Por Héctor Bernardo

La avanzada de la derecha contra Venezuela tiene varios puntos. Desde la Asamblea Nacional se impulsa el referendo revocatorio. Los grupos económicos buscan generar desabastecimiento de productos básico, al estilo del que sufrió Salvador Allende antes del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. Las cadenas de medios locales, como todas las de la región, siguen con su campaña de desinformación y descalificación del proceso bolivariano. La Casa Blanca, en diciembre de 2014, declaró a Venezuela “una amenaza inusual” para su seguridad. El Pentágono, a través del Comando Sur, intenta procesos de desestabilización violenta que se hicieron públicos tras la aparición del documento “Venezuela Freedom – Operatión”. A todo eso, ahora se suma la posibilidad de que el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, aplique la Carta Democrática contra el Gobierno de Nicolás Maduro. Si se llega a aplicar esta medida, la OEA volvería a la tradición de ser un simple apéndice de la política de los halcones de Washington.

La aplicación de la Carta Democrática de la OEA implica la exclusión de Venezuela del sistema interamericano. Mientras dure esa suspensión, no podrá recibir ningún tipo de ayuda económica externa. Además, quedaría aislada internacionalmente.

La intención de demonizar el proceso bolivariano y aislar a Venezuela internacionalmente no es nueva. Tampoco es nuevo el rol que la OEA ha desempeñado como una herramienta del imperialismo.

Un ejemplo concreto de que la OEA no ha cumplido nunca el rol para el que fue creada es que, cuando tuvo que apoyar a Argentina en la guerra por Malvinas –dado que el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) obligaba a todos los países integrantes a apoyarse entre sí frente al ataque de un país que no fuera de la región (por ejemplo, Gran Bretaña)–, Estados Unidos prefirió apoyar a su principal socio, el Reino Unido, y no cumplir con ese acuerdo.

La OEA también ha servido como elemento de presión norteamericana. En 1962, esta entidad expulsó a Cuba de la organización y desde allí no se dejó de hostigar el proceso revolucionario.

Con el surgimiento de procesos populares en la región, comenzó la creación de otros organismos que fueran más representativos de sus intereses. Así surgió la Unión de Naciones Sudamericana (UNASUR), el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), hasta llegar a 2010, cuando se creó la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), compuesta por todos los países de América menos Estados Unidos y Canadá.

Tras este nuevo contexto, Estados Unidos y la OEA tuvieron que recapitular sus actitudes y en 2015 invitar a Cuba a la Cumbre de las Américas. El Gobierno norteamericano se había dado cuenta de que con su intención de aislar el proceso revolucionario el único que se había aislado era él.

Lamentablemente, ahora, tras el avance de la derecha en la región, la OEA ha decidido volver a sus malas costumbres. Esta vez de la mano del uruguayo Luis Almagro, vuelve a ponerse al servicio de los intereses de Washington. Su nuevo objetivo: Venezuela.

En un artículo publicado en el matutino Página/12, el politólogo Atilio Borón aseguró: “el Secretario General de la OEA, Luis ‘Judas’ Almagro, declarase hace pocos días en una entrevista a El País de España que era inadmisible mantener la neutralidad en Venezuela ‘cuando hay presos políticos y la democracia no está funcionando’. Almagro recibió una clara orden de sus jefes de ocuparse sólo de fustigar a Venezuela y de olvidarse de las masacres perpetradas en Honduras (Berta Cáceres), México (Ayotzinapa), Colombia (130 militantes de Marcha Patriótica asesinados en el último año) y Paraguay (Curuguaty), para no mencionar sino los casos más emblemáticos. La OEA ratifica su condición de Ministerio de Colonias de Estados Unidos, como Fidel y el Che oportunamente la caracterizaran”.

Las críticas a la función de la OEA no son nuevas, ni se centran sólo en la posibilidad de que la actual conducción aplique sanciones contra Venezuela. La Junta Interamericana de Defensa (JID), así como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), pilares fundamentales de la OEA, han mostrado su inutilidad y en la práctica mostraron ser sólo herramientas al servicio de los intereses norteamericanos.

Los procesos de la región han vuelto a cambiar. Una de las primeras medidas del presidente argentino Mauricio Macri fue ir a la Cumbre del Mercosur, en Paraguay, y pedir que se sancione a Venezuela.

El supuesto preso político del que habló Macri y al que ahora se refiere Almagro es Leopoldo López, quién produjo, en 2014, un levantamiento golpista conocido como “guarimbas” que causó 43 muertos y 800 heridos, además de enormes daños materiales.

Si Macri y Almagro quieren hablar de presos políticos, deberían ir a la provincia argentina de Jujuy y pedirle al gobernador Gerardo Morales que les dé explicaciones sobre por qué está detenida la militante social y diputada electa para el PARLASUR, Milagro Sala.

La OEA vuelve al camino que la aisló. Será hora de que entidades como la CELAC tomen definitivamente el lugar que les corresponde y remplacen a esta que ha demostrado ser sólo una herramienta del imperialismo.


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