Por Roberto Álvarez Mur

“Exorcizar mis propios fantasmas” es el objetivo con que el periodista y ex combatiente de Malvinas, Edgardo Esteban, definió la iniciativa de escribir Iluminados por el fuego, obra que luego convirtió en guión para la célebre película homónima dirigida por Tristán Bauer y protagonizada por Gastón Pauls.

Esteban conversó con Contexto sobre la causa histórica que marcó su vida, el silenciamiento y los mitos alrededor de la guerra, y la construcción de una nueva perspectiva de Malvinas con la llegada del kirchnerismo, direccionada hacia la democracia y los derechos humanos y ya no al fantasma de Galtieri.

-¿Podrías reconstruir el clima de época que recordás de aquel entonces?¿Cuál era la percepción social con la que se vivió la ocupación?

-Estamos hablando de plena dictadura militar. Veníamos de una marcha muy importante el 30 de marzo, donde la gente pedía cambios importantes a nivel social. Y apareció la noticia del 2 de abril como la ‘recuperación de las Malvinas’, que eso siempre fue más allá de los gobiernos y las posturas políticas. Entonces, eso tomó un fervor que arrasó con todo, acompañado por las campañas mediáticas tan fuertes; por un lado, por cómo se desarrolló y se mostró todo el conflicto bélico, y por otro lado, ante la derrota final, cómo eso marcaría el camino de transición hacia la democracia.

Esa misma sociedad que el 30 de marzo pedía cambios sociales, que aclamaba la decisión política de reclamar las Malvinas, después del 14 de junio revertió la situación a punto de casi prender fuego la Casa de Gobierno con Galtieri adentro. Fue un proceso contexto y difícil en esos 74 días, y eso no se olvida.

-¿En qué momento se comenzó a entender la causa Malvinas como un asunto de lucha por Derechos Humanos en contraste con la idea más belicista y militar?

-Yo creo que no hay una sola voz. Creo que hay tener en cuenta todas las miradas y respetarlas. Creo que la voz de los derechos humanos fue la más olvidada. Hubo un discurso que se instaló. Recuerdo de un programa de radio lanzando la consigna ‘Malvinas, la única historia’. Creo que no hay una única historia. Hay muchísimas historias, como las que produjo el stress post traumático, que  no es un problema individual sino colectivo, de todos los que estuvimos en la Guerra. Desde esa construcción siempre me inquietó el costado humano de la discusión, que fue lo que me llevó justamente a intentar desahogar en la escritura, al menos para exorcizar mis fantasmas, aquello que me angustiaba y me habían prohibido contar.

Mi libro se lanzó en el año ’93, y creo que sumó a generar un debate profundo que  incluso muchos no supieron entender. La intención no era atacar a nadie sino debatir sobre un mirada. No es casual que el año pasado el ministro Agustín Rossi diera a conocer los archivos desclasificados de lo que fueron los abusos y torturas. Algo  que se quiso negar, que se decía que no era verdad, finalmente terminó ratificando lo que uno narraba. Lo importante es ver a través de este relato, poder empezar a revertir una versión que, hoy por hoy, ya está más abierta.

Uno  tiene convicciones propias sobre lo que fue la Dictadura y lo que fue la causa Malvinas como pertenencia.

-La guerra de Malvinas es un elemento que aún hoy representa un tema delicado y casi tabú respecto a la cultura, del que no se ha hablado tanto ¿Qué desafíos representó para vos escribir Iluminados por el fuego (1993)?    

-Para mí lo principal era poder hablar. En ese momento éramos voces silenciadas y hoy somos una multiplicidad. Somos cada vez más quienes damos testimonio sobre lo sucedido en la guerra, y los que no piensan como nosotros también han podido hablar con sus familias; han podido volver a las islas que era otro de los grandes objetivos para desasnar esas heridas. Creo que al principio no fue tan meditado, después si comencé a reflexionarlo ya que entendí que había una necesidad más allá de uno. Me parece que con la llegada de Néstor Kirchner, un hombre patagónico y cercano a las islas, se consiguieron herramientas para poder profundizar y trabajar mucho más activamente esa visión humana, más allá del reclamo soberano, los foros internacionales y el apoyo de América latina, que de a  poco fue incluyendo el reclamo de Malvinas.

Malvinas es una causa que va más allá de las coyunturas políticas y culturales. Es parte de una sociedad con sus contradicciones y sus encuentros. Creo que lo más alentador es poder fomentar la discusión a las generaciones venideras. Creo que podemos darle el sentido de identidad a Malvinas que hace que en otros países las causas tengan sus propios desfiles, sus propios festejos, como es el caso de la Segunda Guerra Mundial. Acá debemos tener también esas referencias y pertenencias de lo que significaron esos jóvenes que aún están en las Islas Malvinas.

-En un tema como Malvinas, donde señalás que todavía hay muchas historias por contar, ¿cuáles son los mitos más recurrentes que persisten en torno a ello?

-Creo que no todos fuimos Rambo. Es decir, hay una cuestión que hay que valorar y rescatar, pero fuimos todas personas de carne y hueso. A veces me hace mucho ruido cuando uno habla de 133 , de 143 o de 149 como un número. Y lo que hay que entender que cada uno de los que componen esos números tienen una historia. Tienen una mamá, un papá, un nombre y apellido. Como pasa en los atentados. En la dinámica del trabajo o del periodismo, no resalta eso. Me parece que yo siempre traté de buscar el perfil humano.

Como mito de la guerra en sí,  me parece que hay que ser respetuoso de aquellos que relatan sus historias. Aunque uno no las comparta o no las entienda. A mí me hubiese gustado escuchar de mis superiores una autocrítica que nunca llegó. Nunca nadie se hizo cargo de los errores cometidos. Más allá del informe Rattenbach, que es lo suficientemente contundente en lo que devela.

-En el transcurso de los últimas décadas, ¿cuáles creés que fueron las marcas que definieron cada etapa histórica en el tratamiento de Malvinas, tanto en los ochenta, como en los noventa, hasta la actualidad?

-Indefectiblemente, en la década de los ochenta, hubo una campaña de ‘desmalvinización’, quizás injustificada. Creo que la transición a la democracia marcó demasiadas asignaturas pendientes y demasiada presión con lo que fue militar. Tener como referente que el único excombatiente de Malvinas fue alguien que hizo un alzamiento militar, en un discurso para buscar una conciliación como fue en Semana Santa, creo que fue muy injusto. En los noventa se comenzó a visibilizar más, pero con la integración o la búsqueda de compensar las famosas relaciones carnales, pero sin importar el reclamo por derecho soberano.

También comenzó a haber un reclamo más dinámico a través de la paz en los foros internacionales. En los últimos años, hubo una visibilidad mucho más profunda respecto de los excombatientes, no sólo por parte de las políticas de gobierno, sino también de la sociedad misma. Poner la mirada en el otro lado, en el lado humano, de jóvenes que fueron a una guerra a los 18 años, que conocieron la muerte y quedan con esa experiencia de vida. Creo que hay que valorar la transformación que se logró de esa historia con el correr del tiempo.

-Pensando tanto los que murieron en las islas como los que sobrevivieron, ¿cómo definirías a los ex combatientes de Malvinas?¿Los observás como héroes, víctimas, mártires?

-Los que están allá son héroes que siempre hay que recordar, aunque de una gran parte todavía no se sabe siquiera su nombre ni apellido. Creo que no hay que olvidarlos porque, en definitiva, el 2 de abril no está conmemorando el inicio de la guerra sino a los veteranos y combatientes que murieron allá, por una causa que más allá de los matices y diferencias, marcó el camino de muchos en algo que sentían como propia.

-En un tema como Malvinas, que conjuga elementos como el patriotismo, el sentimiento nacional, los derechos humanos y soberanos, ¿cuál es la clave para separar el usufructo que la Dictadura hizo de ello, del reclamo legítimo en sí?

-Creo que lo legítimo está en Malvinas como identidad. Un fruto de eso es la construcción del Museo Malvinas en el espacio para la Memoria (ex Esma), para marcar un engranaje más de lo que significó la Dictadura. Pero también como sentido de pertenencia en nuestra historia. Si recorrés el museo, no sólo se enfoca en el conflicto bélico que es una parte, sino que habla de la historia, de la fauna, de los recursos naturales, de lo que significó el imperialismo del Reino Unido. Uno hace un recorrido de lo que fueron esos 74 días, sino de lo que significó el operativo Cóndor en los setenta.

¿Por qué tenemos tanta identidad respecto de dos islas chiquitas en el sur? Porque es parte de una construcción cultural como al porteño le puede ser el tango. Es parte de esa raíz que prevalece en la gente. Hoy lo noto mucho cuando voy a las canchas de fútbol. Casi todos los equipos de fútbol tiene una bandera que marca la consigna sobre las Malvinas. Cuando uno lo ve en lo popular, cuando se escuchan los cantos de las hinchadas y esas banderas, ves una pertenencia del pueblo argentino que no es sólo sobre lo militar.

-Respecto del actual escenario político en Argentina, ¿qué perspectiva tenés de un avance de la causa Malvinas?

-Es una picardía no darle más trascendencia o más valor por parte del actual Gobierno. El legislador británico Jeremy Corbin, por ejemplo, es un claro caso de alguien que podría abrir muchas puertas al diálogo para avanzar, y a quien tener en cuenta. Creo que este gobierno no ha sido claro respecto de estas definiciones. No hubo un discurso concreto cuando asumió, no fue relevante lo que hizo el primero de marzo ante la asamblea legislativa. Me parece que hay algunos elementos que me hubiese gustado que se pronunciaran respecto de este asunto tan delicado, y no están teniendo lugar.