“En Colombia están en riesgo los periodistas, pero no así el periodismo”

“En Colombia están en riesgo los periodistas, pero no así el periodismo”

ENTREVISTA a Javier Osuna, magister en investigación social interdisciplinar de la Universidad Distrital, comunicador social y periodista de la Universidad de la Sabana.

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Por Leandro Ciappina y Lía Gómez

Hace pocos días fue noticia la liberación de tres periodistas en la zona de Catatumbo en Colombia. Dos de ellos colombianos y una española, quienes permanecieron en manos del Ejército de Liberación Nacional. El hecho tomó estado público y repudio internacional por la violencia ejercida hacia quienes investigan las tramas judiciales, políticas y paramilitares en Colombia. El presidente Juan Manuel Santos tiene como única respuesta más ocupación de la fuerza pública en las zonas afectadas por la violencia.

Javier Osuna, es uno de los tantos periodistas perseguidos y amenazados en territorio colombiano, desde allí y a propósito de su libro Me hablarás de fuego, nos cuenta cómo es ejercer el periodismo y encontrarse con el horror a través del caso de los hornos crematorios del Frente Fronteras en Norte de Santander, Colombia. La quema de cadáveres, la desaparición de personas, se torna en este caso un fantasma presente que, desde la zona de Juan Frío en Villa del Rosario, nos rememora las peores épocas de la dictadura argentina; pero sobre todo nos pone en alerta sobre la persecución y la muerte en connivencia con el Estado, la violencia y la crisis social.

Ejercer el periodismo es también encontrarse con la verdad, es hacerla pública, y sobre todo es construir el sentido de nuestra región en toda su complejidad. Aquí algunas reflexiones sobre la historia y el oficio de narrar incluso lo inimaginable para llegar a la verdad.

-¿Cómo es escribir en Colombia periodismo de denuncia?

La situación del periodismo de denuncia en Colombia es preocupante, no en términos de la calidad del periodismo que se hace, sino por los canales de difusión de esas investigaciones periodísticas. Estamos aquí en una fase muy compleja, se confunden medios de comunicación con periodismo, que son dos cosas completamente distintas. Lo que creo que viene sucediendo con mi libro y con ciertas experiencias del periodismo de investigación en Colombia tiene que ver con gente que se está atreviendo a decir, a contar la violencia, pero de forma independiente, no articulada a los medios de comunicación. Son iniciativas que tienen que ver con apuestas editoriales, portales digitales… Esto puedo contarlo también por la experiencia de trabajar en grandes medios. Ese ritmo no te permite hacer periodismo a este nivel de profundidad. Ustedes saben que produciendo noticias, varias noticias para el mismo día, es difícil ahondar en un tema específico. Creo que un poco la escritura de este libro fue poder entregarme a un tema de investigación, sin olvidar mi oficio de periodista pero tratando de expandir la mirada hacia la complejidad de comprender el fenómeno de la violencia institucionalizada del paramilitarismo.

-¿Cómo fue el recorrido de esa investigación, desde lo primero que encontraste con esa nota hasta llegar a la profundidad que tiene el libro?

-Los periodistas a veces cometemos el error de no formarnos para contar. Y eso es difícil. En mi caso particular, había una situación acá, que trae la experiencia del portal VerdadAbierta.com. De hecho, cuando se conocen las declaraciones de Jorge Ivan Laverde (comandante de alto rango del paramilitarismo en Colombia), de alguna manera el país se entera de los hornos crematorios que existen en Colombia. Yo estaba trabajando para un medio de comunicación que era la revista Semana, y lo que yo sentí en ese momento es que necesitaba formarme para acabar de entender lo que estaba ocurriendo. Porque yo escribí periodísticamente las notas e inmediatamente, al día siguiente que presenté las notas a la redacción… Habitualmente, cuando uno produce esta clase de noticias y genera algún tipo de revuelo, uno siente cierta alegría porque denunció algo, algo que trascendió… Pero yo sentía una tristeza gigante, porque todas las narraciones tenían que ver con el testimonio del perpetrador, del poderoso, entre comillas. Y yo veía a todos los colegas, con el esfuerzo que habíamos escrito, pero se quedaba en el testimonio de Laverde Zapata, no había una preocupación por los familiares, por esas personas incineradas, desaparecidas… Sentí como náuseas de mi trabajo. Y me hice la promesa de no volver a hacer nunca periodismo amparado por las declaraciones que existen. De alguna manera entendí que hay temáticas que demandan de nosotros no sólo una mayor disposición de tiempo, sino también un cambio de miradas. Expandir el horizonte de miradas.

-¿Cómo fue tu llegada a ese lugar y cómo eso impacta directamente en la escritura del libro? Porque toda la primera parte tiene que ver con cuál es el lugar del paisaje, del territorio, de un territorio además que está desolado, casi que narra la desesperanza… ¿cómo llegás a eso y con qué te encontrás en ese lugar?

-Este es un crimen que se confiesa en el marco de la Ley de Justicia y Paz, que es una ley de justicia transicional en nuestro país. Eso es como un elemento absolutamente nuevo para nuestra historia reciente. En América nunca hemos tenido una experiencia similar, la verdad, que proviene como parte de unos compromisos con la Justicia, por parte de quienes cometieron estos crímenes. Entonces, uno de los problemas de la aplicación de la Justicia transicional en Colombia y en el mundo son las garantías de no repetición. Y en Colombia no hay garantías de no repetición, las víctimas continúan siendo amenazadas tanto en el norte de Santander como en la gran metropolitana de Cúcuta, hay una ley de silencio tremenda por la presencia de actores armados.

-¿La garantía de no repetición sería una exigencia a quien confiesa de que no repita o vuelva a incurrir en ninguno de los crímenes cometidos?

Las víctimas emergen, hay una Ley de Justicia transicional para exigir sus derechos y se hacen visibles. En el marco de esa ley el conflicto sigue, continúan siendo víctimas de amenazas sobre el proceso. Imagínate, en el caso del libro se trata de familias que quieren saber qué pasó con sus seres queridos que fueron incinerados, tantas audiencias y siguen siendo amenazadas por paramilitares que no se desmovilizaron, ni siquiera haciendo presencia. Otros sí se desmovilizaron, pero otros continúan haciendo presencia en estos lugares. Todo el proceso de contacto con esta realidad fue muy difícil, porque existe como un código de silencio muy fuerte en las comunidades. Y eso, pues, se teje con confianza. Entonces hice muchísimos viajes al área metropolitana, al norte de Santander; todas las historias exigieron como un tiempo de dedicación de parte de los familiares muy grande, en la medida que había que tumbar ese muro construido por el miedo. Entonces fueron casi todos viajes que hice por tierra, tratando un poco de documentar y entender el paisaje de los lugares. Yo no viajaba con la intención de conseguir un testimonio en particular, lo que yo hacía era compartir con ellos y tratar de entender un poco sobre esos seres humanos que están ausentes ahora.

-El libro es un poco eso, un documento sobre ese horror puesto en escena, incluso permite conocer qué es lo que está sucediendo en Colombia o qué sucedió con esto pero que además está todavía muy presente, trae consecuencias incluso en el presente. Es un documento de esa violencia, de ese horror. Y una de las cosas que más me llamó la atención es cómo circula en el lenguaje la cuestión del desaparecido, que en Argentina tiene otro sentido en relación con la dictadura, vos lo nombrás en el libro, eso aparece incluso como antecedente. Es algo que en principio parece ser que quedó en la historia trágica del setenta, la persecución, desaparición, pero en Colombia circula constantemente en el cotidiano. ¿Cómo aparece allí el sentido de esa palabra, desde lo político y el lenguaje?

-Ahí me abres la puerta para dos cosas. Hace poco estuve en el nacimiento de un libro de un congresista aquí, que se llama Iván Cepeda, que se llama Uribe y la derecha transnacional. Y ustedes tienen ahora a un presidente que cree que Uribe es un modelo de gobierno, entonces les diría que… es muy complicado, por lo que eso significa. Evidentemente, este libro habría sido imposible de escribirse si el Gobierno colombiano no hubiese mantenido una complicidad tan cercana y directa con los grupos paramilitares en el país. Eso es una anécdota, para decirles que lo lamento mucho también. Ojalá cambien –de presidente– pronto (risas).

Hay un tema que es muy doloroso aquí en Colombia, y es que, a diferencia de lo que ocurre en Argentina, yo creo que hay dos problemas muy grandes. El primero es que cuando tú hablas de desaparecidos en Colombia, la gente se imagina un muerto que hay que encontrar. Permanentemente digo a los funcionarios de Defensoría y Fiscalía que no maten a los desaparecidos, porque los desaparecidos son seres humanos ausentes que hay que buscar, vivos. Hay que buscarlos con esa sensibilidad, de otra manera, lo que se está haciendo es jugar a encontrar cuerpos. Y ese es otro crimen. La desaparición justamente está suspendida en medio de dos caras que son muy dolorosas: una, a mi modo de ver y entender la situación, tiene que ver con una espera que paraliza la vida. Porque tú estás esperando a alguien, que se lo llevaron, pero por otro lado esa esperanza se vuelve también algo positivo: porque no te permite soltar. El problema aquí en Colombia es que existe una cultura de la invisibilización. A mí me parece que en países como Argentina los jóvenes y estudiantes sienten una cercanía directa con los crímenes de desaparición que los obliga no necesariamente a la militancia, pero sí al compromiso social para que esto no vuelva a ocurrir. En Colombia, el problema que tenemos es que la desaparición forzada habría que decir que el primer perpetrador de la desaparición forzada es el Gobierno colombiano. En primer lugar. Después vienen los grupos paramilitares, después los grupos guerrilleros. En medio de ese ejercicio hay generaciones enteras de colombianos que aprendieron a invisibilizar ese dolor. El relato del desaparecido no trasciende en las fábulas de clase. De hecho, si tú te vas hoy a un colegio en Colombia, difícilmente encontrarás que se haga referencia al exterminio de la Unión Patriótica, por ejemplo. Que es un crimen en plena década de los noventa, de genocidio, la Comisión de Derechos Humanos… eso no es parte de la historia que hay que aprender. Por esto del ejercicio de invisibilización. Por eso el libro se pregunta por el paisaje, porque lo que a mí me interesa es generar una manera distinta de relación con el paisaje. Se trata de entender que hacemos parte de él, que jugamos un rol allí, pero que son en la medida que cambiemos la perspectiva de nuestra mirada por estos crímenes de una manera distinta (sic). En Colombia, desafortunadamente, sí hay un tema de invisibilización permanente de la desaparición, muy grande, no se siente ningún tipo de afecto.

Bueno, generalizar es un riesgo, ¿no? Pero las instituciones de trabajo en medio de esa profunda negligencia por parte de las autoridades y de la sociedad.

-¿Parece que se justifica la violencia?

-Siempre hay una justificación sobre el ejercicio de la violencia. Aquí, cuando se normaliza la situacion del ejercicio de la violencia, se normaliza porque la gente cree una justificacion. Esto es lo mismo que hace un paramilitar para matar, lo mismo que hace un guerrillero para matar, lo mismo que hace un policía para matar: crea un discurso desde donde puede sentir que lastimar al otro es legítimo, y lo defiende a muerte. El asunto aquí es que siempre se determina depositando una responsabilidad a quien es víctima de desaparición. Y hay un error gigantesco. Por ejemplo, mira esto tan ridículo: se escribe de ciertas víctimas, nos interesan ciertas víctimas, las que eran correctas, fieles, las que no amaban… y los seres humanos no son eso, esta discusión sobre lo bueno y lo malo se superó hace años, las personas que murieron incineradas, cada una era necesaria; como es necesario incluso el paramilitar responsable de estos crímenes. Se trata de romper con un tema de construcción del bien y del mal. La normalización de esta clase de crímenes los invisibiliza.

Juan Frío, el lugar donde está ubicada una de las ladrilleras de las que yo hablo, quedaron muy cerca de una ciudad principal, una ciudad del departamento que es Cúcuta. Estamos hablando de veinte o treinta minutos máximo, y por mucho tiempo las familias en diciembre se iban a ver el alumbrado a esa región, en Navidad. Y aquí pasa una cosa que es tremenda: muchas personas que iban para sus fincas de descanso pasaban delante de gente que estaba quemando a otra. Y lo que hacían tiene un nombre: es la forclusión, es dejar de ver del paisaje lo que no nos interesa porque nos trae consecuencias negativas, elegir dejar de ver. Y eso tiene que ver con la normalización de la violencia de la que tú hablas, porque yo puedo saber que hay un sicario al lado de mi casa pero en el momento en que yo hablo de él me puedo volver víctima del sicario. Y los paramilitares, lo digo en el libro con claridad, en el norte de Santander existió un para-Estado, creado por el Gobierno colombiano. Los paramilitares son una invención del Estado. Los funcionarios que tenían relaciones con los paramilitares tenían alias, recibían una nómina mensual. Eran paramilitares que no estaban de camuflado, pero eran paramilitares.

-Vos contás eso con nombres… ¿Cómo es esa relacion entre los paramilitares y la política?

La situación aquí es que la Ley de Justicia y Paz es una ley controversial, emitida por un Gobierno controversial, y pasó lo que era evidente: Álvaro Uribe Vélez les decía a los paramilitares que quería escuchar su verdad, pero se la obligan a escuchar, los primeros proyectos eran casi de impunidad total. Gracias a la resistencia de la oposición y la comunidad internacional se logró una Ley de Justicia transicional y el Gobierno termina escuchando a sus cómplices. En la medida en que aparecen los nombres de las revelaciones paramilitares, comienzan a huir fueras del país los funcionarios del Gobierno de Álvaro Uribe Vélez, y esta ley termina volviéndose un escándalo, porque habla de militares activos, porque habla de gobernadores, de comandantes de Policía, brigadas… En el libro están los nombres de más de 163 personas de la fuerza pública que mantenían vínculos directos. Y si tú vas al fondo del problema, mira a Ana María Flores, la directora seccional del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad), está prófuga de la Justicia. Prófuga. Y no hay ningún esfuerzo, no hay ningún esfuerzo material de judicialización. Y esto es muy grave pensando en la garantía de no repetición. Porque así como a las víctimas no se les persigue por buscar la verdad de sus seres queridos, a quienes escribimos sobre estos crímenes se nos persigue para que no podamos comunicar, para que nos parta el miedo, para que estas investigaciones no circulen.

-De la gente que estaba involucrada, con nombre y apellido, ¿sigue habiendo personas que están trabajando en el Estado o están prófugos?

-Algunos siguen todavía activos en las fuerzas militares, con procesos de investigación. Sólo cuando la persona recibe una condena definitiva es excluida. Ni les cuento de los escándalos de corrupción acerca de eso, porque nos pondríamos a llorar.

-Vos hablás del Frente de Fronteras de Autodefensas Unidas de Colombia. Aparece fuertemente en el libro. ¿Cómo surge ese frente?

-Lo curioso del Frente de Fronteras tiene que ver con la época de expansión del paramilitarismo después de la configuración de las Autodefensas Unidas de Colombia en el 97, ya comandadas por Carlos Castaño y Vicente Castaño. Y ahí aparece un personaje que es muy importante, que es Salvatore Mancuso. Es el comandante jefe de una estructura más grande que absorbe el Frente de Fronteras: el bloque Catatumbo llega a tomar presencia en Cúcuta, el área metropolitana y la zona fronteriza con Venezuela. Hay un tema estratégico aquí que tiene que ver con un cordón estratégico para las drogas en el Catatumbo, pero también un corredor estratégico para el ingreso y salida de mercancías, legales e ilegales, por la frontera de Venezuela. Entonces, estos paramilitares llegan. Inicialmente, el Frente de Fronteras es un músculo urbano del bloque Catatumbo que comienza a crecer en la medida en que el poder de Jorge Ivan Laverde Zapata se comienza a concentrar. Es un joven de Urabá que antes de los 38 años ya es comandante paramilitar. Lo paramilitar nace con la intención de que Mancuso pueda comenzar a idear mayores ingresos. Era un paramilitar que, si bien hacía parte como el comando central de las Autodefensas, no tenía un bloque paramilitar tan centrado en narcotráfico… Tenía muchos centrados en narcotráfico, pero no como pasó al norte de Santander. Creo que ocurren dos cosas: hay una política gubernamental para hacer presencia en un territorio que fue históricamente bastión de grupos guerrilleros, y para eso se crean estructuras paramilitares que montan una estructura de gobierno para apoderarse del tráfico de sustancias y de la situación de ingreso y salida de mercancías con Venezuela.

-¿Cómo funciona la relación entre la guerrilla y los paramilitares con las zonas más marginales de Colombia y los jóvenes, que encuentran ahí un cierto canal de inserción, si se quiere, en un Estado al que nunca iban a poder insertarse…?

-En el libro hay una comparación entre el caso de Adolf Eichmann y Laverde. Con el trabajo de Hannah Arendt. El asunto aquí es que quien lea el libro debe entender que tal como está configurado el aparato de gobierno en Colombia, cualquiera podría haber sido incinerado en los hornos, pero también cualquiera podría haber llegado a ser comandante paramilitar. Porque el asunto aquí es que vivimos en un país eminentemente rural que se controla de forma urbana. Colombia es una extensión gigantesca de territorio donde no hay autoridad, está olvidada, donde no hay desarrollo del campo, donde el campesino debe resistir las condiciones más adversas en medio de la guerra y la pobreza. Cuando tú dices que “no había otra oportunidad”, hay gente que no tiene ninguna oportunidad en este país. De hecho, su oportunidad es morirse de hambre y en silencio, y que nadie se entere. Y creo que estamos llegando a un punto en que esa burbuja… Es muy grave cuando nosotros individualizamos la responsabilidad de un crimen de esta naturaleza, porque podríamos cometer la equivocación de sentir que la solución para que no se vuelva a quemar gente en Colombia es que Laverde no recupere la libertad. Y ese es un juicio errado. Lo que hay que entender aquí, como hizo Arendt con su libro Eichmann en Jerusalén, es entender el modelo social que hemos construido en nuestro país, que hace posible que existan individuos como Jorge Iván Laverde Zapata, o como las personas responsables de todos los crímenes del paramilitarismo o la guerrilla… ¿Qué clase de sociedad hemos montado en la que la obediencia irrestricta es un premio? Al colombiano desde chiquito se le enseña que tiene que hacer caso, y la gente en nombre de ese caso y lo que consideran moralmente correcto es capaz de matar. Creo que en Colombia el problema tiene que ver con la idea de bondad. A los colombianos nos sale muy fácil sentirnos buenos. ¿Me hago entender?

La gente sabe que hay una silla en el transporte público destinada para mujeres embarazadas. Un hombre se puede montar al transporte público en Colombia y, si ve que una persona no le da el asiento a una mujer embarazada, no tiene problemas en romper a patadas al que está sentado ahí. Está haciendo un daño peor que la acción que quiere generar. En Colombia abrazamos la idea de bondad con mucha fragilidad, por eso son tan graves Gobiernos como el de Uribe o Macri, porque la gente abraza esa idea de bondad, se siente relacionada con ella ciegamente, deja de cuestionar.

-Está atada la bondad a la obediencia… y el problema depende de quién es el que da las órdenes…

-Está la obediencia ciega, por un lado, y también hay una responsabilidad individual que es insalvable. Porque, como digo en el ensayo, este hombre podrá decir siempre que estaba cumpliendo órdenes, pero cumplió órdenes a su manera. Siempre está la posibilidad de la resistencia. Y creo que en este caso el asunto es que moralmente la gente aprende a navegar, a meterse en esas aguas de la corrupción… A nosotros nos pasó aquí con el narcotráfico. El tema crucial es ese, el libro presenta una reflexión sobre la clase de sociedad que hemos construido para que la gente entienda que cualquiera puede ser Jorge Iván Laverde Zapata y cualquiera puede ser víctima. Lo importante es que expandamos el horizonte de nuestra mirada para que esto no vuelva a pasar. Ni aquí ni en ningún lugar del mundo.

-Me llamó la atención esta idea del reloj de arena que, ligada a la banalidad del mal de Arendt, explica cómo se va mutando y cómo va pasando la arena… ¿Podrías explicarnos un poco cómo surgió esta idea del reloj de arena para explicar esta matriz cultural?

-Comencé a hacer una lectura profunda de los resultados de la sentencia en el libro. Que es otra cosa que yo digo permanentemente en las entrevistas, la verdad que está ahí consignada está corroborada por un trabajo judicial. No se trata de que yo esté ensañado, no es que esté haciendo una cacería de brujas sobre los militares que tuvieron que ver. Estas son investigaciones corroboradas por el testimonio y la fiscalía, son sentencias de la Ley de Justicia y Paz. Por eso es tan vergonzoso que haya gente prófuga o que continúe activa. Y pasa una cosa ahí. Es que hablando tuve la oportunidad de conocer a la magistrada a cargo de esa ponencia, y ella en la sentencia final decide tomar la figura del reloj de arena por una cosa que a mí me pareció muy interesante: el reloj de arena no tiene un orden, no tiene derecho ni revés, el paso de la arena continúa, y con los paramilitares en el norte ocurrió que existía, digamos, en el apoyo superior del reloj, una estructura visible por decirlo así de los militares, pero también un polo inferior que tenía que ver con esos funcionarios, que mantenían relación de complicidad para que los crímenes de los paramilitares no fueran investigados. Se trata de la misma realidad, la arena significa la corrupción, en esa metáfora, que pasa de una ampolla a otra, sin importar el sentido del reloj o cómo lo pongas, pero lo que es maravilloso de esto es que nos permite comprender que, judicialmente, los magistrados de Justicia y Paz (esto no es algo que yo diga porque sí) identificaron que las personas que hacían parte de las instituciones que debían judicializar a los paramilitares por sus crímenes hacían parte de la estructura ilegal. De hecho, lo que el libro hace de alguna manera es rendirle un homenaje a esos seres humanos que eran funcionarios honrados y que fueron asesinados vilmente para ser reemplazados por funcionarios corruptos que no eran otra cosa más que paramilitares vestidos de civil para que estos pudieran seguir matando. Por eso es tan sugerente esta analogía del reloj de arena: hay que entender que, al margen de la ilegalidad, estaba un Estado todavía más ilegal, que mantuvo una relación de matrimonio y alianza permanente con estas estructuras ilegales.

Los hornos, en la finca Pacolandia, no están a más de cuarenta minutos de la ciudad principal del departamento. Ahí había Ejército, ahí había Policía, ahí habían autoridades… la gente transitaba permanentemente por ahí. Entonces, la configuración de poder de los paramilitares al norte de Santander no es un mito, es una realidad.

-¿Cuál es la visibilidad hoy del caso? ¿Tuvo impacto el libro?  

-Tuve la oportunidad, hace poco, de estar en el congreso del cabildo permanente de derechos humanos del norte de Santander. Y cada vez que voy me sorprendo, porque te das cuenta de cómo el libro habla. Sobre todo, cómo el libro le habla a la gente de allá, y eso también es un honor gigante. Ver a los familiares, la comunidad… Cuando yo empecé a escribir este texto mucha gente pensaba que sólo era una especie de mito. Porque parece una cosa tan macabra que es difícil de imaginársela pasando. De hecho, mis cuentas están mal: yo sé q son más de 560 personas las que fueron incineradas en esos hornos… Ahora, yo no puedo hacer esa aseveración si no tengo el sustento para decirlo. Pero soy perfectamente consciente de que esta fue la realidad que yo alcancé a agarrar con las manos, pero detrás de esto hay un crimen de lesa humanidad, de unas proporciones infinitamente mayores. Yo creo que pasa también una cosa muy buena (hablo quizá desde un lugar que no es chévere, porque yo soy el autor), pero creo que pasaron dos cosas buenas: por un lado, creo que los magistrados de Justicia y Paz que deben resolver la situación de los paramilitares en pocos días o en meses entienden que hay crímenes de lesa humanidad ahí configurados. Y saben que hay un vínculo con el territorio. Creo que eso es importante porque todavía no habían podido reflexionar en profundidad sobre las implicaciones de tener un espacio donde cientos de seres humanos fueron incinerados. Estos lugares, para que ustedes se hagan una idea, están todavía bajo el control de paramilitares. Y en este caso también de guerrillas. No hay una sola finca de seguridad. Hay familiares que viven a quince minutos que no han podido ir a hacer el duelo allí. No han podido ir a llorar a sus seres queridos a pesar de saber que murieron allí incinerados, no pueden ir. Porque no los dejan entrar.

-¿O sea que siguen estando controladas por los mismos paramilitares?

-Sí. Que no quisieron ser parte del proceso de desmovilización. Cuando nosotros hicimos el registro fotográfico, a mí me pasó una cosa muy dolorosa, que es que una de las familias me dijo que le tomara fotos a la ropa que había ahí, en los hornos, y yo decía “tantos años después esto es inverosímil, esto no va a pasar”… Cuando yo llego y empiezo a encontrar calzado incinerado, ropa adherida a las paredes… ¿Tú entiendes en qué estado de abandono se ha mantenido este lugar? Y lo que es terrible, aquí entre nosotros, es que ese espacio lo están viniendo abajo a masazos. Están tratando de desaparecerlo para que no quede ningún rastro… A mí me pasó algo muy duro ese día, y es que después de haber escrito tanto sobre la vida de personas que murieron ahí precisamente, sientes como una conexión diferente con el lugar, y antes de irme tomé una piedra de ese espacio: algo dentro de mí me hacía sentir que es muy probable que este espacio se desmantele en medio de una Justicia y de unas autoridades que no hacen su mejor empeño por protegerlo. Quería recordarme… Me va a salvar la cordura saber que yo estuve ahí, que eso existió, porque es una cicatriz para la memoria de los colombianos. Lo otro bueno que ha pasado con el libro tiene que ver ya no con lo que ocurra judicialmente y las medidas que puedan tomarse para preservar estos espacios, sino con reestablecer el nombre y la identidad de estas víctimas, que estaban halladas, que no existían. Creo que este libro, a muchas personas que estan calladas les dio la oportunidad de hablar. A mí también. Y creo que por eso ha generado tanto afecto en algunos círculos. Es como que yo soy perfectamente consciente de que el autor de ese libro no soy yo; de alguna manera es un libro que tiene las vidas de muchas personas contenidas, y es un libro que está escrito y editado por los rastros frescos de esas personas que nos hacen tantístima falta, y que sus familias siguen extrañando.

-Tiene la vida de las personas que murieron ahí y de las que siguieron con vida.Los últimos relatos del libro tienen que ver con esa condición. La familia que recuerda al muerto con vida y la esperanza, en algun sentido, en este bichito que va recorriendo y se posa cuando se llama al hijo, ¿no? Hay algo de eso que aparece también en el libro, una memoria viva…

-La semana pasada me invitaron a una obra de teatro que hicieron basada en el libro algunos muchachos de la Universidad Minuto de Dios aquí en Colombia. Y es hermoso ver eso, porque sólo en la medida en que aprendamos a nombrar la pérdida somos capaces de sentir compasión por el dolor ajeno. Si tú no sabes que has perdido, no te puede doler. Y ese es precisamente el truco de la desaparición y del manto de silencio: no puedes extrañar a esos seres humanos porque de alguna manera los hacen invisibles ante nuestros ojos. Pero son temas culturales, porque los desaparecidos nunca dejan de hablar: están ausentes pero su voz permanece ahí. Este libro es un homenaje a esta vida que trasciende más allá de la infamia. Porque lo cierto es que a un ser humano no se lo puede desaparecer como a un objeto. Y es algo que vamos tarde para comprender. La desaparición es un crimen por sí mismo condenado al fracaso, porque los seres humanos mantenemos una relación con el paisaje mucho más potente que la de nuestro cuerpo. Entonces, un poco la reflexión y la idea de poner estas historias allí es que la gente entienda el valor de la pérdida. Así como esos tres seres humanos como Víctor, como Luis, como Moisés, hay más de 560 personas que eran necesarias para sus familias y que nunca van a poder volver a estar cerca de ellas. Y eso es una tragedia, es un drama terrible.

-¿Cuál es la situación hoy tuya y de otros periodistas que han escrito sobre estos temas en relación con los paramilitares, el Gobierno, la censura, la persecución?

-El asunto es gravísimo. En lo personal, ese libro se hizo en medio del hostigamiento. Desde el 22 de agosto de 2014 yo comienzo a ser víctima de amenazas, me siguen a Bogotá e incineran mi apartamento; desde ahí a mí se me dictan unas medidas de protección a través de la unidad de la ciudad de protección, y ahí la vida se te transforma. Porque existe una forma de intimidación, mecanismos de persecución que son muy dolorosos, conmigo, con mi familia, con seres que quiero mucho. Y en medio un poco de ese proceso que después de la publicación del libro ya había comenzado a calmarse, con una expresión absolutamente irregular… La Unidad Nacional de Protección, la entidad encargada de protegerme, dispone de un escolta que en el pasado conoció a uno de los paramilitares sobre los que yo escribí. Imagínate. Poner un escolta desde el Estado que te acompaña, que sale con tu familia, que está contigo viendo a dónde estás, a qué personas frecuentas… Y yo lo que le estoy pidiendo al Gobierno colombiano es que asuma la responsabilidad de lo que hizo. El daño que cometieron poniendo a esa persona adentro de mi esquema es un daño que sirve para la intimidación de la que yo ando siendo víctima estas últimas semanas, una intimidación desvergonzada. Son personas afuera de la casa tomando fotos, tipos que te carean cuando te bajas del carro… Ayer tuvimos otro incidente. Y uno se vuelve experto en documentar eso, pero de eso no se trata, yo siempre le digo a la gente que lo que necesitamos en Colombia no es que nos pongan carros o tanques a los periodistas, porque con un chaleco antibalas no puedes ir ni a comprar a la esquina… eso es una forma de encierro. Sí. Lo que nosotros necesitamos no es que nos pongan más cosas, además porque el periodismo no se puede hacer así, el periodismo es un oficio que implica un trato horizontal, uno vive con la gente, y tú no puedes vivir con la gente con un reguero de escoltas detrás. Es como si a algún profesional de fútbol le amputaran las piernas, tú sigues jugando ahí como por gracia, y la gente se aleja de ti también por miedo.

Lo que necesitamos los periodistas que estamos en esta clase de condiciones es auténticamente garantías en términos de justicia. Que los procesos avancen, que identifiquen quiénes son los que están detrás de estas amenazas, que a mí me digan de dónde salen las placas de los carros que me siguen, porque nada saco yo mandándoles videos, nada saco yo sacándoles fotos a caras que no significan nada. Porque la amenaza continúa latente ahí. No hay un desarrollo de las investigaciones. En Colombia reina la impunidad en los casos de asesinatos de periodistas, ni siquiera en el caso de Jaime Garzón, que es quizás uno de los comunicadores más adorados por los colombianos, hay claridad. Mira cómo está el responsable de la investigación que termina demostrando que el Gobierno estaba mintiendo, que lo mató el mismo Gobierno a Jaime Garzón. Que detrás de esto presuntamente estaba José Miguel Narváez. Hay unos temas aquí que son complicadísimos, así como ocurre con la Ley de Justicia y Paz, que es una ley que se muerde la cola. En Colombia, con los crímenes de periodistas estamos repitiendo la misma historia, la gente no entiende que cada vez que se asesina o se intimida a un periodista lo que pasa no es que se esté alterando y transformando la vida de un ser humano. Cuando se acalla un periodista, cuando se persigue a un periodista, lo que ocurre es que se está atacando directamente el derecho de acceso a la información. Más allá de lo que significa esa persona como ser humano, es algo valiosísimo, lo más importante es saber parte de la verdad que nos quitan cuando nos callan. Porque, si esa parte era verdad, pues estamos absolutamente vulnerables a que estos crímenes se sigan presentando, y creo que no nos duele así. De hecho hay gente que justifica lo que nos pasa también. Asumen que investigar estas cosas implica esto. ¡Y esto no es natural! Nada de lo que está pasando aquí es natural. Hacer política de oposición no significa sacrificar la vida. Hacer periodismo de investigación no significa, en ninguna parte del mundo, exponer la vida. Si lo normalizamos así es porque somos víctimas de unos Estados que no son legítimos.

-En el libro, como en lo que contás, se deja entrever una trama muy compleja entre el Poder Judicial, el paramilitar y el Estado, actualmente. ¿Cuál es la esperanza de Colombia para llegar a un estado de paz, de fin de la impunidad? 

-Hace dos días estaba escuchando a una cantante española, una canción que se llama “Los dos gallos” (https://www.youtube.com/watch?v=DK4wD6vi5xs). Y pasa una cosa muy linda con la canción: ella habla de una pelea entre un gallo rojo y uno negro; el gallo negro es gigante, es traicionero, y permanentemente la canción evoca al gallo rojo, que es valiente. La única facultad que tiene el gallo rojo es que es valiente. Y creo que la única esperanza de los colombianos ahora es la valentía, por tonto que eso suene. Porque, como dice un poco la letra de esa canción, al gallo rojo sólo se le vence cuando lo han matado. La valentía no se puede ir de nuestros cuerpos más allá del miedo. Y creo que en Colombia me pasó hace unos meses una cosa muy linda, y es que me invitaban a un evento en plenas amenazas hacia mi libro. Y el foro se llamaba “Colombia, periodismo en riesgo”. Y a la vez decía que el periodismo no estaba en riesgo, los que estaban en riesgo eran los periodistas. El periodismo en Colombia no está en riesgo porque viene una generación de jóvenes maravillosos detrás de mí y yo también soy de alguna manera joven todavía, y esa gente es valiente. Y están fregados, porque el cuento aquí es que en sus crímenes están por debajo de esa condición de valentía, de personas que aman este oficio. Yo creo que por encima de cualquier represión hay una conexión de arraigo con este país, de amor profundo, al menos lo digo desde mi caso, y eso te ayuda no a no sentir miedo, sino a sentir miedo desde un lugar en que aprendes a comprenderlo pero no permites que te paralice. Lo importante aquí es aprender a vivir con ese miedo pero no paralizarte. Pasarnos esa verdad como una hilacha de fuego para que podamos ver mejor. Prender muchas velas con ese fuego para que comencemos a mirar mejor. Esa es la labor. Tenemos que trascender la narración del horror. Y creo que la única manera de tener esperanza ahí es apostando a la valentía de gente joven y la valentía de gente vieja que no permita que esto siga pasando. Es la única esperanza que nos queda, y yo creo en eso.


 

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