Libertad a la mínima expresión

Libertad a la mínima expresión

En el Día Mundial de la Libertad de Expresión, el discurso único se apodera de Argentina. Sin Ley de Medios y con el silenciamiento de muchas de las voces opositoras, la “realidad” mediática se amolda a los deseos de Macri. 

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Por Héctor Bernardo

El martes 3 de mayo se celebra el Día Mundial de la Libertad de Expresión. En Argentina, durante los doce años de gobierno kirchnerista, los medios hegemónicos se victimizaron y denunciaron una supuesta persecución. Sin embargo, jamás sufrieron ningún tipo de prohibiciones ni represalias. Desde que Mauricio Macri asumió la Presidencia de la Nación se cerraron programas, se despidieron periodistas, diversos medios recibieron presiones para que no emitan determinados informes y se atacó a todo aquel que expresara una voz crítica al Gobierno.

En la víspera del día de la libertad de la palabra, se extinguió otra voz disonante: el diario digital Infonews –que pertenecía al desmantelado Grupo 23– anunció su cierre y ya no se encuentra online.

En este nuevo contexto, los “grandes medios” guardan un silencio cómplice, similar al que tuvieron durante la última dictadura cívico-militar. El Grupo Clarín y el diario La Nación se han transformado en los líderes de la cadena paraestatal de medios oficialistas. Justifican todas las medidas del Gobierno, utilizan la voz oficial como su fuente principal y minimizan todos los temas que en el resto del mundo son tapa, como, por ejemplo, la denuncia contra el presidente por los “Panamá Papers”.

Desde que Macri asumió como presidente se cerraron programas como 6,7,8, Duro de Domar, TVR, Visión 7 Internacional. En Radio Nacional se echó a decenas de periodistas, en la agencia oficial Télam se comenzó a decir en los pasillos, primero en voz baja, luego sin tapujos, “Acá de Macri no se habla más”, y cuando surgió el escándalo de los “Panamá Papers” lo publicaron en la sección internacionales y no en la de “Política Nacional”.

Víctor Hugo Morales, Roberto Caballero, Roberto Navarro, Pedro Brieger, Telma Luzzani, Sandra Russo, Cynthia García y tantos otros periodistas menos renombrados fueron presionados, despedidos o sufrieron intentos de censura.

“Están circulando muchas versiones sobre mi situación en la Televisión Pública. Quiero decirles que las autoridades me plantearon que no quieren que yo siga en este noticiero. Mi único compromiso es con ustedes y es el de siempre: información de calidad y honestidad intelectual. La verdad, no sé por cuánto tiempo más tendré continuidad en este espacio. Simplemente quería que lo supieran”, dijo Brieger en su columna del noticiero. Poco tiempo después se concretó su alejamiento del canal.

El día que Visión 7 Internacional tuvo que emitir su último programa, la periodista Telma Luzzani aseguró: “Tengo que comunicarles que las autoridades del canal decidieron que no voy a estar más en pantalla, por lo tanto, está va a ser la última vez que me van a ver en el aire. Pero sé que este público fiel e inteligente de Visión 7 Internacional sabe que esto se debe a mis ideas, a mi interpretación de la realidad y no a otra cosa”.

Bajo está nueva situación, uno de los pocos espacios audiovisuales que podían generar un discurso alternativo era TeleSUR. El 27 de febrero, el secretario de Comunicación, Héctor Lombardi, anunció que Argentina dejaba de ser parte de esa cadena internacional de noticias.

La respuesta de las autoridades de TeleSUR fue contundente. La nota, titulada “No van a desaparecer la verdad. No van a desaparecer a TeleSUR”, señala que “Efectivamente con Macri ‘Cambiamos’, él busca la pluralidad eliminando señales, como la de TeleSUR que se distribuye gratuitamente vía satélite a América, Europa, Asia y parte de África”.

Más adelante, el comunicado señala: “Desde TeleSUR nos preguntamos: ¿Se defiende el pluralismo o se ha tomado la decisión de censurarnos?”, y agrega: “¿Es la línea de Macri tapar las críticas a su gobierno? ¿Se trata de pluralidad o censura?”.

Luego de ese acto de censura, vinieron otros y otros. El 18 de marzo, tras el anuncio de que el programa Economía Política conducido por Roberto Navarro trasmitiría un informe sobre el empresario Nicolás Caputo, “El socio del presidente”, el canal de televisión que iba a emitir el informe fue allanado. Tras las presiones que sufrieron los dueños del canal, el informe fue suspendido.

Pero el macrismo no atacó sólo a medios, programas y canales. Para que todo este atropello funcionara, fue de manera directa contra el marco regulatorio de la comunicación. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y los entes que creaba esa normativa fueron suspendidos por decreto presidencial y luego modificados tras presiones a distintos legisladores.

El DNU de Macri modificó artículos escenciales de la Ley (como el que obligaba a los medios hegemónicos a desinvertir para generar más pluralidad de voces) y disolvió la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA) y la Autoridad Federal de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (AFTIC).

Una vez que muchas de las voces críticas fueron calladas, el Gobierno pudo avanzar con los 140 mil despidos, las medidas económicas de transferencia de la riqueza de los sectores populares a los sectores de mayores recursos, la quita de subsidios, la inflación, que en sólo en cuatro meses superó el 25%, el enorme endeudamiento para pagarle a los fondos buitre, y la persecución ideológica a los militantes sociales, con el mayor ejemplo de hoy en Milagro Sala, presa política de Macri y el gobernador Gerardo Morales.

Los medios hegemónicos callaron ante la aparición de los Panamá Papers. Las empresas offshore de Macri, que primero era una de la que el mandatario “no sabía nada”, pero luego se supo que eran trece que el presidente no había declarado. También se supo que muchos de sus principales funcionarios tenían empresas offshore y que incluso su ex ministro de Hacienda era buscado por la Interpol por delitos económicos en Brasil.

Pero el Grupo Clarín y el diario La Nación preferían hablar de “La ruta del dinero K”, repetir el discurso de “la pesada herencia”, “los ñoquis” que “había que despedir”, los precios que había que “sincerar” (aumentar descaradamente), etcétera, etcétera. Según ellos, “los argentinos están mal ahora, pero es culpa del Gobierno anterior”, y Macri llega a decir que “El Gobierno anterior ocultó la desocupación con trabajo”.

Macri sueña con un mundo monocorde en el que la única voz que se escuche sea la suya. Sus empleados, encabezados por Hernán Lombardi, y sus socios, el Grupo Clarín y La Nación, se esfuerzan para que el sueño del presidente se haga realidad.


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