Por Lucía García Itzigsohn*

Por estos días se escucha nuevamente la palabra “escrache”, se condena esa modalidad y se homologan prácticas y contextos muy distintos. Se pretende igualar la agresión en un avión al dirigente Carlos Zannini de una persona arrebatada con el metódico trabajo que desde la agrupación H.I.J.O.S. nos dábamos en los años de impunidad.

Era 1995. Adolfo Scilingo ocupaba las pantallas de televisión contando en una confesión que se parecía mucho a la apología cómo eran los vuelos de la muerte en los que subían a las y los detenidos desaparecidos a aviones en la Escuela de Mecánica de la Armada, les inyectaban “pentonaval”, una perversa ironía sobre el pentotal, y los arrojaban al Río de la Plata. Esos relatos se escuchaban en los medios de comunicación mientras el Poder Judicial permanecía inalterable escudado en las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, y en el decreto menemista del Indulto.

En ese contexto, las hijas y los hijos de desaparecidos, agrupados ya en H.I.J.O.S., Hijos por la Identidad y Justicia contra el Olvido y el Silencio, creamos esta acción política que fue una herramienta para poner en cuestión la impunidad.

Primero fue nuestra obra de teatro Blablabla, en la que anticipábamos la idea de la condena social, donde el represor era condenado por quienes compartían con él el hacer las compras en una verdulería.

Y así comenzó a dibujarse el escrache. Cada uno requería un profundo y minucioso trabajo de investigación para armar el prontuario. Nuestras fuentes eran los testimonios de quienes habían sido sus víctimas, los ex detenidos desaparecidos y los familiares. Buscábamos que esa información hubiera sido producida en sede judicial, en los Juicios por la Verdad. Luego era la tarea de fotografiar al represor, para lo cual montábamos una guardia frente a la casa y esperábamos hasta poder tomar una fotografía. Otra de las tareas era la de confirmar el domicilio. Recién entonces armábamos los afiches y los volantes, y visitábamos el barrio una semana antes para conversar con las vecinas y vecinos, contarles lo que íbamos a hacer y por qué.

Llegaba el día, y desde una plaza cercana, precedidos por la murga “Tocando Fondo”, marchábamos cantando, acompañados de estudiantes, sobrevivientes, militantes, hacia el domicilio del genocida. Una vez allí leíamos un documento en el que explicábamos quién era ese señor, qué había hecho y por qué no estaba siendo juzgado

La consigna siempre era “Si no hay justicia, hay escrache”. Y esta es la gran diferencia: nuestros escraches no eran expresiones agresivas contra una persona, eran la denuncia de un sistema de impunidad. No eran la reacción intempestiva de una indignación personal, eran la decisión política de un colectivo de hijas e hijos de desaparecidos que reclamábamos justicia, que exigíamos nuestro derecho a vivir en una sociedad en la que los crímenes contra nuestras madres y nuestros padres fueran sancionados.

Los escraches nos enorgullecen porque fueron transformadores, contribuyeron a que nuestra generación conociera de cerca lo que había sucedido en la dictadura y tomara en sus manos la exigencia de acabar con la impunidad. Fueron el sustrato de la decisión de Néstor Kirchner de pedir perdón en nombre del Estado aquel 24 de marzo de 2004. Son el antecedente de la orden de “Proceda” que le dio al jefe del Ejército, Roberto Bendini, para que retire los cuadros de Videla y Bignone del panteón presidencial. Fueron parte del sueño que hizo posible que los genocidas estén sentados en el banquillo de los acusados, el Poder Judicial escuchando los testimonios, y quienes estuvieron detenidos, fueron torturados, sean escuchados por el Estado.

Algo de la dignidad se juega en esta discusión. La indignidad de quienes vivían como ciudadanos respetables cuando habían sido asesinos. La dignidad de las y los 30.000 que recuperamos en cada acto de justicia.

Nada tiene que ver eso con el ataque en un avión de un militante político como Carlos Zannini, ni con la amplificación mediática de ese episodio. No es todo lo mismo. Carlos Zannini es un compañero de nuestros 30.000. Los otros son asesinos, y, gracias también a los escraches, hoy están en la cárcel.


* H.I.J.O.S. La Plata