Por Lía Gómez

¿Qué es ser plural? ¿Ser muchos, ser entre todos? ¿No se esconde a veces detrás de la definición de “pluralismo” la misma noción neoliberal de la “relatividad”? Sin dudas, las palabras tienen un tiempo, un espacio, y una vida de sentido que da cuenta también de la apropiación de quienes las usan. Así, el “pluralismo” se ha convertido en estos meses últimos,  en aquello que sostiene la transparencia frente a la ideología militante, como si ser militante fuera sinónimo de no ser plural, de ser sectario, de ser ñoqui, de ser todo aquello que no es el hombre común. La peligrosidad de ese mensaje, es que no solo está en la literalidad de los discursos, sino también en las narrativas de la imagen, en el entretenimiento, en las formas de titular de las industrias culturales, en la literatura exitista, en tantas cosas…

El federalismo en cambio, conlleva en su misma historia política del lenguaje, la apertura hacia la identidad de un pueblo argentino que no solo vive en Buenos Aires. No suena igual federal que plural, no es lo mismo. El peso de las palabras, esas armas simbólicas, esas acciones de pluma, debe ser pensado a la luz también de la espesura de la historia.

Así, el “pluralismo” se ha convertido en estos meses últimos,  en aquello que sostiene la transparencia frente a la ideología militante, como si ser militante sea sinónimo de no ser plural, de ser sectario, de ser ñoqui, de ser todo aquello que no es el hombre común

Mucho se ha dicho sobre las irregularidades en las gestiones de la cultura en los años kirchneristas, siempre el campo económico es fuente de discusiones manipuladas y lineales sobre los montos gastados, (no invertidos) en películas, libros, series, acciones destinadas a problematizar la imagen nacional. ¿Pero es posible comprender en el escenario cultural las acciones solo desde la economicidad?. Para algunos sí, porque solo pueden percibir la cultura como material del mercado.

En un Estado con un proyecto de soberanía popular, plantear la dimensión de lo federal implicaba sostener la igualdad de oportunidades para el decir y el crear. En cambio en este Estado argentino de la Alianza Cambiemos, la pluralidad significa dar cuenta de diversos modos de decir lo mismo pero sin ideología que medie. Entonces la pregunta sería ¿Es la ideología el problema de la argentina?. Para ellos sí, por eso toda actividad que profese comprender el mundo desde la propia identidad resulta un problema.

De tal modo, que la cultura, el arte, los lenguajes que significan, se transforman para este nuevo gobierno, no solo en un problema económico como quieren nombrarlo, sino y principalmente en un  problema político, ya que narrativas nuevas permiten revelar detalles de lo real que el discurso unívoco de la política a veces no contempla.

Solo así se justifica que la actual gestión del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) haya definido desarticular la Gerencia de Acción Federal. El problema no es el monto que se destinaba  a  festivales, muestras, producciones en las provincias (que además algunos medios indican descontextualizadamente como valores exorbitantes), la cuestión no significa incorporar a la industria como parte del juego del cine que vive en gran parte de la mano estatal, sino que esencialmente el motivo es sostener una sola narrativa que permita que el cine sea solo aquello que ellos quieren que sea.  Pero olvidan que el cine nunca fue lo que se pretendió de él, y que en épocas de peores crisis las pantallas reviven como cenizas que se encienden para narrar la vida.

En un Estado con un proyecto de soberanía popular, plantear la dimensión de lo federal implicaba sostener la igualdad de oportunidades para el decir y el crear

Ser plural no es armar una reunión con la participación de todos los actores, que además el INCAA venía desarrollando como política de diálogo, y que todos los años se llevaban a cabo la Asamblea Federal y el Encuentro de Comunicación Audiovisual en el Festival de Cine de Mar del Plata.

Ser ordenado, no implica solo revisar números, ni tampoco una cuestión de desprolijidades de la gestión saliente como acusan, sino también comprender el orden como política que incluso tantas veces nos ha llevado bajo esa bandera a tragedias inimaginables.

Frenar concursos públicos y abiertos, limitar estrenos argentinos, vaciar espacios destinados a proyecciones, demonizar a los festivales, a los gestores culturales de los últimos años, despedir trabajadores de la cultura, todo esto no resulta compatible con la noción de pluralidad entendida como amplitud sino más bien todo lo contrario.

El camino para la actual gestión es uno solo: concentrar la industria audiovisual en pocas manos, generar un negocio, enaltecer el entretenimiento como elemento vacío, contribuir a la configuración de un solo relato (incluso cuando por años defenestraban la palabra relato frente al kirchnerimos como fuente de enunciación).

Años de debate, de redes y entramados, de estructuras de sostenibilidad son desarmados con orgullo por las gestiones culturales de cambiemos, entre ellos el INCAA. Lo que no perciben, porque no pueden hacerlo, es que destruir lo material no implica deshacer lo simbólico. Allí está la verdadera esencia de la lucha, en la experiencia del pueblo y el cine en eso tiene memoria.

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UNA ESCENA DE CHAPLIN

Recuerdo que la primera vez que vi “The Kid“ (1921) una de las tantas películas de Chaplin, lo que más me impresionó no es la dulzura de los personajes, ni las peripecias de “Carlitos”, o el mundo sociocultural y sus falencias, sino una escena en particular que pareciera salirse del film para constituirse en una nota aparte.  Casi hacia el final, Chaplin entristecido, y ya habiendo perdido al niño que encuentra en la calle frente al abandono de su madre, se sienta en el escalón de la pensión que lo aloja y recostado contra la pared sueña:  En un mundo de bondad donde la maldad no ha entrado, todos son felices juntos, se cuidan y se respetan, hasta que la puerta del paraíso queda abierta y a aquellos personajes vestidos de ángeles – Chaplin vuela en una escena de vanguardia para la época- los envuelve las contradicciones de la humanidad, del mundo, de la vida. En el momento de mayor desconcierto en escena, Chaplin despierta. Minutos después, se produce un amoroso encuentro entre aquel vagabundo emblemático del cine,  el niño perdido a quien había cuidado, su madre y su historia. El mundo onírico y el real en el film, se ven enfrentados por sus diferencias, pero a la par, este film de principio de los años 20,  pareciera decirnos que la verdad solo es posible de ser representada en las batallas culturales del universo del  lenguaje.

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