Por Marianela García*

El martes pasado Graciela Ocaña presentó un proyecto de ley para que las formaciones de subtes de la Ciudad Autónomas de Buenos Aires cuenten de lunes a viernes con vagones exclusivos para mujeres, frente a las crecientes denuncias de acoso sexual que se vienen registrando en la Capital Federal. La propuesta de los vagones “pink” resultó polémica no sólo para algún*s usuari*s que se prestaron a la entrevista mediática, sino para las propias autoridades de gestión porteña y para el ministro de Transporte de la Nación, Guillermo Dietrich, quien, además de desconocer sus responsabilidades en la causa, deslegitimó públicamente el proyecto sin presentar ninguna medida superadora.

Dietrich dijo que el vagón para mujeres “no sirve” por “cuestiones culturales” y que “el problema son los pervertidos y los silenciosos”. Las feministas sabemos detectar el olor a podrido de “lo políticamente correcto” como bala perdida en el medio de un siniestro y planificado desguace de las políticas públicas, particularmente las de género, en todos los niveles de gestión.

Porque sabemos esto y porque no olvidamos, cualquier propuesta de Graciela Ocaña con respecto al género nos parece un disparate, teniendo presente sus famosas declaraciones sobre el aborto como una “cuestión criminal” y no de salud pública cuando se desempeñaba como ministra de Salud de la Nación.

Más allá de la decadencia de algunos dirigentes políticos que se desempeñan hoy en la Argentina y que osan tomar la cuestión de género como una bandera vacía para llenarla de propaganda política, resulta interesante retomar la propuesta y poder visibilizar algunos debates que nos seguimos dando entre las compañeras feministas.

La implementación de los llamados vagones “pink”, que permiten el acceso exclusivo de mujeres, son una propuesta mundial que se instaló en Brasil, México, Israel, Japón, India, Egipto, Irán, Indonesia, Filipinas, Malasia y los Emiratos Árabes. La gran variedad de países, con regímenes, políticas y gestiones de lo más diversos, incluso en el propio abordaje de las cuestiones de género, permite poner en tensión el origen y la aplicación de las mismas para lograr pequeños pasos hacia un mundo más igual.

Algunas compañeras están convencidas de que ciertos movimientos de piezas en el tablero permiten aunque sea la generación de procesos sociales que no se hubieran dado de otra manera. “Es un paso”, dicen, y se refugian en aquella gran disputa que enmarca la discusión: políticas públicas focales o transversales. Aquí quizás es necesario hacer un primer reconocimiento de que las primeras no son necesariamente excluyentes de las segundas, por lo que estos pequeños pasos podrían convivir en un entramado más profundo de políticas de género. Lo importante es que esto segundo no pasa en el actual Gobierno.

Actualmente, tenemos un sistema de transporte público colapsado que invita a l*s pasajer*s a viajar ensardinados para llegar a tiempo al trabajo, generando muchas veces situaciones de violencia entre ell*s. En esa masa viajante, además, van mujeres que el mercado junto con los medios y hasta la misma dirigencia política de Gobierno nos enseñan que son objeto-basura a las cuales someter y matar.

Un vagón pink no va a resolver eso. Eso claro está.

Sin embargo, las políticas del “mientras tanto” son un gran desafío para poner en tensión algunas miradas feministas que esperan la revolución o la decadencia en momentos en donde alguna medida de gestión se tiene que tomar, porque el problema crece y nadie parece hacerse cargo.

Ahora, en el caso de que aceptemos que los vagones exclusivos son un paso hacia adelante, basados en las experiencias positivas de Japón, México y otros países, las preguntas que surgen son: ¿qué mujeres van a poder entrar en esos vagones: las mujeres que se autodefinen mujeres o las mujeres que se parecen a las mujeres según el estereotipo de la norma?, ¿quién va a controlar esos vagones y va a tener la autoridad para permitir o no el ingreso de las mujeres?

Esto, que parece menor y secundario, es una reflexión interesante en el punto en que hoy la gente de a pie, las y los panelistas de los medios de comunicación y algún*s polític*s que estuvieron en campaña siguen reclamando seguridad. “Esto se resuelve con mayor seguridad”, dijo Débora Plager, la panelista de Intratables durante el debate por los vagones “pink”. ¿Pondremos a la Policía a cargo de operativizar la medida? Ya sabemos que si los que deciden son los jueces estamos bastante complicadas, compañeras.

Otro interrogante que emerge ante esta propuesta, y quizás el principal, es si frente a la violencia de género vamos a seguir preponderando las políticas de aislamiento, y si esas políticas van a trabajar, operar y manipular la vida de las mujeres. Son a las mujeres a las que se las quiere encerrar en un vagón de subte, separándolas de todo otro ser, incluso aquel de la diversidad que no se define ni como hombre ni como mujer. “Es una discriminación positiva”, señalaba Ocaña al momento de defender su proyecto.

Nosotras no queremos estar en vagones especiales, no queremos salir en jaulas por las calles para que no nos toquen, no nos violen y no nos maten. En principio, queremos ser libres y respetadas. Para eso hay que cambiar los sentidos de este sistema capitalista y patriarcal que nos trata como basura. Los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad en esto y por eso marchamos con esa consigna el pasado 3 de junio en el #NiUnaMenos.

Sin dudas que queremos seguir promulgando y generando espacios que nos encuentren, que permitan circular nuestra voz y que nos reconozcan como protagonistas de esos derechos que aún nos faltan y por los que vamos a seguir reclamando y, obviamente, encabezando la lucha. Pero también queremos espacios, programas y medidas que trabajen con los hombres, incluso con nuestros compañeros, para generar nuevas pedagogías que no reproduzcan la lógica del machote.

Además, queremos ver a los femicidas, violadores, abusadores y violentos tras las rejas. Que sean ellos los que estén encerrados y que dejen de gozar con el beneficio del poder de dominio, que convive en los tribunales patriarcales, pero que también fue electo en las urnas, legitimado en los medios y exportado de Estados Unidos. Este poder monopólico es desde hace ya tiempo el primer verdugo de los derechos de las mujeres.


* Secretaría de Género de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, UNLP.