuela es atacado constantemente. Es una visión netamente neoliberal y la población está atravesada por ese discurso. Si apela al llamado sentido común, la gente desconoce todo el contexto político y social de Venezuela y se limita a esa información que llega. Lo mismo pasó con el ascenso de Macri: la información fue tratada como “el fin del comunismo en Argentina”. En Colombia se consume mucho de ese espectro.

-Partiendo de esa órbita, ¿existen experiencias locales de medios alternativos o un periodismo que haya buscado contrarrestar los discursos empresariales?

JMP: Uno de los medios que yo aplaudo es TeleSUR. Hoy en Colombia ya no está, pero lo podemos ver a través de Internet. Justamente Uribe bajó la señal para que no nos llegara a nosotros esa información (en sintonía con la misma medida tomada por Macri de manera reciente). Eso de entrada nos generó un golpe, porque medios independientes y con sentido crítico como TeleSUR no abundan, es único. En Colombia hay parte de los canales universitarios y los canales regionales que logran una alternativa. Noticias Uno es un canal crítico, que también se está buscando sacar del aire, y que genera parte de la comunicación que queremos.

-Si el escenario que describen se presenta controlado por los poderes mediáticos, políticos y militares casi en su totalidad, ¿dónde puede generarse un foco de resistencia y construcción política para el pueblo?

EN: Está en la militancia, en la cultura y la comunicación. De eso se trata. No podemos igualarnos a lo que el poder hegemónico ha logrado, pero yo creo que hay muchas posibilidades de tácticas de pelea. La web, Internet, las nuevas formas de comunicación, si bien dependen del uso, ofrecen muchas posibilidades. Uno de los realizadores del documental nos decía que él no se enteraba de lo que sucedía en Francia por Le Monde sino por sus amigos en Facebook. Lo mismo respecto de lo que sucede en Argentina: no se entera a través de La Nación o Clarín, sino a través de vías alternas.

JMP: Hay algo de lo que estoy convencido como comunicador y como activista: nosotros, para transformar el país, tenemos que plantear nuevas formas. Venimos trabajando con una población de desplazados territoriales y, por ejemplo, a través del teatro venimos haciendo una puesta crítica y reflexiva. Buscamos reflejar qué les ha sucedido a través del desplazamiento y qué tienen para reclamarle al Estado. Principalmente, creo que el Estado está en deuda con esas personas. Es posible transformar a través de las artes. Si nosotros no buscamos formas de comunicar o de denunciar, nos vamos a quedar solamente en el discurso. A través de la práctica es que podemos lograr cosas contundentes.