Por José Welschinger Lascano

En América del Sur, los derrocamientos se convirtieron en desplazamientos: el nuevo recurso del poder real para remover a los gobiernos que incomodan. En medio del resurgimiento de las democracias populares, la nueva estrategia es una adaptación táctica de los viejos objetivos, siempre ligados a los intereses corporativos locales. Es el fenómeno del golpe blando, la desestabilización política que surge desde dentro, y que se caracteriza por atacar a las figuras presidenciales. Mariano Fraschini, politólogo y coautor del blog Artepolítica, explicó a Contexto cómo y con qué finalidad están diseñadas las operaciones de desestabilización institucional. “Es una estrategia amparada en su capacidad de no generar mayor conflicto a nivel internacional, al tratarse de salidas anticipadas del presidente y no de la democracia, lo que implicaría una complejidad internacional mucho más grande. Bajo la fachada de salvar al sistema, lo que se ha encontrado es una nueva manera de torcer el camino político, pero eludiendo las peores consecuencias de la intervención”. Concretas o fallidas, las operaciones de este tipo se han propagado por toda la región; sin embargo, para Fraschini no se trata de una invención de nuestra época, sino que es un mero aggionamento de una estrategia con décadas de tradición en el continente. “La desestabilización política en América Latina por medio del ataque a la figura presidencial comienzó a darse a principios de 1990 –recapituló Fraschini–, puntualmente en Brasil, en 1992, con el impeachment a Collor de Mello, y luego de nuevo en Venezuela (1993), en Ecuador (1997) , en Paraguay (1999), y en 2001 lo vivimos en Argentina. Sucedió también con Sánchez de Lozada en Bolivia, y luego se ha repetido en varios de esos países”.

Para el politólogo, el fenómeno consiste en la caída de los presidentes antes de que cumplan su mandato, pero sin derribar la forma de Gobierno, a diferencia de lo que sucedió durante las décadas de 1950, 1960 y 1970, cuando lo que se desarrollaba era el clásico golpe de Estado. “La característica central de estos golpes blandos o insitucionales es justamente que caen las figuras centrales, renuncian o se las expulsa, pero inmediatamente hay un traspaso de poder que sige la cadena de mando”. Quizás el punto novedoso, comentó Fraschini, se encuentre en que ahora se golpea en nombre de la democracia. “Desde la ciencia política se sabe que el presidencialismo tiene un mandato fijo, que dura cuatro años, pero en 2001 en Argentina, con el recordado voto bronca, De la Rúa interpretó que esa bronca no era en contra suyo, ya que lo habían votado en 1999 para que gobernara hasta 2003. A pesar de todo, su razonamiento tenía lógica, porque en todo presidencialismo se entiende que los mandatos fijos deben durar lo suficiente como para poder repuntar en el caso de haber arrancado mal de entrada. Era algo que jamás se cuestionaba”.

Sin embargo, ahora el eje de la discusión está precisamente sobre la duración de esos mandatos. Fraschini explicó que, a partir de que se inaugura esta “inestabilidad presidencial” (que ya es un término sociológico, y se denomina IP), la pregunta es si los mandatos continúan siendo fijos o si debemos empezar a considerarlos flexibles. “¿Hay una parlamentarización de los mandatos presidenciales?”, se pregunta Mariano Fraschini. “Eso es lo más interesante en términos teóricos; y en la práctica, con el caso actual de Brasil, lo que se observa es que allí los perdedores en las urnas de 2014 se están jugando su revancha para desalojar a una Presidenta electa con voto popular y enorme legitimidad. De este proceso, que a nadie sorprendería si termina con la salida prematura de Dilma, lo que se puede leer es que los sectores que estaban dispuestos a cumplir con la destitución de Dilma por los medios que fueran necesarios sólo pudieron alcanzar resultados apegándose a esta estrategia”.

Los ingredientes del cóctel

El politólogo detalló cuál es la composición precisa de la receta que se utiliza para destituir presidentes. “Esta estrategia ocurre casi con exclusividad en Gobiernos que aplican la doctrina neoliberal, siempre durante los vaivenes económicos que resultan de un plan de ajuste”.

Dispuesto el marco neoliberal, los elementos constantes que se presentan cada vez que se opera para desplazar del mando a un Gobierno electo son cuatro: la existencia de un hecho central de corrupción que pone en cuestión la moral del gobernante, las movilizaciones policlasistas, un oficialismo con minoría parlamentaria, y obviamente la presencia de una figura de recambio (que suele ser el mismo vicepresidente). Sin embargo, el politólogo explicó que estos cuatro ingredientes fundamentales no existen por sí mismos, sino que sólo aparecen cuando se les da entidad desde la esfera de la comunicación política. “Esta estrategia nace en los medios hegemónicos de comunicación, en tanto que el hecho de corrupción sólo existe cuando la justicia mediática así lo dicta”, aclaró Fraschini, y prosiguió: “Cuando desde los medios está legitimado como corrupto un hecho puntual, entonces esa condición ya está cumplida. En Argentina, el blindaje mediático dispuso que los Panamá Papers no son un hecho de corrupción que ponga en duda la moral del gobernante, justamente para no cuestionar la estabilidad del Gobierno”. Para el politólogo, el caso argentino es antagónico al de Brasil, donde la denuncia contra la Presidenta es de naturaleza tragicómica, ya que no se la acusa de estar involucrada en el petrolao, sino de un supuesto error administrativo en los presupuestos. “Dilma salió a marcar esa diferencia –comentó Fraschini–, explicando que el hecho de corrupción superlativo al que los grandes diarios intentaban vincularla no era aquello por lo que se la quería juzgar, lo cual da cuenta del carácter golpista de toda la operación en su contra. Por eso cabe aclarar que el hecho de corrupción sólo lo es cuando está amplificado y legitimado por los medios”.

Así como la corrupción sólo existe en la mirada de los medios, también la movilización de varios sectores de la sociedad contra un Gobierno sólo toma entidad cuando es legitimada desde la estructura mediática. “Si no están siendo fogoneadas por la gran prensa”, comentó Fraschini, “entonces para la política no existen”. A su vez, también la existencia de una figura de recambio es un factor contenido desde los medios. “Lo de la figura de recambio es una constante muy invisibilizada, porque siempre se habla de los presidentes que caen, pero rara vez de los que asumen en su lugar; y se los muestra como figuras que ofician de salvadores del orden, que cumplen la función de reemplazo hasta que se cumpla la fecha del llamado a elecciones”.

Otro punto destacado por el politólogo está en que el elemento central nunca es judicial, sino parlamentario, lo que equivale a decir que el juicio nunca espera hasta ser civil, sino que siempre es de origen político. “Las cámaras que ofician como órgano determinante son siempre legislativas, por eso la ruptura de la coalición de gobierno fue la última condición necesaria para comenzar el impeachment, ya que si el PT tuviera doscientos diputados en bloque jamás podrían destituir a Dilma. La estrategia consiste justamente en eso. Aquí se la aplicó en su momento contra Aníbal Ibarra, para sacarlo de Buenos Aires. No existen casos de inestabilidad presidencial que no hayan sido protagonizados por el Parlamento, siempre están orquestados desde dentro”.

Fraschini insistió en que la IP no es una invención reciente, construida sólo para desplazar a los Gobiernos populares de las últimas décadas, sino que nació hacia 1990, siempre en el contexto de ajustes estructurales. Hoy es una fórmula exacta para hacer caer a un presidente latinoamericano, moviendo a la Administración de turno bajo el atenuante de que la forma de gobierno seguirá vigente. “La estrategia tiene varios puntos fuertes –explicó el politólogo–; no derriba al sistema, funciona gracias a la fuerte tradición presidencialista de la región, y es imposible de denunciar ante la ONU, porque se produce desde dentro e institucionalmente. Si queremos buscarle una razón ordenadora, podemos decir que el poder real está utilizando esta estrategia para sacarse de encima a los presidentes incómodos. Además, funciona perfectamente como un atajo en la disputa política, donde varias veces hay colaboración del mismo partido para que caiga la figura, preservándose las aspiraciones futuras de los herederos de ese partido”.

El antídoto de los Gobiernos populares, y el de la derecha

Desde esta lectura, Mariano Fraschini explicó también por qué tantos intentos de golpe blando fracasaron contra los líderes regionales de la última década. “A los Gobiernos del giro-a-la-izquierda, denominados populares, no pudieron sacarlos a pesar de la insistente recurrencia. Tales fueron los casos de Chávez en 2002, Correa en 2010, Evo en 2008, Cristina en 2008 (por la 125) y 2015 (por el caso Nisman). ¿Por qué allí no funcionó? Básicamente, porque esos presidentes tenían una imagen positiva mayor al 20%, poseían la capacidad de generar movilización a su favor, y fundamentalmente porque no estaban aplicando la receta neoliberal del consenso de Washington. En el caso de Bolivia y Venezuela, incluso sucede que las Constituciones son tan avanzadas que exigen la confirmación del apoyo popular antes de finalizado el mandato, lo que en gran medida despresuriza la desestabilización”.

Para Fraschini, la única excepción que puede econtrarse a este marco general de economía neoliberal se dio con el desplazamiento de Lugo en Paraguay. “Allí lo que sucedió fue que lo que se le adjudicó mediáticamente era un hecho muy pesado, una matanza; y la movilización policlasista brindó un enorme respaldo hacia la figura de recambio, que continuó lo que le quedaba a su mandato”.

Volviendo a la cuestión del rol central de los medios en la preparación del cóctel ideal para conseguir un golpe blando, el politólogo explicó que también se da en la región que todos los elementos puedan estar presentes, pero que sin embargo la inestabilidad presidencial no se produzca gracias al signo político del gobernante. En otras palabras, los ingredientes pueden estar, pero para cocinar el golpe siempre hace falta el fuego de los medios; y por eso mismo el blindaje mediático también puede inmunizar de la inestabilidad a un Gobierno latinoamericano. “Así como los Panamá Papers no son un hecho de corrupción para los medios hegemónicos de la Argentina –concluyó Fraschini–, lo que se está construyendo como la base argumental de la destitución de Dilma es algo equivalente a lo que fue aquí el corralito, algo que nunca se judicializó porque, en todo caso, contaba como una mera mala decisión económica. Con ese ejemplo, queda demostrado el rol central de los medios a la hora de aplicar esta estrategia, ya que todo ocurre en el imaginario mediático, tanto la corrupción como las movilizaciones”.