Por Carlos Ciappina

El 29 de mayo de 1969, los obreros y estudiantes de Córdoba conmovieron al país.

Gobernaba la dictadura cívico-militar de Onganía que se había autotitulado pomposamente “Revolución argentina”. Una “revolución” que no se proponía el retorno a la democracia, sino la construcción de un nuevo orden que terminara con el “fracaso argentino”.

Así, para Onganía, la Revolución tenía objetivos y no plazos: sustituir completamente el sistema republicano por una especie de neocorporativismo al estilo franquista. La nueva dictadura destituyó al presidente, al vice, clausuró el Congreso, la Corte Suprema de la Nación y destituyó a los gobernadores e intendentes. Se clausuraron todos los partidos políticos y sus bienes fueron confiscados. Se creó un Ejecutivo nombrado por la Junta de Comandantes (que designó al propio Onganía) con el objeto de evitar las luchas y disputas entre las distintas fuerzas armadas, y se sancionó un Acta y un Estatuto de la Revolución argentina que se colocaban por encima de la Constitución Nacional.

Este conjunto de medidas que pretendían fundar un orden por décadas fueron acompañadas de un programa económico y social profundamente conservador y liberal: se devaluó el peso un 40%, se congelaron los salarios (no los precios) por veinte meses, se rebajaron los aranceles aduaneros a la importación, se abrió nuevamente el petróleo a la inversión extranjera.

Junto a estas medidas económicas, se acentuó la represión de las actividades culturales e intelectuales: se prohibieron libros, programas de TV y radio, las expresiones públicas de afecto (¡los besos en las plazas!), la ropa que no fuera considerada “seria” y los cabellos largos. Un espeso telón represivo se extendió por el país, lo que terminó en la famosa Noche de los Bastones Largos, en donde los profesores y estudiantes de las Universidades públicas fueron expulsados a bastonazos porque resistían la pérdida de la autonomía universitaria por parte de un general de caballería.

La dictadura militar y sus socios económicos-eclesiásticos y mediáticos finalmente se sacaban totalmente la careta: fracasados los intentos de frenar la movilización social y política con gobiernos que aparentaban ser democracias (Frondizi e Illia) aunque aceptaban la prohibición del partido mayoritario (el peronismo) en las elecciones, las Fuerzas Armadas decidieron clausurar todo vestigio de institucionalidad democrática y ejercer el poder sin que mediara ningún sistema de partidos.

El Cordobazo o el comienzo del fin del onganiato

Toda esta política represiva se imponía a contramano de un contexto internacional que aparecía cada vez más movilizador y revolucionario: era la época del nacimiento del rock y del movimiento hippie en Europa y Estados Unidos, y también de la consolidación de las naciones poscoloniales en Asia y África, del Mayo Francés y de la Revolución Cultural China.

En ese contexto internacional, en nuestro país se producía un acelerado proceso de profundización de la lucha y la organización político-social. La resistencia peronista sumaba y confluía con toda una nueva generación de jóvenes obreros y estudiantes que luchaban y se organizaban por el retorno de Perón en clave de líder nacional-popular y antiimperialista. Comenzaba a hablarse del peronismo como socialismo nacional.

Dentro del mundo de la clase obrera (Argentina era el país más industrializado de América Latina), las posiciones que combatían a las burocracias sindicales tomaban impulso y espacio: los programas de La Falda (1957), Huerta Grande (1962) y 1º de Mayo (1968) disputaban a las conducciones obreras con tendencia a la negociación con los sucesivos gobiernos antidemocráticos y proponían, por el contrario, un programa de enfrentamiento frontal contra las dictaduras y las pseudodemocracias. En ambos espacios de militancia, los jóvenes y las nuevas comisiones internas sindicales, ganaban espacio también los partidos y las organizaciones de izquierda, con programas que veían en la radicalización política el único camino para modificar el régimen capitalista.

En este contexto de creciente movilización, los obreros de la industria automotriz de Córdoba se convocaron para resistir las quitas en salarios (11%), la reducción del sábado inglés y la pretensión de incrementar el salario sólo después de que se incrementara la productividad.

Los gremios nucleados alrededor de Agustín Tosco (Luz y Fuerza, clasista), Elpidio Torres (Smata,) y Atilio López (UTA), ambos de origen peronista, entre otras comisiones internas combativas, declararon huelga y movilización para el 29 de mayo.

La huelga comenzó a ser reprimida violentamente, lo que sumó a la lucha a los estudiantes de la Universidad cordobesa, que desde el hospital de clínicas comenzaron a marchar junto a los obreros. En un hecho inédito para la época, la población civil de Córdoba apoyó a los huelguistas y dio refugio a los reprimidos, a la vez que atacó a las fuerzas represivas. Un general represor (Eleodoro Lahoz) fue explícito en este punto: ¡declaró que se sentía como el ejército británico en las Invasiones inglesas, pues desde techos y balcones el pueblo de Córdoba les arrojaba objetos a las fuerzas represivas!

La ciudad de Córdoba, pese a la represión, quedó en manos de los trabajadores y los estudiantes durante dos días.

La represión dejó un saldo de treinta muertos, quinientos heridos y trescientos detenidos, pero, por otro lado, los mandos militares opositores a Onganía tomaron nota de la protesta masiva en las calles.

El Cordobazo marcó el inicio de la ofensiva popular contra Onganía, poniendo a su gobierno a la defensiva; profundizó la confluencia entre jóvenes militantes y clase obrera; amplió canales de vinculación entre peronismo y partidos y movimientos de izquierda; y, sobre todo, dejó la sensación de que por fin, luego de catorce años de proscripción popular, la movilización popular comenzaba a agrietar seriamente la revancha conservadora iniciada con el golpe de setiembre de 1955.

Del Cordobazo en adelante, la dictadura ya no se recuperaría y el ascenso de la movilización y organización popular terminaría por forzar el llamado a elecciones de 1973.