Por Franco Dall’Oste

Enrique Schmukler egresó de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP en medio del estallido social y político de 2001. Cuando da su última materia, el ex Jockey Club es tomado por los mismos estudiantes de la Facultad en contra del ajuste presupuestario en las Universidades.

Ese año, junto a Daniel Kruppa, un escritor platense, empieza a colaborar en el suplemento RADAR de Página/12. Para entregar los artículos, muchas veces debían atravesar piquetes y manifestaciones que copaban las calles y las llenaban de humo y olor a caucho quemado. “No había muchas chances de laburo”, recuerda.

Siempre se interesó por la literatura: solía ir a las clases en Letras como oyente. “Era un lector muy voraz, muy intenso”, dice.

En 2004 lo aceptan en un DEA (Diplomas de Estudio en Profundidad) en Francia. Decide viajar a París para hacer un máster en literaturas hispánicas. Luego del máster viene el doctorado. Consigue laburo como profesor en distintas Universidades de la ciudad: dio clases de Literatura y Civilización Americana en las Universidades de Paris 7 y de Amiens, entre otras. Allí, también, se formó como investigador, participando casi desde el inicio en un grupo de estudio que se llama Red LIRICO, y que emplea varios departamentos de literaturas hispánicas.

En el país, da clases en el Seminario Interdisciplinario “Del espacio biográfico al yo: la intimidad, la identidad y la ficción en la construcción de la subjetividad contemporánea”, de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.

¿Cómo fue volver? ¿Por qué decidiste hacerlo?

-Me fui en 2004 a Francia y volví en 2014. Me vine por tres años, y me terminé quedando diez. Volví juntado y con un hijo. Es decir, fue un cambio.

Volví por decisiones personales y porque también estaba la beca de reinserción del CONICET, que es una beca posdoctoral. Yo había hecho una tesis en Literatura sobre las figuras de autor en la obra de César Aira, Roberto Bolaño, Mario Bellatin y Enrique Vila-Matas, la cual defendí a fines de 2012. Cuando volví, además, la situación era muy auspiciosa. Y, aunque a medida que pasaba el tiempo la relación con el salario era menos ventajosa, no dejaba de ser una propuesta interesante.

Y también habían cuestiones personales: teníamos un hijo y queríamos que se criase en Argentina.

Entonces, básicamente mi pata es: investigo literatura, colaboro en medios gráficos (por ejemplo, en Irrockuptibles) y también traduzco, sólo del francés (por ahora).

Digamos que el CONICET, entre las distintas posibilidades que se le ofrecen a un joven doctor para regresar a su país, debe ser la más ventajosa. Probablemente no vas a obtener un super salario de entrada, pero la situación de un retorno al país después de tanto tiempo como nosotros, si encima no tenés un trabajo, se complica. Digamos, para la gente que ya ingresó a carrera es buenísimo; y los que están en beca, como yo, tienen un buen salario como para instalarte y también tiempo como para abrir redes y ver un poco el panorama sin estar completamente exigido de buscar un trabajo. Te ofrece una tranquilidad de dos años, que no es poco.

En ese sentido, es buenísimo: te reintegran todos los gastos de mudanza, más el pasaje. Digamos, es un lujo. Es algo que forma parte de un proyecto político, que tiene que ver con la repatriación de investigadores.

Nosotros nos formamos afuera con mucho esfuerzo, muchas veces trabajando al lado de la tesis, además de que nos pasamos seis años en la biblioteca investigando. Y a pesar de todas las ventajas de estudiar allá, uno se siente muy solo. Por eso, una política de repatriación es una caricia después de tanto esfuerzo, es como un reconocimiento.

Maia, mi esposa, entró directamente a carrera. Yo postulé a carrera y no me salió, así que entré a la beca posdoctoral y voy a ver si me sale este año.

-¿Qué país te encontraste cuando volviste?

-Y… algo completamente distinto.

A ver, yo no me fui por la crisis: yo tenía las ganas como de irme a Europa. Pero luego me puse a pensar, y ninguna decisión es completamente individual, y no tiene una sola razón. Efectivamente, yo pasé mi adolescencia acá en el Colegio Nacional de La Plata en medio de las medidas neoliberales de Menem, las políticas de impunidad, etcétera. Digamos: ser joven en los noventa no te llenaba de esperanza, no veías muchas expectativas, o yo no las veía en ningún lado. Y laboralmente era un desierto para los jóvenes recibidos de Periodismo, no había trabajo.

Con lo cual, si bien yo me fui en 2004 y Argentina estaba repuntando con la llegada de Néstor Kirchner, la cuestión del CONICET arranca en 2005, más o menos.

-¿Cómo te impactó el cambio en el discurso estatal sobre la importancia del sector científico y la inversión en CyT a partir de 2003?

-Yo creo que ahí no prestaba atención. Lo único que me llamaba la atención, antes de irme (igual, imaginate que yo me estaba yendo a otro país solo, y estaba demasiado atento a esto y no a lo que estaba pasando acá), es la política en derechos humanos. Me acuerdo que en 2004, el 24 de marzo, vi eso.

Me empecé a dar cuenta de lo de CONICET y los cambios en sus políticas cuando vivía en la Casa Argentina de París. En 2005 coincidí allí con Filmus, que se hospedó en la Casa. Esto era muy interesante, porque en vez de ir a un hotel 5 estrellas, como sucedía generalmente, fue a hospedarse a una residencia de estudiantes.

Me acuerdo que Filmus hizo una reunión en la sala de reuniones de la Casa con todos nosotros. Ahí me di cuenta de que había un interés: nos dijo que cuando terminemos de estudiar volvamos, que había una nueva política. Fue a abrirnos las puertas para un retorno.

Pero en ese momento recién llegaba y no pensaba volver pronto. De hecho, había decidido no volver más, porque me estaba encantando París. Eso les pasa a muchos. Encima, yo tenía la memoria de la crisis encima.

Yo, hasta el anteúltimo año, trabaje en la Universidad y tenía un puesto. Pasé las habilitaciones correspondientes del Ministerio de Educación francés para pasar los concursos y titularizarme como profesor universitario en Francia. Es decir, me podría haber quedado, mi mujer también, pero decidimos volver. Y esto tuvo que ver con que yo quería hacer cosas con Argentina, con Latinoamérica. No me gustaba del todo esto de estudiar literatura latinoamericana desde afuera, desde Francia.

-¿Cómo ves al CONICET con este cambio de gestión?

-Ahora se abre una incógnita con el tema de CONICET. El hecho de que haya quedado el ministro de Ciencia y Técnica, Lino Barañao, tal vez haya amortiguado un poco las cuestiones en términos de ajuste. Hay que ver. Por ahora, no es como el caso de lo que está pasando en la Biblioteca Nacional, que la situación es claramente de ajuste y bastante tremenda. Todavía no sé qué va a pasar con esta política de inversión en CONICET con este nuevo Gobierno. Uno espera que no cambie demasiado.

Sí cambió el director de CONICET, y hubo algunos testimonios en los medios sobre la supuesta inviabilidad del instituto tal como está. No estoy de acuerdo con esto: me parece que es muy viable así como está, y que incluso habría que incrementar la inversión, no ajustar. Más en un país “periférico” como el nuestro, que no tenemos otro camino para el desarrollo que la inversión en educación, en investigación y en cultura.

-A lo largo de tu carrera aparece mucho Barthes, ¿por qué es esto?

-Sí, de hecho, sacamos un libro que se llama Seis formas de amar a Barthes, en conmemoración por los cien años de su nacimiento. Básicamente es uno de los críticos que yo más admiro, por su inteligencia y por su versatilidad crítica. Es decir, es un crítico contemporáneo: nunca le dio la espalda a ninguna de las expresiones culturales y literarias de su época.

Mitologías debería ser lectura obligatoria para cualquier estudiante de comunicación, por la lucidez para pensar la prensa masiva de su época, para desenmascarar un poco los mitos de los cuales se alimentan los medios y que naturalizan en la sociedad. De hecho, creo que vivimos en un momento político en la Argentina en el que haría falta que deconstruyamos algunos mitos que están dando vueltas, que instalan los medios masivos de comunicación que apoyan al macrismo, y creo que hay un desafío barthesiano en esta lucha por desactivarlos o desarmarlos.

Pero, bueno, retomando, este libro de Barthes lo usé mucho en la tesis, y fue alguien muy importante en mi área de estudio, sobre todo por el concepto de autor. Es alguien que escribió textos que marcaron la crítica literaria francesa de la segunda mitad del siglo XX, fundamentalmente. Lo usé mucho, lo leí mucho y me acuerdo que, incluso antes de saber que iba a cumplir cien años de su nacimiento en 2015, tenía la idea porque hay muchísimos textos sobre Barthes que no han sido traducidos al español. Comprensiblemente, porque son textos de intelectuales de renombre, franceses y de otros lados, a los cuales yo tuve acceso en la biblioteca o en libros que recogían esos artículos. Y lo que pensé fue que era una picardía que muchas veces, Barthes, que es tan estudiado y que se usa tanto en la academia en la Argentina, tiene artículos a los que es muy difícil acceder tanto para estudiantes como para investigadores. Entonces, me acuerdo que una vez estaba en una librería y compré una revista de la Editorial Minuí, que se llama Critique, y me acuerdo que había un homenaje a Barthes, cuando recién había muerto. Me la compré por dos mangos, y eran artículos de críticos e intelectuales de súper renombre hablando de su legado.

Y cuando me estoy volviendo, leyendo a Barthes, me doy cuenta que en 2015 iban a cumplirse cien años. Y bueno, yo soy amigo del editor de Capital Intelectual porque vivió en Francia también diez años, y le propuse la idea y le encantó. Para mí el libro está muy bien editado, lo tradujimos nosotros.

A su vez, en el libro hicimos una especie de confrontación de cómo se lee a Barthes en Argentina y cómo se lee en Francia. Entonces, agarramos tres textos franceses, que son uno de Tiphaine Samoyault, que es la biógrafa de Barthes; Eric Marty, que se ocupa de su obra completa, elegida por su familia para trabajar todo lo que es su legado; y Julia Kristeva, quien fue discípula de él en los sesenta y formaba parte de la revista Tel Quel. Y del lado argentino, Cozarinsky, que fue alumno de él también en un seminario; Alberto Giordano, que debe ser uno de los dos o tres lectores más constantes y más interesantes de Barthes en el país; y Silvio Mattoni, que también es un barthesiano y poeta, investigador del CONICET.

“Nada bueno puede esperarse de un ministro de Cultura que fue CEO de Random House”

-Ahora sacaste una revista que trata el tema de las editoriales independientes en el país. ¿Por qué te surgió estudiar este movimiento? ¿Qué transformaciones hubo desde los noventa en este campo?

-En la Universidad francesa se piensa toda la literatura latinoamericana como una misma cosa. Eso tiene que ver un poco con que Europa motorizó gran parte del “boom” de los setenta, lo cual redujo la literatura latinoamericana a ciertos autores, quizás inclinados al realismo mágico. Con el tiempo, eso evidentemente cayó.

El equipo de estudio en el que estoy es la Red LIRICO, en el que hay un grupo de gente muy reconocida que trabaja la literatura latinoamericana e hispánica hace años. A riesgo de ser un poco restrictivos, nos ocupamos específicamente de la literatura del Río de la Plata, es decir, Uruguay y Argentina.

Cada dos meses nos reunimos, y se pueden ir planteando números monográficos. Y con Martín Arias, como estábamos en el área de reseñas, trabajábamos mucho con las nuevas editoriales, aunque las reseñas nunca alcanzaban para dar cuenta de todo. Entonces salió el tema de las nuevas editoriales y la relación con la literatura. El número se llama “Nuevas experiencias editoriales y literatura contemporánea” (link http://lirico.revues.org/2033), pero en realidad en el origen decía también “en el Río de la Plata, 2004-2014”.

-Fue más o menos el tiempo que estuviste afuera…

-Sí, y coincide también con algunos cambios que se dieron en la economía argentina, con la salida de la convertibilidad, con la devaluación del peso, con ciertas políticas de control de ingreso del libro, etcétera. Todo esto nos hizo periodizar ahí.

Había un fenómeno que era claro, que era el de las nuevas editoriales, lo cual ya había sido analizado y estudiado por muchos críticos o jóvenes críticos. Yo recordaba que Hernán Vanoli había escrito al respecto; también Ana Massoni y Damian Selci, que sacaron una serie de artículos muy buenos sobre la poesía de los noventa, como antecedente de lo que fue luego la narrativa.

A nosotros se nos ocurrió, a partir de estos textos, que no había tantos artículos críticos en donde se pudiera sistematizar un análisis literario que tuviera en cuenta qué relación hay entre el tipo de literatura que se escribe en Argentina, o que se escribió en estos últimos diez años, y las nuevas formas y experiencias editoriales que se fueron gestando.

Tratamos de buscar autores críticos.

¿Qué veo yo en estos últimos diez años? Bueno, que hubo un surgimiento de editoriales fabuloso, y que la literatura volvió a tener vida propia. Lo que más me llama la atención es cómo circula la literatura con las nuevas editoriales. Hay una forma muy íntima, muy cercana, me parece.

-¿Qué puede esperarse para este sector con las nuevas políticas estatales? ¿Considerás que habrá un quiebre en el desarrollo del mismo?

-Es muy temprano para decirlo. Habría que ir a hablar con los editores. Lo cierto es que, digamos, nada bueno puede esperarse de un ministro de Cultura que fue CEO de una gran multinacional como Random House. Es decir, es gente que tiene una manera de pensar empresarial, y no en términos de pequeña empresa o de pyme. ¿Qué hace un CEO de Random House? Básicamente, no perder mercado, prioriza las ventas, etcétera. Y muchas veces esa lógica no funciona con la literatura.

Lo de la bibliodiversidad me parece un poco absurdo. Lo que se levanta es la importación de libros. Hoy leía que ya aumentaron un 40% las importaciones y bajaron 10% las exportaciones, según la Fundación del Libro. Así que es una política de apertura a las importaciones que tenía que justificar el ministro con la cuestión de la bibliodiversidad para beneplácito de aquellos que consideran que el neoliberalismo económico es sinónimo de libertad intelectual. Pero eso es una trampa.

Yo hubiera preferido que el ministro de Cultura se ocupara de una política de incentivo de todas estas nuevas editoriales, que dejen de ser pequeñas y se transformen y medianas. Eso ha sido también parte de la “deuda” kirchnerista: ha habido creatividad para incentivar y apoyar un movimiento que tuvo la iniciativa de crear proyectos, que encima se las ingenió para que sean bastante redituables, bastante rentables. Me parece que desde el Estado, y más teniendo en cuenta las políticas generales del kirchnerismo en los últimos diez años, podría haber habido más incentivo.

En Francia, los incentivos están a la orden del día. Porque en realidad, en todo el mundo, el libro es algo poco redituable, ¿entendés? Allá las editoriales reciben subvenciones del Estado y las librerías tienen el padrinazgo de una gran editorial, que les da plata para que no cierren ante el fenómeno de Internet y la compra online. Entonces, yo creo que no está mal que entren libros extranjeros, y que no hay que confundir tener una política nacionalista, en el buen sentido, y darle la espalda a las traducciones, a los libros extranjeros, etcétera.