Por Tony Fenoy*

La conmemoración del pasado 24 de marzo, con manifestaciones multitudinarias en todo el país que refuerzan la lucha por más memoria, verdad y justicia, y la memoria que durante esta semana hicimos de la práctica liberadora de Jesús de Nazaret, que culmina en su asesinato de parte del poder y la vida que contagia a su movimiento, mueven a una reflexión que nos ayuda a poner en sintonía ambas memorias.

Esta reflexión no es una más, porque se da en este contexto de restauración conservadora, no sólo en nuestra patria, sino en otros países de nuestra América Latina como Brasil y Venezuela.

El proyecto revolucionario de Jesús de Nazaret, su construcción y compromiso con las y los más pobres que fue causa de su asesinato por parte de los poderes político-económico y religioso de su tiempo, no tiene nada que ver con lo que predica gran parte de la institución-iglesia en estos días.

La utopía de Jesús fue la construcción de una sociedad de iguales, lo que llamaba el “reino de dios”. Una sociedad antiimperialista, antitributaria y antimilitarista, basada en el compartir y no en la pureza moral; horizontal pero organizada a través de funciones, donde la palabra circula y las relaciones son fraternas y no de dominación, donde la acumulación no es individual sino colectiva. Hoy le diríamos “socialismo del siglo XXI”.

Los proyectos de liberación, tanto el de los 30.000 como el de Jesús, están fundados en la búsqueda y la construcción de una sociedad más justa, fraterna y solidaria, pensada con y desde lxs más pobres de nuestro pueblo, para enfrentar las causas que provocan la injusticia, la marginación y la miseria. Son proyectos revolucionarios, transformadores, que no buscan calmar el dolor desde la compasión y la caridad, sino que intentan desterrarlo, a partir de la lucha común y el poder popular. Eso vivimos en estos últimos doce años.

hoy nos enfrentamos a un proyecto que lentamente vuelve a crucificar a nuestrxs hermanxs más pobres y a la clase trabajadora con despidos injustificados, medidas que favorecen a los grupos concentrados y la destrucción del tejido social.

Pero hoy nos enfrentamos a un proyecto que lentamente vuelve a crucificar a nuestrxs hermanxs más pobres y a la clase trabajadora con despidos injustificados, medidas que favorecen a los grupos concentrados y la destrucción del tejido social. El proyecto que encarna Macri tiene detrás una teología que lo sustenta: la teología de la prosperidad, la del esfuerzo individual como única posibilidad de crecimiento. En este proyecto, dios bendice al que le va bien, sin importarle el resto. Para aquellxs que no prosperan, está la beneficencia y el voluntariado caritativo de lxs que más tienen. No hay construcción colectiva ni un Estado presente.

En cambio el dios que sustenta el proyecto de Jesús es el dios-en-el-pueblo, construido colectivamente y que está presente en las luchas compartidas. Ese dios está vivo cuando nos organizamos, cuando el pueblo más pobre es sujeto de su propia liberación. Por eso la resurrección es un proyecto y una construcción colectiva, que se sintió profundamente en la marcha del 24 de marzo, porque lxs 30000 estaban vivos y presentes con sus ideales y su lucha.

No hay resurrección si no hay compromiso, si no hay militancia, si no hay capacidad de servicio puesta a favor de los excluidos y marginados de nuestra historia. No hay resurrección si antes no hay vidas vividas en plenitud y muertes que siembren tiempos nuevos. No habrá resurrección frente al proyecto neoliberal de crucifixión y muerte si no tenemos la capacidad de dejar de lado egos y pretensiones políticas personales para organizarnos en serio y construir desde y con el pueblo.

Tanto el cristianismo como el judaísmo celebran la Pascua, hacen memoria de momentos liberadores, de proyectos de pueblo, colectivos, de sociedades igualitarias, fraternas y justas. Proyectos que estuvieron enmarcados en momentos de esclavitud, opresión, desigualdad e injusticia.

Nuestro país vivió esos duros momentos marcados por la muerte, por el desprecio a los ddhh y por un sistema económico genocida que sembró desocupación, exclusión, desánimo y desesperanza. Hoy ese modelo nefasto neoliberal ha regresado, pero tenemos el ejemplo de las Madres, las Abuelas y los Hijos, tenemos la experiencia de organización social de doce años, en donde hubo más resurrección que muerte.

Nuestro país vivió esos duros momentos marcados por la muerte, por el desprecio a los Derechos Humanos y por un sistema económico genocida que sembró desocupación, exclusión, desánimo y desesperanza. Hoy ese modelo nefasto neoliberal ha regresado, pero tenemos el ejemplo de las Madres, las Abuelas y los Hijos, tenemos la experiencia de organización social de doce años en donde hubo más resurrección que muerte.

Por eso, aunque suene paradójico, en la Pascua celebramos muertes que sembraron vida: la de Jesús, la del Che, la de Evita, la de nuestros compañerxs desaparecidos, la de Angelelli, la de Maxi y Darío, la de Carlitos Cajade, la de Chávez, la de Pichi Meisegeier, la de Néstor y la de tantos otrxs que gastaron su vida en la búsqueda de una sociedad más humana y justa.

Es nuestra tarea seguir construyendo resurrecciones colectivas, con y desde el pueblo, con y desde lxs más pobres, para que la vida le gane definitivamente a los mercaderes de la muerte.


 

*Coordinador del Colectivo de Teología de la Liberación “Pichi Meisegeier”.