Por Carlos Barragán

Con todos los medios del poder y todo el poder de esos medios apoyando al gobierno, el horizonte para la democracia se ve oscuro. Y, lo que es peor, tormentoso.

Podemos decir que la censura a Navarro para que no informara sobre los negociados del presidente con su amigo Caputo ocurrió la semana pasada. Y que fue un “episodio” de censura. Pero en realidad no ocurrió la semana pasada porque la censura no es algo reparable, ni es un episodio. Porque la censura una vez que se ejerce permanece como tal cuando nos damos cuenta de que sus efectos no se remiendan. Por más que hoy Navarro pueda pasar su informe, o parte de él, eso no subsana el hecho de que no hayamos podido informarnos en su momento. Porque el momento de la libertad lo elige quien la ejerce. Lo mismo podemos decir de todas las voces opositoras al macrismo que dejaron de estar en los medios y continúan sin estarlo. El silenciamiento, la persecución, la criminalización de esas voces no será reparada aunque algún día regresen y vuelvan a ser escuchadas. Cosa que además por ahora no está ocurriendo. La gravísima violación a los derechos de expresarse y de ser informado ya no tendrá solución.

El panorama en la comunicación es de desastre. Personalmente –pueden imaginarse por qué– dejé de ver televisión prácticamente desde finales del año pasado y recién volví a ver algo en los últimos días. Y me encontré con periodistas –y no hablo de las fuerzas de choque– que se hunden en la más triste indignidad, la indignidad de callar lo que el gobierno macrista quiere callar y la de ocultar o transformar sus daños profundos en cuestiones que relativizan forzadamente, o hipócritamente. Creo que acá hay razones que van más allá de la política y la capacidad de ponerse del lado tibio del mundo. Razones que también deberíamos observar desde lo psicológico. Hablo de ver, por ejemplo, a un periodista ex militante de la izquierda setentista muy conforme con la visita de Obama, y poniendo paños fríos y en duda cartesiana a cualquier sospecha de que su presencia sea ruinosa para nuestro país. Que por supuesto lo es. Y no creo que estas cosas sucedan por una simple operación monetaria. O no sólo. Ni únicamente porque el dueño del medio está surfeando la ola. Las personas solemos justificar nuestras acciones y argumentar y sostener nuestras decisiones aun cuando son evidentemente equivocadas. Es solamente un gesto por la supervivencia del yo. Y todo esto ocurrió en CN23, canal que todavía nos invitan a suponer que es amigo de lo nacional y popular. Porque lo cierto es que, salvo excepciones cada vez más excepcionales, no hay en la televisión espacios que se opongan ideológica y políticamente al gobierno. Críticas las hay, y las va a haber cada vez más porque el periodista conoce su propio credo, ese de “oponerse al poder, criticarlo y vigilarlo desde un lugar de independencia”. Claro que durante los doce años de gobierno kirchnerista el verdadero poder estuvo del lado de los medios concentrados y atacando al gobierno, mientras sus periodistas jugaban a ser los perseguidos por la “dictadura K”. Hoy encubren las políticas brutales de Macri, la tremenda pérdida de derechos a la que nos somete, pero no se olvidan de criticar alguna pequeñez cada tanto, cosa de guardar las apariencias de independencia y su “ojo crítico”. Lo vivimos durante el menemismo cuando eran pocos los periodistas que criticaban su salvaje política neoliberal, pero todos hablaban de las grandes casas y el caro champán de aquellos malos funcionarios. El periodista conoce ese juego que parece idiota y que sin embargo siempre le da resultados. De allí que nuestro “oficialismo ultra-K” los haya escandalizado, de mentira por supuesto, porque ellos siempre fueron, son y serán oficialistas del poder. Y, sobre todo, oficialistas de su oficio, que llaman periodismo.

Con casi todas las radios al borde de la bancarrota, con muchos canales en manos de los socios o los dueños del gobierno, otros en manos de dueños asustados por el gobierno, y otros en manos de dueños que quieren seducir al gobierno, el cuadro mediático parece el famoso Guernica. Pero como los patrones del país no se sienten satisfechos cuando derrotan a las fuerzas populares, sino que además son perversos, en La Nación del sábado se publicó un editorial titulado “El fracaso del periodismo militante”, que inmediatamente me recordó la fórmula histórica de “La caída de Perón” en 1955, año en que Perón no se cayó de ningún lado, sino que fue derrocado violentamente por delincuentes tan poderosos que jamás tuvieron juicio ni castigo. Acá lo mismo; nos bombardean: mientras Lombardi se encargó de limpiar el espectro de voces que no acordamos con la derecha sin patria, y mientras desde el Ejecutivo se ahoga financieramente a las radios (y a Cristóbal López directamente le tiran con todo lo que tienen), desde el diario golpista por excelencia, y sin que Clarín se ponga celoso, nos dicen “ustedes fracasaron”. Igual que nos dicen que fracasaron las políticas públicas, después de que echan a patadas a los trabajadores que las llevaban a cabo, y clausuran los programas para darle esa plata a Paul Singer y repartirla entre otros amigos.

Otra cuestión que algún día podríamos discutir es la de periodismo militante, que así nos llaman, y que a mí nunca me satisfizo del todo. Porque, para tal caso, si yo soy un periodista militante, Majul también lo será, y lo mismo Carlos Pagni, ambos con desigual talento entre sí, pero igual entusiasmo que el mío. Y hasta le cabrá esa militancia a periodistas de opinión equilibrada, o equilibristas de la opinión, que militan y se rompen el lomo por sus propias carreras todos los días sin descanso. Habría que ver –llamaría a Barone para que me ayude reflexionar sobre esto– que quizá hasta los militantes del conservadurismo antidemocrático tengan más virtud que los militantes de su propia permanencia. Que por lo menos en los primeros existe la defensa de una causa mayor a sí mismos, mientras que en los de la segunda y muy moderada lista “la causa” es su propio nombre, salario y prestigio. Porque si bien nos caen muy mal los militantes de La Nación, debemos admitir que han puesto su prestigio en juego y lo perdieron –aunque sea en parte– por su horrible causa.

No podemos engañarnos, no son tiempos buenos para quienes defendimos en los medios los derechos humanos, la soberanía de la patria, la independencia económica y la justicia social. Son tiempos pésimos. Los periodistas normales estaban ávidos por reparar el cuerpo fofo de su vieja corporación. Y hablo de periodistas y no de periodismo, sustantivo que hoy no podría definir sin titubear, dudar, putear, llorar y salir corriendo. Pero esos periodistas normales son los que sufrieron estos años en que se puso en duda su capacidad para mostrar la verdad, su capacidad para opinar, su capacidad para analizar y su autoridad para ejercer esas tareas; desesperaban por el momento en que pudiera volver todo a la normalidad. Y lo más triste es que hay que darles la razón en eso: estos son momentos de normalidad absoluta. En que los poderosos manejan el país a su antojo y, mientras ellos destruyen nuestro futuro, los periodistas independientes hacen el trabajo que saben hacer: sostener al poder verdadero sin cuestionarlo para que el poder no los cuestione a ellos.

Este gobierno se presentó con los mismos énfasis que los gobiernos golpistas (no es raro, es porque fueron golpistas todos estos años). Llegaron persiguiendo a la militancia, humillando a los trabajadores, empobreciendo al pueblo, favoreciendo a los ricos, castigando al que se queja y encolumnando a los medios de manera férrea, no tanto como en el 76, pero con espíritu parecido. En aquella dictadura fue imprescindible manejar los medios para que no se supiera del genocidio que llevaban a cabo. Ahora, sin esa violencia desgarradora, también necesitan la colaboración de los medios para poder llevar a cabo políticas que traen injusticia, dolor, pobreza y humillaciones a miles de personas. Y sabemos que la parte empresarial de la comunicación hay que darla por hecha. Pero también debemos señalar que, gracias a muchos hombres y mujeres, particulares, personas, que no se hacen responsables del lugar que tienen como comunicadores de este gobierno contrario a los intereses del pueblo y de nuestra patria, aquel está muy bien protegido.

Y no hay que acusar a los periodistas independientes, pero sí saber quiénes son y recordarlos cuando empiecen a pasar hambre los chicos que antes comían, cuando ellos se decían perseguidos y criticaban todo, y les hacían el caldo gordo a los golpistas que un día ganaron las elecciones.