“Estaban las condiciones dadas para construir el ARSAT-3”

“Estaban las condiciones dadas para construir el ARSAT-3”

Entrevista a Matías Bianchi, expresidente de ARSAT. Tras el anuncio de la suspensión del proyecto satelital argentino, el exfuncionario habló de cómo fue el traspaso y cuáles son las políticas del macrismo: suspensión, pérdida de competitividad, fin de TDA y “apertura” del mercado.

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Por Franco Dall’Oste

El ingeniero industrial Matías Bianchi, llegó a la Empresa Argentina de Soluciones Satelitales en 2013, cuando fue nombrado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Con trayectoria previa en el sector privado, fue parte importante de esta era de desarrollo tecnológico satelital sin precedentes en la historia del país. El sector que ahora se ve seriamente amenazado por las nuevas políticas de la gestión.

-El país entero vivió con una gran emoción el lanzamiento de ARSAT-1 y ARSAT-2, algo sin precedentes en Argentina; me imagino que para ustedes lo habrá sido aun más.

-Tuve la suerte de estar en la gestión durante los lanzamientos de ARSAT. Pero también hubo mucho trabajo anterior, muchas decisiones rupturistas, sobre todo de haber decidido que Argentina iba a construir sus propios satélites. Pero bueno, había que consolidar esto, dejar un plan de largo plazo, demostrar cómo iba a evolucionar la industria, y la verdad que es una suma de momentos importantes.

Había una responsabilidad muy grande en ese momento preciso del lanzamiento. Y después de separarse del cohete, también había un montón de hitos que había que cumplir para poner en servicio ARSAT-1, así que eran como picos de tensión que nunca terminaban de bajar porque había que seguir logrando nuevos objetivos. De hecho, todas las maniobras para colocar al satélite en su lugar definitivo también eran cosas nuevas. Cada maniobra era, de alguna manera, una tensión y un festejo posterior.

Creo que, como conclusión general, los dos satélites se pusieron en órbita y en funcionamiento, y se cubrieron las posiciones orbitales sobre las que tenía derecho la Argentina. Fueron momentos muy fuertes, y fue importante también para la gente que lo impulsó porque eran decisiones de esas que, en contexto, si las cosas no hubiesen salido, todo hubiera sido una locura. Y, como salió, fue una genialidad. Entonces, tenía una carga emotiva fuerte y, a su vez, tuvo un muy lindo impacto en la sociedad en general: fue emocionante.

-¿Cómo ayudó el lanzamiento de los satélites a consolidar la soberanía espacial argentina?

-El tema de la soberanía es un concepto, en el fondo, muy amplio. Porque uno puede proteger esas posiciones con satélites alquilados, comprados, o que haya una decisión que diga “bueno, vamos a hacerlo con un satélite fabricado en nuestro país”. Fue una idea rupturista. Y la concreción es que pusimos un satélite que funciona. Pero esto tiene otros aspectos más importantes: la parte comercial de los servicios, de ponerlos pensando en la gente y en desarrollar las comunicaciones; de tener la Televisión Digital Abierta ahí arriba; de conectar las escuelas; de conectar la Antártida; de toda esa visión de tener esa empresa nacional que brinda servicios satelitales. Porque la posición satelital, si uno no la usa para dar servicios, tampoco tiene mayor sentido. Era muy importante, también, todo el trabajo en tierra después de eso.  Y atrás viene que tenemos equipos que pueden operar satélites, que pueden gestionar proyectos complejos; la relación con INVAP y con los proveedores.

Hubo, también, un reconocimiento mundial muy importante, que recibió ARSAT. Cuando se lanzó el proyecto el comentario era “estos países sudamericanos que creen que pueden hacer esas cosas”, y la verdad que después tuvieron que cambiar este pensamiento. En septiembre de 2015, ARSAT recibió el premio “Revelación”, de la industria espacial, en esta conferencia que se hace todos los años en París y que es una decisión que se toma con jurados de la industria. Fue justo unos días antes del lanzamiento de ARSAT-2.

Entonces, también fue capitalizar algo que, en su momento, parecía no tener valor, y que, cuando pusimos el satélite en órbita y en funcionamiento, pudimos decir “bueno, listo, esta posición, que en el mercado quizás vale 30 millones de dólares, es Argentina”.

ARSAT-2 tenía contrato firmado por el 30% de su capacidad, y la otra pata, también importante, es que estábamos en condiciones de pensar en una regulación que fomente los satélites argentinos. El mercado satelital es un mercado en el que hay tres grandes empresas, que concentran alrededor del 60, 70% de la capacidad a nivel mundial, y que obviamente tienen satélites que iluminan nuestra región, y que tienen mucha más capacidad de gestionar que ARSAT. Dentro de este mercado, la Argentina podía pararse y decir “yo fabrico satélites, yo voy a proteger esa comercialización, ese mercado, y voy a defenderlo desde ese punto de vista”. Obviamente, esto implica enfrentarse a algunos grandes y, de alguna manera, conseguir ganar mayor capacidad.

¿Qué rol tuvieron las políticas tecnológicas del Estado, explicitadas a través de la creación del Ministerio de Ciencia y Técnica, y cómo se articula ARSAT con el resto de las iniciativas que llevó adelante el gobierno en esta materia?

-Hubo grandes disparadores que generaron estas capacidades y estos éxitos. El hecho de haber cumplido con estos objetivos hizo que estemos en condiciones de pensar las cosas más a largo plazo. Es como que uno dice: “bueno, hay que sentarse con el papel y diseñarlo”. Pero muchas veces era tan grande el salto y la diferencia que había que hacer, que armar todo esto en ese contexto era complejo.

Este laburo que se hizo, este éxito conseguido, nos permitió empezar a construir lo que, en la Ley de Desarrollo, estaba plasmado como los siguientes pasos para consolidar ese avance tecnológico. Nosotros sabemos que los satélites, es decir, la plataforma que tenemos hoy, el modelo, en el mercado, es viejo, hay que innovarlo. No es una crítica, porque cuando uno empieza a hacer algo no puede pararse en el lugar de construir una Ferrari. Entonces, había un camino trazado de mejora tecnológica de la plataforma para ser competitivos a nivel mundial, que llevaba tiempo, y donde conseguimos que el Ministerio de Ciencia y Tecnología se ponga a trabajar en las cosas nuevas que necesitábamos, cosas que estaban más allá de la frontera tecnológica del país.

A su vez, comenzamos a capitalizar esto en otras industrias. Porque la verdad que invertir todo lo que se hizo, simplemente, para seguir construyendo satélites, no tiene el mismo sentido que ayudar a darle valor agregado a otras industrias nacionales como podría ser la automotriz, o cualquier otro sector. Por esta razón, empezamos a articular con Ciencia y Técnica, que tiene una noción más global de las necesidades, y a pensar los desarrollos e inversiones en tecnología satelital, relacionados con cómo eso puede caer en otras áreas del entramado industrial.

También fue muy importante la capacidad de INVAP como proveedor de tecnología, que también había que convertirla en una empresa rentable y que gane nuevas capacidades.

Obviamente, este es un proyecto a larguísimo plazo: un satélite vive en el espacio 15 años, por lo cual hay que estar muy seguro que va a funcionar todo ese tiempo, por una cuestión de rentabilidad y de que no se puede mandar a reparar. Entonces no es una industria como la de los teléfonos celulares, por ejemplo, que avanza a pasos muchos más cortos.

Pero bueno, la idea era hacer un salto y acoplarse a lo que es hoy, y, de esa manera, poder también empezar a vender satélites. De hecho, ya teníamos varias conversaciones para empezar a construir satélites con empresas extranjeras. Y habíamos dado pasos muy sólidos demostrando que la Argentina lo podía hacer.

-¿Cómo cambia todo esto con la nueva gestión? ¿Se mantienen estos lineamientos?

-La verdad que las declaraciones no son muy consistentes de qué es lo que se va a hacer. Creo que, por lo general, lo que se escucha, y que uno lo interpreta desde la visión global de la Argentina, es que no parecen estar del todo alineados a lo que fue el proyecto satelital. ¿Por qué digo esto? Porque la Argentina está “abriéndose” al mercado internacional y se termina esto de proteger el mercado para nuestros satélites: van a venir las grandes empresas a decir “quiero dar servicios acá”, y se lo vamos a dar.

Macri, cuando fue a Bariloche, dijo que había que juntarse con la NASA para hablar del desarrollo aeroespacial, y los satélites geoestacionarios están más relacionados con la industria europea que con la norteamericana; no así los satélites de observación, que lidera CONAE, que ya han trabajado con NASA. Entonces, este alineamiento con Estados Unidos parece ir en contra de trabajar con empresas europeas.

-¿Y con ARSAT-3?

-Dicen que para hacer el 3 no hay dinero; primero dijeron que estaban mal los contratos, que al final parece que no estaban tan mal. Pero que ahora no hay dinero. Nosotros teníamos ofertas de financiamiento de bancos extranjeros para poder llevar adelante el flujo de negocios del trabajo y, si bien había que optimizar las tasas, en teoría, si la Argentina le va a pagar a los buitres, deberían mejorar las tasas y no hay que pedirle dinero al Estado.

También dicen que ARSAT-2 no está comercializado, lo cual no es cierto: ya tenía 30% de contratos firmados, más un plan de trabajo que, con servicios prácticamente sólo de Argentina, tenía completa la capacidad. Dijeron que no estaban pedidos los derechos de aterrizaje, cuando se comenzaron los trámites en septiembre u octubre del año pasado en los Estados Unidos.

Así que, la verdad, es que no es clara la situación ahora. Antes había condiciones, no sé si geopolíticas o de cómo uno se para frente a los mercados, que no iría en línea con esta “apertura” que se está tomando.

ARSAT-3 tenía tres planes de negocios, todos rentables, y estaban las condiciones dadas para construir el satélite con precios muy competitivos de los proveedores extranjeros. Entonces, me parece que desde ese punto de vista la señal es negativa.

Además, no hacen referencia a la Ley de Desarrollo Satelital. Es decir, no es hacer o no hacer el satélite solamente, sino que en ARSAT-3 estaba el camino para mantener la cadena de producción en funcionamiento. Había que empezar a trabajar urgentemente en cambiar esta plataforma tecnológica de la que hablaba, para poner una de propulsión eléctrica, y muchos otros aspectos para seguir adelante.

Yo no veo la voluntad de que la Argentina sea soberana tecnológicamente. Tampoco las indicaciones de cómo se está cediendo en los mercados las capacidades, y las últimas declaraciones de que ARSAT es carrier de carriers (un mayorista de mayoristas, según declaró el actual titular de ARSAT, Rodrigo De Loredo), y va a llegar al lugar donde no llega el privado, o sea, los lugares donde no es rentable. Esto no le estaría dando sustentabilidad a toda su estructura.

Pero bueno, esto es lógico que iba a pasar, que iban a intentar destruir lo hecho. Es la bajada de línea de Macri en el inicio de las sesiones en el congreso: estaba todo mal, no había nada bien.

-¿Cómo fue la transición? ¿Cómo manejaron el tema despidos?

-Yo presenté la renuncia el 9 de diciembre. Dejamos la empresa funcionando con personas que iban a ayudar. Lógicamente habían ciertos puestos claves que iban a cambiar, por una relación de confianza y demás. De manera absolutamente transparente preparamos un montón de información para realizar esa transición, para contarles en qué estábamos, de una forma abierta y sin condicionamientos. Creo que este era nuestro deber profesional y, además, que los que estábamos ahí tenemos ARSAT en la sangre y queríamos que le vaya bien y que siga creciendo.

Y en muy poco tiempo, y sin justificación, se desvincularon a personas básicamente por una cuestión de persecución ideológica. No fue por sus capacidades, ni por nada por el estilo. A nadie se le dijo que estaba haciendo mal su trabajo, o alguna otra cuestión. De hecho, los gerentes que tenían preparados los informes para contar lo que estaban haciendo, ni llegaron a hacerlo. Y también se dijo que no se iba a despedir científicos de ARSAT, lo cual es interesante porque en ARSAT no hay ningún científico, el trabajo es técnico. Además de que está menospreciando todo el resto del trabajo, porque en la empresa la mayor parte éramos ingenieros, pero también un equipo grande de comercialización, digamos, era una sociedad anónima que tenía trabajos en un montón de aspectos. Entonces decir “no vamos a echar científicos”, es decir que el resto no sirve para nada. Y, además, como dije, no se hacía ciencia en ARSAT, sino que se hacía en el Ministerio de Ciencia y Tecnología y, por ahí, en INVAP.

Pero bueno, lo que se hizo fue desvincular supuestas relaciones de confianza con la gestión anterior y en lugares no críticos. Digamos, a mí no me parece mal que los puestos claves se cambien de buena manera, que eso lo fue, pero hay gente que no tenía esa condición de una posición más, si querés llamarla, “política”. Y fueron desvinculadas por la relación que tenían con nosotros. Creo que, en este sentido, fue muy claro lo que se hizo.

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Un balance, con dos satélites en órbita

“En líneas generales, ARSAT tenía tres o cuatro negocios, dependiendo de si uno une el datacenter con la fibra, o no. Creo que en los casi tres años de gestión hubo grandes avances, mucho basado en lo que había venido haciendo ARSAT anteriormente. Pero desde el punto de vista de la industria satelital se pusieron dos satélites en órbita; se protegieron las dos posiciones orbitales y se desarrollaron los mercados para que esos satélites generen ingresos. A su vez, se promulgó la Ley de Desarrollo Satelital, que plantea un esquema de largo plazo de cómo evolucionar esa industria y cómo darle sostenimiento desde el punto de vista económico, y del desarrollo tecnológico, la mejora de la plataforma y la incorporaciónde más valor agregado nacional”, recordó Bianchi de su gestión.

-¿Cuál es el balance que hacé de su presidencia en ARSAT?

-También se culminaron 15 mil kilómetros de fibra, y se comenzó a comercializar, lo que generó impacto en el mercado, sobre todo mayorista. Con el datacenter se consiguió sobre todo empezar a generar valor agregado para brindarlo, fundamentalmente, a entidades estatales, pero también para capitalizar ese transporte de la red, y empezar a agregarle valor: ya tenía contratos para el 50% de su capacidad.

Y después todo el laburo con la TDA. ARSAT era, de alguna manera, un proveedor de infraestructura clave, porque también tenía que llevar adelante políticas públicas de entrega de decodificadores, todo mirando al apagón analógico del 2019. Desde el punto de vista de la gestión, ARSAT en esos cuatro años prácticamente cuadruplicó su facturación. Por lo cual se empezaba a consolidar ARSAT como una empresa generadora de ingresos y sin la necesidad de la ayuda del Estado. En la Ley Satelital, y en los números, se mostraba cómo los ingresos que generara ARSAT-1 y ARSAT-2 podían hacer factible la construcción del tercer satélite con fondos propios de ARSAT, sin necesidad de requerir ayuda del Estado.

Entonces todo esto consolida una empresa que empezaba a crecer: dejamos contratos para que ARSAT, sin ningún nuevo contrato comercial, sin ninguna otra venta, simplemente con lo que estaba, crezca un 25% su facturación. Y pensábamos aumentar otro 20 con nuevos contratos generados durante este año.

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