Por Juan Obregoso*

Micaela Ortega, una piba de doce años que había estado desaparecida desde el 23 de abril, fue encontrada muerta en las afueras de Bahía Blanca. Su cuerpo permanecía atado y golpeado. La búsqueda de su paradero, que duró más de un mes e implicó apariciones en medios de comunicación masivos y redes sociales, terminó en fatalidad ayer por la mañana. Su agresor es Jonathan Luna, un pibe de veintiséis años que se encontraba prófugo del sistema penal desde 2014 por un caso de robo calificado.

Micaela fue engañada por su agresor, quien con un perfil falso de Facebook se hizo pasar por una nena de la edad de la víctima y arregló un encuentro con ella. La llevó a su casa en Ingeniero White, barrio ubicado en la entrada a Bahía Blanca, donde la asesinó a golpes y asfixiándola, para terminar abandonando su cuerpo en un descampado a varios kilómetros de su casa.

Frente a la Municipalidad de Bahía Blanca se juntaron cientos de personas a repudiar el hecho, reclamando un accionar estatal que ponga fin a los asesinatos de mujeres, a través de la consigna “Ni Una Menos”.

Justamente, el cuerpo de Micaela aparece sin vida a pocos días de cumplirse un año del #NiUnaMenos, siendo que la manifestación se repetirá a escala nacional este viernes 3 de junio. En este contexto se vuelve necesario tomar la calle otra vez para visibilizar la situación: en Argentina es asesinada una mujer todos los días por violencia de género.

La reacción del público ante la noticia del asesinato de Micaela denota espanto, rechazo e indignación, como suele suceder en estos casos. Estos hechos generan debate en la sociedad, y en ellos se revitalizan discursos que hablan sobre el sistema punitivo, las salidas de la cárcel –siendo que Jonathan estaba prófugo–, la pena de muerte, el garantismo en la Justicia y la inseguridad. Pero, al margen de las lógicas punitivas, un debate que también se da en torno a la “inseguridad”, es necesario reafirmar que estos abusos suceden en el devenir de una sociedad patriarcal que produce identidades masculinas depredatorias, que se vinculan a través de la violencia y la dominación y consideran lo no macho –mujeres, gays, lesbianas, trans, travas– como materia prima disponible para la sujeción. Lo paradójico, rayando la esquizofrenia, es que como sociedad producimos este tipo de subjetividad, deseo y accionar masculino, y después lo condenamos, moral y penalmente.

De nada sirve levantar la bandera por el #NiUnaMenos si eso no implica repensar nuestras identidades, el modo en que hemos aprendido a relacionarnos, a percibirnos, a afectarnos y querernos. Esto implica repensar el modo en que vivimos lo cotidiano, el modo en que nos interpelan las instituciones y los discursos sociales. No se puede pensar aisladamente el femicidio, como aberración o anomalía, sino como característica intrínseca, propia de esta sociedad patriarcal; y eso es lo que hemos de apuntar a erradicar.


* Laboratorio Género, FPyCS, UNLP.