“Hay que estar muy dispuestos a plantear un camino propio”

“Hay que estar muy dispuestos a plantear un camino propio”

Entrevista a Anabel Marín, investigadora en temas de innovación, ciencia, tecnología y desarrollo: transgénesis, privatización del conocimiento, semillas, multinacionales, y la necesidad de un Estado que intervenga en el campo científico tecnológico.

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Por Franco Dall’Oste

Anabel estudió Economía en la Universidad de Córdoba, luego hizo un Master en Desarrollo en la UNGS, y un Doctorado y Posdoctorado en Ciencia y Tecnología en SPRU (Science and Technology Policy Research), en el Reino Unido; es docente de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de Mar del Plata.

También es investigadora adjunta de CONICET y miembro del Centro STEPS –América Latina–, del Centro de Investigaciones para la Transformación (CENIT). El objetivo del mismo es articular crecimiento económico, integridad medioambiental y justicia social: “Nosotros entendemos que los tres problemas tienen que estar integrados. Lo que hacemos es tratar de plantear investigaciones y otro tipo de actividades para llegar a la sociedad de manera más amplia, invitando a pensar en esta integración”, comenta al respecto.

Actualmente trabaja sobre transiciones hacia la sustentabilidad en industrias relacionadas con los recursos naturales, ciencia abierta y desarrollo, vinculaciones públicas y privadas en biotecnología agropecuaria, oportunidades de innovación en industrias manufactureras en América Latina y el futuro de las semillas en Argentina y Brasil.

-¿Qué es la transgénesis? ¿Por qué se le atribuye a esta el progreso en cuanto a la productividad sojera argentina?

-Transgénesis es una tecnología que se utiliza para hacer mejora en semillas, a diferencia de lo que se hacía tradicionalmente para innovar en este sentido, que tenía que ver con recombinación sexual; es decir, la forma tradicional de mejoramiento es hacer cruzamiento entre padres de distinta características y seleccionar los que tienen mejores condiciones. A partir de que hubo avances en materia de tecnología molecular y posibilidades de empezar a manipular genéticamente las plantas, se empezó a buscar en otras especies características, que no son conocidas dentro de la especie original, e introducírselas. Entonces, por ejemplo, en el caso de las soja, donde las variedades transgénicas se han difundido en mayor medida, lo que vos tenés son variedades que son resistentes al herbicida.

Hay toda una discusión al respecto de si esa innovación pudo haber sido lograda de otra manera. En definitiva, las multinacionales prefieren usar transgénesis porque les permite apropiarse de dicha innovación y porque el sistema de patentes protege las innovaciones hechas a partir del procedimiento que utiliza la ingeniería genética.

En cuanto a por qué se le atribuye esta idea de “progreso”, es algo sobre lo que yo he escrito bastante. Yo entiendo que, en parte, se le atribuye porque ha habido una mala interpretación de la evidencia empírica, un poco sesgada, en parte por cómo se difunde la información; por la falta de medidas adecuadas para evaluar todo el proceso, y porque se negó el aporte de las innovaciones hechas con otro tipo de tecnología como el cruzamiento, que en Argentina ha sido muy importante. En definitiva, se le ha atribuido mal. La revolución que hubo en el campo tuvo mucho que ver con la inclusión de la siembra directa y los cambios en las prácticas de manejo, entre otros avances. La introducción de la resistencia al glifosato fue una de las tantas innovaciones que hubo en el sector, pero no la única.

-¿Existen alternativas a esta tecnología?

-Ahí hay toda una discusión. O sea, sí, existen alternativas tecnológicas, porque como te dije se ha hecho mejoramiento en semillas por años a través de cruzamientos, y se sigue haciendo, y se hace cada vez mejor. Entonces, cuando se dice que la transgénesis es la mejor posibilidad porque es la más avanzada, yo lo cuestiono porque el mejoramiento también avanzó con respecto al mejoramiento clásico, y hoy se hace con un nivel de precisión y eficiencia infinitamente mayor al que se hacía en el pasado, utilizando herramientas biotecnológicas.

De todas maneras, lo que en definitiva yo entiendo que es más importante en términos de distinguir las tecnologías, son los derechos de propiedad intelectual que tienen asociados. La transgénesis también se cuestiona desde el punto de vista de la salud pública, porque hay preocupación acerca de si puede tener o no un efecto en la salud humana, y no hay evidencia que, concluyentemente, diga que sí o que no. Entonces, hay disputa, y entiendo que hay mercados en los que no se puede utilizar, como en el trigo o el girasol.

Aparte de eso, creo yo, uno de los grandes problemas de la transgénesis es que permite a la empresa patentar y, de esa forma, apropiarse de parte de la naturaleza (de las semillas) como un insumo clave para la propiedad agrícola, que además se utiliza no sólo para la agricultura industrial, sino también para la producción de comida, para preservar la soberanía alimentaria, asegurar la biodiversidad, etcétera. Si uno le da a una empresa, como ha ido sucediendo, la posibilidad de patentar una tecnología, y le da todo el poder del mercado, eso puede ser un desastre desde cualquier perspectiva.

-A partir del informe de la IARC sobre el glifosato se generó un tímido debate al respecto de cómo se llevan a cabo las evaluaciones por parte de las agencias reguladoras. ¿Cómo se ha dado esta discusión en el país, si es que se ha dado? ¿Cuáles son las críticas a estas evaluaciones?

-Bueno, esto es un tema súper controversial y muy sensible, tanto para los que están de un lado, como para los que están del otro. Este es un tema que yo no trabajo específicamente, pero sí lo hace uno de mis colegas. Juntos hemos escrito un artículo sobre esto cuando salió la regulación de la IARC.

La declaración el organismo era: “Hay evidencia que sugiere que, probablemente, el glifosato cause cáncer”. Eso es algo que las agencias reguladoras argentinas no están reconociendo de la misma manera. Pero, además de eso, lo que está asociado es que no hay financiamiento y no hay estudios por parte del Estado que estén tomando el tema seriamente. Lo está abordando sólo la sociedad civil, y está tratando de hacer lo que el Estado no hace. Además, también falta inversión privada, porque, evidentemente, a las empresas, que son las que tienen el financiamiento para dar apoyo, no les interesa, porque podría perjudicarlas. Entonces, por un lado existe una ausencia de investigación, pero además lo que hay es una actitud desde el Gobierno de ignorar los riesgos y dejarlos todos sobre la población. Esto está siendo tremendo para la salud pública porque está teniendo efectos nocivos que a la gente le es muy difícil probar y, en consecuencia, hacer que el Estado tome una decisión. Además, faltan recursos para que el Estado tome seriamente la evidencia. Es decir, hay una trampa: el Estado dice que no hay evidencia cuando en realidad no hay casi estudios, y los pocos que se hacen los está haciendo la sociedad civil con muy poco financiamiento, y en base al esfuerzo del ciudadano que está poniendo toda su actividad ahí.

-¿Observa una tensión entre el desarrollo de insumos tecnológico para los sectores privados (privatización) y la noción de bien público?

-Bueno, este es un tema que estamos tomando muy en serio en el centro al que yo pertenezco: la información y el conocimiento como bien público; y cómo hacer para frenar la tendencia que estamos viendo en varios frentes de privatización del conocimiento. Esto perjudica, entendemos nosotros, a los actores sociales de beneficiarse de este saber y, además, de seguir haciendo y generando nuevo conocimiento en base a lo que ya existe. O sea, nosotros que trabajamos en política y ciencia tecnológica sabemos, perfectamente, que las posibilidades de innovar hoy dependen del conocimiento acumulado en el pasado. En la medida en que se privatice el conocimiento y los resultados de las investigaciones, menos actores tienen la posibilidad de acceder y de hacer exploraciones, pruebas y buscar nuevos resultados. Esto obviamente limita los resultados a futuro, porque la diversidad genera mayores resultados.

-¿Cuál cree que debería ser el rol del Estado dentro de las ciencias?

-Eso es súper amplio. El Estado yo creo que debería tener un rol activo, y, de hecho, en general lo tiene, pero se está retirando un poco. Justamente por el fenómeno que te comentaba anteriormente de la transgénesis. Por ejemplo, tradicionalmente el Estado era el que hacía investigación en mejora vegetal, porque no había posibilidad de apropiarse de la semilla. En la medida que empezó la posibilidad de apropiarse, por parte de las empresas, de los resultados de su investigación, aumentó la producción y la privatización de la generación de conocimiento. Cuando se privatiza totalmente la generación de conocimiento, la investigación va en cierta dirección y no en otra, va en dirección a lo que le interesa a la empresa.

Entonces, el Estado tendría que tener un rol de investigación en estos temas que no les interesan a las empresas. Porque alguien tiene que invertir, por ejemplo, en el caso del glifosato, en estudios, sino ¿quién investiga eso? Si las empresas no tienen interés y todo el financiamiento viene de privados, ¿quién responde ante las demandas sociales de una mayor investigación y conocimiento de esas áreas?

Además, hay zonas estratégicas que hoy por hoy el Estado debe decidir que son áreas importantes para el desarrollo futuro del país, más allá incluso de que haya una demanda social.

Entonces, el Estado tiene que tener un rol importante. Pero además no sólo haciendo investigación, sino también asegurando una mayor democratización de los procesos de generación y de demanda de conocimientos.

O sea, me parece importante entender no sólo el rol que tiene que tener en términos de financiar y desarrollar investigación, sino también de facilitar procesos de democratización y de mayor participación ciudadana que permitan incluir dentro de la agenda de investigación los temas que son importantes para la mayoría, y para aquellos que no pueden expresarse a través del mercado. Básicamente, a través del mercado sólo se pueden expresar las empresas, entonces la agenda de los desarrollos de investigación sólo va a reflejar los intereses de estas. Y esto va a dejar fuera a gran parte de la población, sus demandas y sus necesidades. Además, esto ceja todas las discusiones, porque cuando se dice “no hay evidencia” parece ser que no hay estudios que muestren, cuando a veces esto significa que no se han hecho estudios. A eso la literatura lo llama “la ciencia no hecha”.

-¿Cree posible alcanzar una autonomía tecnológica dentro del país?

-Es una pregunta como muy teórica. Desde la teoría, podría ser, pero en la práctica tendrías que estar realmente dispuesto a renunciar a millones de tecnologías que están disponibles hoy en día en el mundo y que nosotros no tenemos la capacidad de desarrollarlas. O sea, a lo que podemos aspirar es a desarrollar capacidades endógenas para el desarrollo de algunas tecnologías. Porque además hay otro tema: por lo general, las tecnologías en el mundo se mueven en la dirección de lo que proponen las grandes corporaciones. Por ejemplo, la transgénesis es una tecnología que desarrollaron las grandes multinacionales, porque estaba asociado a la propiedad intelectual, y al hecho de apropiarse de las semillas y, de esa manera, de todas las rentas asociadas. La tecnología va en esa dirección, en la cual es muy difícil entrar, porque ya hay seis o siete jugadores en el mundo que manejan todas las agendas de investigación y que tienen todo el poder. Vos podrías optar y decir “bueno, yo sigo otra trayectoria diferente”, que es lo que, de alguna manera, yo propongo con mi investigación. Pero, bueno, es difícil. Yo creo que se podría, aunque no en todas las áreas, aspirar a tratar de desarrollar esas capacidades endógenas de tecnologías claves en determinadas áreas. Pero en ese sentido hay que estar muy dispuestos a plantear un camino propio.

Es difícil. Lo que es imposible es intentar seguir el camino de las multinacionales, tratando de competir con ellas, cuando ni siquiera Gobiernos como China lo pueden hacer. El Gobierno Chino es el único que tiene un transgénico estatal en el mundo, las otras son seis empresas.

Y así en la mayoría de las áreas: si hablamos de medicina, de químicos, de lo que sea. Todas las tecnologías nuevas en las que invierte el Estado son en etapa emergente, y en la medida en que se empiezan a generar las condiciones para poder apropiarse del conocimiento, empiezan a aparecer los grandes jugadores a cerrar el juego. Es un tema de países y de empresas. Cuando vos decís autonomía, yo entiendo que te referís al país. Pero vos tenés ahí un tema público/privado nacional e internacional. Tenés las dos cosas que interactúan y construyen el escenario actual.

Yo lo que te diría es: podrías plantear la posibilidad de generar autonomía y ponértelo como objetivo político y ver qué medidas tomar en ciertas áreas, no creo que lo puedas hacer en todo. Podrías hacerlo regionalmente, y generar una política integral de todos los países de América Latina. Pero es mucha la distancia a la que estamos. Incluso en este tema de las semillas, cada uno tiene su propia estrategia, y entonces Monsanto utiliza la táctica de “divide y reinarás” para imponer condiciones.

Tendrían que pasar muchas cosas, pero yo creo que sí se puede. Habría que luchar en varios frentes.


 

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