Por Héctor Bernardo

Las elecciones presidenciales de Estados Unidos se han transformado en un tema transcendente, no sólo para los norteamericanos, sino para todo el continente. No hay periódico o noticiero de la región que no haya hecho referencia a algunos de los aspectos de las internas de republicanos y demócratas, en las que se busca definir quiénes serán los candidatos para las elecciones de noviembre próximo.

Recientemente, tras el anuncio de John Kasich y Ted Cruz de retirarse como candidatos, el multimillonario Donald Trump quedó como único postulante para la Casa Blanca por el Partido Republicano. Por su parte, en el Partido Demócrata sigue la disputa entre Hillary Clinton y Bernie Sanders, aunque todo indicaría que es la ex secretaria de Estado quien se quedará con la candidatura.

El martes 8 de noviembre los estadounidenses decidirán quién manejará los destinos de esa nación y seguramente los medios del mundo trasmitirán esa elección y América Latina estará expectante de los resultados.

Sin embargo, habría que preguntarse si realmente la política norteamericana hacia lo que ellos consideran su “patio trasero” puede cambiar definitivamente o no, según quién sea el ganador de esas elecciones. A excepción del inicio de las conversaciones entre Estados Unidos y Cuba para restablecer sus relaciones diplomáticas, no parece haber profundas diferencias en las posturas que tuvieron hacia América Latina George W. Bush (republicano) y Barack Obama (demócrata).

El actual presidente norteamericano fue muy claro en la entrevista que dio a la cadena CNN en Español, poco antes de visitar Cuba. Obama dijo, en referencia al cambio de política hacia la isla: “Esto es el punto cúlmine del mucho trabajo que hemos hecho en América Latina. Consideré que, cuando asumí la presidencia, el prestigio de Estados Unidos en la región era muy bajo, con figuras como Chávez y el ALBA en ascenso. Había muchas sospechas respecto de las intenciones de Estados Unidos, y mi política fue entablar una relación con base al interés mutuo, el respeto mutuo. En vez de entrar en competencia de insultos con Chávez, dimos un paso atrás para atraer tanto a los amigos como a los adversarios en la región”.

En la misma entrevista Obama lanzó críticas a la ex presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Críticas que el presidente norteamericano no hizo públicamente mientras la mandataria estaba en su cargo.

No son pocos los que hacen referencia a la continuidad de la política norteamericana hacia la región. En una entrevista realizada en el programa Democracy Now!, el intelectual norteamericano Noam Chomsky señaló: “Si a la administración Bush no le gustaba alguien, ellos lo secuestraban y lo enviaban a cámaras de tortura. Si la administración Obama decide que no le gusta alguien, lo asesinan, por lo que no tiene que tener cámaras de tortura por todas partes”.

Chomsky ha sido un duro crítico del gobierno de Obama y ha señalado marcadamente esta continuidad a la que están obligados quienes llegan a la Casa Blanca, por el enorme poder de presión de los sectores concentrados de la economía, en especial los del complejo industrial-militar.

En la misma línea, el politólogo y sociólogo argentino Atilio Borón señaló en más de una oportunidad la continuidad en la política de Estados Unidos hacia la región. En charla con diario Contexto, Borón aseguró: “El único punto en el cual creo que hay una cierta discontinuidad es en la intención de modificar la política en relación a Cuba. El resto de la política de Obama hacia América Latina fue la misma que se venía aplicando desde el gobierno de Bush. Se vio claramente en los ataques a los procesos de integración como la UNASUR y la CELAC. No hay cambios significativos. Incluso, muchos intelectuales hablan de que la política de Obama es la segunda etapa de la política de Bush”.

“La política de Obama estuvo más centrada en América Latina y por eso fue más efectiva. Obama empieza a preocuparse por América Latina porque tenía que lograr un cierto consenso dentro de los países de la región. Consenso que estaba en cuestión por el bloqueo a Cuba y su expulsión de la OEA”, aseguró.

“Sólo hay que hacer un rápido repaso y vemos que durante el gobierno de Obama tenemos el golpe contra Manuel Zelaya (Honduras, 2009), la tentativa de golpe contra Rafael Correa (Ecuador, 2010), el golpe contra Fernando Lugo (Paraguay,2012) y la ofensiva brutal contra Venezuela. Eso muestra que entre Obama y Bush hubo una continuidad y profundización con un eje más fuerte en América Latina”, concluyó Borón.

Seguramente será necesario recordar que no fue Bush sino Obama quien declaró a Venezuela como una “amenaza extraordinaria” a la seguridad de Estados Unidos. Obama está a punto de dejar el despacho oval y, a pesar de sus promesas, la cárcel de Guantánamo sigue allí, como un símbolo de la decisión norteamericana de violar los derechos humanos cuando y donde quiera. Cuba y Estados Unidos comenzaron a dialogar, pero el bloqueo contra la isla sigue firme.

Los intentos desestabilizadores en la región siguen vigentes. A través de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y de la Fundación Nacional para la Democracia (NED), la Agencia Central de Inteligencia (CIA) sigue destinando miles de dólares a Organizaciones No Gubernamentales (ONG) para desestabilizar los procesos que no se alinean a los dictámenes de la Casa Blanca. Los cables de Wikileaks y las denuncias de Snowden mostraron la política de injerencia, que muchas veces usaba a las embajadas como la principal base para golpear a los Gobiernos populistas. No parece casualidad que, ahora que se produce un proceso desestabilizador en Brasil en el que el parlamento impulsa un juicio político contra la presidenta Dilma Rousseff, la actual embajadora norteamericana en Brasilia sea Lilian Ayalde, quien fue embajadora en Asunción (Paraguay) cuando se dio el golpe de Estado parlamentario contra Fernando Lugo. La historia dirá que, tanto en el actual golpe contra Rousseff como en el que sufrió Lugo, era Obama quien estaba en la Casa Blanca.

Demócratas y republicanos tienen una mirada hacia América Latina que representa, sin dudas, más continuidades que rupturas.