Por Lisandro Gambarotta

“Cuando la mentira es la verdad” podría ser el lema tallado en bronce en la entrada del estudio televisivo donde se graba un espectáculo lleno de luces, sonrisas y estrellas, muy lejano a la realidad de la calle. Aunque Ricardo Mollo podría citar el derecho de autor, los productores de la pantalla chica empezaron mucho antes que él, diseñando hermosos shows para el disfrute de los televidentes y el sufrimiento de sus empleados. En clave de comedia, ácida e irónica, el español Alex de la Iglesia refleja ese mundo en su film Mi gran noche.

Como es tradición en la televisión española, y especialmente entre los espectadores, el show musical que despide el fin de año y recibe el nuevo es un momento muy esperado, con grandes niveles del codiciado rating. Los cantantes más populares pelean por ser aquel que reciba las doce campanadas interpretando su canción del momento. Pero sólo hay lugar para uno. En el film, el combate es entre el ídolo adulto versus el joven, en dos grandes interpretaciones del mítico Raphael (autor de la canción que da nombre al largometraje) y del actor Mario Casas. Detrás de ellos, más conflictos, permitiendo a De la Iglesia abrir un amplio abanico de personajes, todos freaks: los extras que durante horas representan a contentos comensales de la cena, donde en realidad nada hay para comer y beber, los técnicos agotados por tantas horas de trabajo, y la pareja que conduce el programa, muy amorosos frente a las luces, pero que cuando se apagan aparece la vil competencia por ser el conductor o la conductora del nuevo reality que lanzará el canal. Y, si faltaba provocación, se agrega un tabú: hay alguien con mala suerte en el set, las fallas técnicas abundan y son mortales, y nadie se anima a nombrar al culpable.

Pero todos están de acuerdo en algo: el falso vivo. Representan felices estar emitiendo en directo un evento único y especial, donde ellos acompañan, como si fueran uno más en la mesa familiar, la comida de fin de año. Cuentan con nosotros los diez segundos previos a las doce y nos emocionamos juntos. Pero todo ha sido grabado mucho tiempo antes, y nada sucedió por fuera del guión.

Afuera, la realidad. El dueño de la productora (un malvado divertido interpretado por Santiago Segura) echó a cientos de empleados poco antes de empezar a grabar, y ellos rodean el set, decididos a romper todo, mientras la Policía reprime brutalmente. Los gases y las balas de goma se enfrentan a palos y gomeras, el aire se vuelve asfixiante, pero frente a las cámaras todo está bien. Por si acaso, el dueño del estudio asegura que hay una lista con más despedidos que se hará efectiva al terminar la grabación, un buen método para mantener presionados a sus empleados.

Pero no todo es mensaje. Alex de la Iglesia sabe hacer reír provocando desde el simple humor físico o con diálogos entretenidos. Desde su juventud, el español supo constituir un estilo muy propio, combinando sangre, risas y reflexión, convirtiéndose en un ícono del cine de género que rompe con los límites establecidos.