Por Carlos María Ciappina

Pero si este género de violencia pone al descubierto la verdadera sociedad argentina, fatalmente escindida, otra violencia menos espectacular y más perniciosa se instala en el país con Aramburu. Su gobierno modela la segunda década infame, aparecen los Alsogaray, los Krieger, los Verrier que van a anudar prolijamente los lazos de la dependencia desatados durante el gobierno de Perón. La República Argentina, uno de los países con más baja inversión extranjera (5% del total invertido), que apenas remesaba anualmente al extranjero un dólar por habitante, empieza a gestionar esos préstamos que sólo benefician al prestamista, a adquirir etiquetas de colores con el nombre de tecnologías, a radicar capitales extranjeros formados con el ahorro nacional y a acumular esa deuda que hoy grava el 25% de nuestras exportaciones. Un solo decreto, el 13.125, despoja al país de 2 mil millones de dólares en depósitos bancarios nacionalizados y los pone a disposición de la banca internacional que ahora podrá controlar el crédito, estrangular a la pequeña industria y preparar el ingreso masivo de los grandes monopolios.

Rodolfo Walsh (1968)

Primero, el relato

9 de junio de 1956, nueve meses después del golpe de Estado que derrocó al Gobierno constitucional de Juan Domingo Perón, un grupo de militares y civiles dirigidos por el general Juan José Valle se rebelan contra la dictadura militar que gobernaba el país.

El movimiento estallará en varios puntos del país en forma descoordinada y desigual.

En Capital Federal, el objetivo era tomar la antena de alcance nacional del Automóvil Club Argentino para emitir una proclama al pueblo; otros estaban esperando la señal para tomar el Regimiento de Infantería de Plaza Italia; algunos se habían reunido para esperar la señal en una casa de la localidad de Florida, en el Gran Buenos Aires; otros se reunieron en una escuela de Avellaneda.

Todos son descubiertos antes de que pudieran llevar adelante lo previsto.

El general Raúl Tanco se refugia en la embajada de Haití. La esposa del embajador detiene al general del Ejército Quaranta en la puerta. Este, al grito de “Correte, negra de mierda”, viola la embajada y entra para llevarse a Tanco y a cinco de sus compañeros. No hay tregua ni respeto a ninguna ley internacional.

En Rosario, los confabulados fueron detenidos sin que alcanzaran sus objetivos: toma de comisarías y de radios. La Gendarmería, la Policía y el Ejército son movilizados y detienen a unos pocos jóvenes sublevados. Van a parar a la Comisaría 12 de Rosario. El comisario los deja ir al tercer día para que no los venga a buscar el Ejército.

En Salta, Abraham Cabral lidera un grupo de sublevados. Alguien propone volar el tren que cruza los Andes. Cabral se opone: no podían caer inocentes. Cuando el movimiento es derrotado, lo encarcelan dieciséis interminables días y lo torturan hasta fracturarle el cráneo.

En la casa de Florida, un grupo de civiles está reunido (escuchando la pelea de box del campeón nacional Lausse como pantalla), esperando la señal para sumarse al levantamiento. Irrumpe la Policía. Todos son llevados al basural de León Suárez. El comisario Desiderio Fernández Suárez ordena el fusilamiento sin juicio y sin legalizar siquiera la detención.

En la ciudad de La Plata se dan los mayores éxitos del movimiento: se toma el Regimiento 7 de calle 19 y 53, todas las comisarías y varias instituciones platenses por el teniente coronel Cogorno.

Resiste el Departamento Central de la Policía. Cogorno y Valle consideran tomarlo utilizando tanques de guerra, pero desisten pensando en el número de vidas que iba a costar tal acción.

El teniente coronel Cogorno es fusilado en el Regimiento 7 y el subteniente de reserva Alberto Juan Abadie en lo que hoy es la escuela de adiestramiento de perros de la Policía bonaerense, en el Paseo del Bosque.

En La Pampa, los sublevados logran tomar la ciudad capital por un tiempo, pero tienen que entregarse cuando llega el Ejército.

El movimiento se agota en tres días y los principales líderes y algunos civiles son detenidos. La dictadura militar proclama el estado de sitio y la pena de muerte después de las detenciones, y con este argumento fusila a varios de los sublevados. En total, son treinta y ocho los fusilados, entre civiles y militares. Sin juicio, sin ley.

El general Juan José Valle se entrega esperando detener la ola de fusilamientos y persecuciones. Su compañero de curso en el Colegio Militar, Pedro E. Aramburu, gobierna el país después del golpe militar contra Perón. Es quien ha firmado la orden de fusilamiento. La esposa de Valle, quien conoce a Aramburu, se traslada a pedir por la vida de su esposo en un intento desesperado. “El sr. Presidente duerme y pidió no ser molestado” es la respuesta que recibe.

El general Valle cae fusilado

Son asesinados en el basural de León Suarez Carlos Alberto Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Mario Brión y Vicente Rodríguez.

En sedes militares, los fusilamientos se llevaron a cabo en la Unidad Regional de Lanús, en el Regimiento 7 de La Plata y en el Paseo del Bosque, en Campo de Mayo, en el Regimiento 2 de Palermo y en el Penal de Las Heras.

En estas sedes los fusilados fueron: general de división Juan José Valle; coroneles Ricardo Santiago Ibazeta, Alcibiades Eduardo Cortínez y José Albino Irigoyen; teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno; capitanes Eloy Luis Caro, Dardo Néstor Cano y Jorge Miguel Costales; tenientes 1º Jorge Leopoldo Noriega y Néstor Marcelo Videla; subteniente Alberto Juan Abadie; suboficiales principales Miguel Ángel Paolini y Ernesto Gareca; sargentos ayudantes Isauro Costa y Luis Pugnetti; sargentos Hugo Eladio Quiroga y Luis Bagnetti; cabos Miguel José Rodríguez y Luciano Isaías Rojas; ciudadanos Clemente Braulio Ross, Norberto Ross, Osvaldo Alberto Albedro, Dante Hipólito Lugo, Aldo Emir Jofre, Miguel Ángel Mauriño, Rolando Zanetta, Ramón Raúl Videla y Carlos Irigoyen.

Todos fueron fusilados por un decreto posterior a su supuesto “delito” (sublevarse contra una dictadura es, obviamente, un derecho y una obligación democrática). La gran mayoría sin ningún juicio, ni siquiera sumario, y varios (los de León Suárez) en forma clandestina.

Segundo, la interpretación de la crónica

Aún hoy (y después de varias dictaduras más), el relato de los hechos de junio de 1956 sigue conmoviendo y generando dolor y rebeldía. Como todas las epopeyas heroicas, sólo puede crecer con el tiempo, y la memoria rescata cada vez más los detalles y a los protagonistas.

Pero un aspecto sin el cual sería incomprensible tanta saña es el de interpretar y encuadrar los sucesos del 9 al 12 de junio en el momento en que se produjeron.

¿Por qué se rompió la tradición de no fusilar por motivos políticos a los líderes militares de una sublevación? ¿Por qué se llegó a violar el espacio hasta de las embajadas para perseguir a los sublevados? ¿Por qué se ordenó fusilar en forma clandestina a civiles indefensos?

La respuesta es desde esa época bastante clara: lo que estaba en juego era mucho más que el anhelo del retorno del general Perón. O, dicho de otro modo, la intención de los sublevados, llamar a elecciones libres sin proscripciones, suponía el seguro triunfo y regreso de Perón, y esto ponía en discusión el modelo de país que la “Libertadora” y sus aliados civiles tenían previsto.

Por supuesto que la represión era aceptada y fervientemente apoyada por los tradicionales dueños del poder económico y político que habían visto con temor y repulsión cómo durante diez años se habían ido ocupando “sus” espacios tradicionales en las ciudades, en los teatros, en los cines, en la cultura, en las pautas de consumo, en la Universidad, en el machismo de una organización política y sindical cerrada a la participación femenina. Todo un orden social había sido puesto en discusión, y, para horror de la oligarquía y sus intelectuales, los “negros” realmente se creían ciudadanos con iguales derechos al resto de los ciudadanos “decentes” del país.

Esta visión simbólica escondía, por supuesto, una comprobación mucho más concreta: la transformación social era el resultado de cambios profundos en la distribución de la riqueza, los alcances de la organización sindical, el respeto de los derechos laborales y sociales, la nacionalización de empresas públicas y la creación de varias nuevas, el cierre al ingreso indiscriminado de productos que podía producirse en el país, el fin del control terrateniente sobre la comercialización de ganado y granos, la autonomía en materia de política internacional. En síntesis, el primer momento de la historia argentina en que efectivamente hay una distribución de la riqueza que afecta los intereses de quienes dirigían desde siempre a su antojo los resortes claves de la economía.

Cuando los sublevados de junio comienzan su movimiento cívico- militar, están enviando un mensaje claro: esa Argentina nueva está en riesgo de desaparecer y nosotros la queremos recuperar.

La dictadura de Rojas y Aramburu lee correctamente lo que está en juego. Ellos y los actores económicos privilegiados desde dentro del país y desde fuera tienen precisamente el proyecto opuesto, y actúan sin límites éticos, sin piedad y sin pasión.

A partir de este momento, y durante dieciocho años, la preocupación central del poder económico-militar fue la de impedir el regreso al gobierno de quienes habían iniciado la construcción de un proyecto de país nacional y popular. Los fallidos intentos de las dictaduras militares por alcanzar la cuadratura del círculo (esto es, lograr legitimidad política llamando a elecciones donde le estaba prohibido participar al partido que era mayoría) terminaban invariablemente en nuevas dictaduras que aumentaban la represión sobre el movimiento peronista.

Lo que la dictadura “leyó mal” fue el resultado de su “escarmiento”. Lejos, muy lejos de sumirse en la apatía y el temor, en las fábricas, los barrios, las villas, los pequeños pueblitos del interior, las escuelas y, sí, finalmente también las Universidades, se inicia el lento y constante crecimiento de una ola de resistencias, reclamos, luchas, reuniones, que se transformarán en un mar que, con el general Perón como líder, quebrará uno a uno los proyectos represivos de las distintas dictaduras.

La resistencia que se inicia en el levantamiento de junio se inscribe, por lo tanto, en esa lucha por volver a un proyecto democrático nacional y popular.

Los fusilados de junio florecerán dieciocho años después, en marzo de 1973, cuando el peronismo vuelva al poder en forma todavía más amplia y mayoritaria, incorporando a sus tradicionales columnas sociales (los obreros y los trabajadores urbanos y rurales) a las clases medias y a los jóvenes universitarios.

Los fusilados de junio siguen floreciendo hoy, sesenta años después, en las esperanzas de un Proyecto Nacional cada vez más inclusivo, que enfrenta hoy al mismo proyecto político-social que avaló los fusilamientos y la represión ilegal de entonces.

No hacemos cuestión de banderías, porque luchamos por la Patria, que es de todos. No nos mueve el interés de ningún hombre, ni de ningún partido. Por ello, sin odios ni rencores, sin deseos de venganza ni discriminaciones entre hermanos, llamamos a la lucha a todos los argentinos que con limpieza de conducta y pureza de intenciones, por encima de las diferencias circunstanciales, de grupos, o partidos, quieran y defiendan lo que no puede dejar de querer o defender un argentino: la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria, en una Nación socialmente Justa, económicamente Libre, y políticamente Soberana.

Proclama del 9 de junio de 1956

General Juan José Valle
General Raúl Tanco