Por Carlos Ciappina

En estos últimos meses, con el cambio de gobierno Pro-Cambiemos ha reaparecido, convenientemente difundido por los medios masivos de comunicación (algunos de ellos, seriamente sospechados de vinculaciones y complicidades con la última dictadura cívico-militar) un discurso preocupado por aclarar que el número de 30.000 desaparecido no es tal.

Pese a que los funcionarios Pro-Cambiemos se consideran “el cambio” o “lo nuevo” es necesario advertirles que su preocupación por declarar que el número de desaparecidos no fue de 30.000,como modo de minimizar el genocidio, tiene una larga historia en el mundo. Tanto es así, que se lo denomina negacionismo. El negacionismo, como todo posicionamiento histórico, supone una postura con respecto a la historia, al orden social y, por supuesto, al presente y el futuro.

Durante décadas, los historiadores españoles y pro-hispánicos se han esforzado por tratar de minimizar el genocidio americano, el mayor de toda las historia, con 70.000.000 millones de muertos: la discusión pasaba porque  no fueron 70 sino 20!; que fueron las enfermedades y no las armas, escondido en cierta idea de alcanzar la “verdad histórica” aparecían en verdad la intención oculta: modos de justificar el robo, la conquista y la deprivación de los pueblos originarios.

Un millón y medio  de armenios fueron asesinados durante la Primera Guerra Mundial por el Estado turco. Desde ese momento se ha buscado negar el genocidio armenio y minimizar sus alcances: que fueron “sólo” 600.000, que también murieron turcos, el propio Hitler se regocijaba  al decir que ya nadie (en 1930!) recordaba los muertos de armenia.

Entre 1932 y 1933 entre dos y tres millones de ucranianos murieron de hambre como resultado de las políticas stalinistas. El Holdomor ucraniano fue minimizado durante décadas por la conducción del stalinismo y reducido a una mera muerte por hambruna a causa de una mala cosecha.

El genocidio judío (holocausto) llevado a cabo por los nazis y sus aliados de la Europa del este y del oeste tiene una larga historia de “negadores”: desde los propios nazis juzgados en Nüremberg , pasando por historiadores británicos pro-fascistas, hasta los grupos neonazis y xenófobos de europa actual  y aún líderes de países que han sufrido crímenes de guerra por parte de Occidente (como el Irán de Adjminadejah). La negación comienza siempre con la minimización del número de víctimas: que no fueron 10 millones sino 6 o “sólo” cuatro.

Entre 1980 y 1983 hubo en Guatemala un nuevo genocidio de los pueblos maya: 200.000 víctimas de las fuerzas militares y paramilitares fueron destinadas a fosas comunes. Fue tal el apoyo norteamericano, que en la década de 1990 el presidente Clinton públicamente pidió disculpas al pueblo de Guatemala. Sin embargo, hasta el día de hoy están presentes las voces negacionistas: el presidente de derechas Guatemalteco Otto Perez Molina (2012-2105) niega el genocidio, como lo niegan las organizaciones corporativas militares de Guatemala y las Organizaciones Empresariales.

En 1995 , más de 8.000 bosnios fueron masacrados en Sbrenica por las tropas serbias buscando la “limpieza étnica”, en un genocidio de “puertas abiertas” con la comunidad europea observando sin reaccionar. Todavía hoy, los líderes serbios niegan ese genocidio y lo atribuyen a bajas en combate debido al  estado de “guerra” que vivía la ex Yugoeslavia.

Podríamos seguir , por desgracia, con múltiples ejemplos de negacionismo: Ruanda, Camboya, en todos los casos los interesados en negar los genocidios comienzan por discutir sobre la justeza de los números (siempre a la baja) y poniendo en duda el número total de víctimas. Una vez puesta en duda la versión establecida , el paso siguiente es argumentar que en realidad el genocidio no existió.

En ningún ejemplo los negacionistas comienzan negando lisa y llanamente el genocidio: sencillamente porque  todos los genocidios  que hemos mencionado (incluyendo el genocidio  argentino) están plagados de pruebas empíricas (hasta incluir a las propias víctimas y sus relatos) que hacen imposible negarlos de entrada. Por eso es tan importante comenzar discutiendo el numero total, sembrar dudas sobre las dimensiones, poder establecer “otra” historia de los genocidios y masacres.

Esa rigurosidad numérica interesada termina discutiendo cifras que van y vienen  y que son, no sólo una falta de respeto a la memoria de las víctimas , sino un ejercicio de absurda e irracional “precisión”: los ¿indígenas americanos muertos fueron 70 o 50 0 10 millones? ¿murieron 6 millones o 4 millones de judíos en los campos de exterminio?; los armenios masacrados fueron 600.000 y no  1.500.000; los ucranianos fueron 1.000.000 y no 3.000.000 millones. ¿Dónde está el límite? ¿No da lo mismo una, diez, cien, mil o millones de personas asesinadas en un Plan Sistemático de Exterminio? ¿No es el Plan de exterminio el problema central, sus objetivos y  sus alcances lo verdaderamente atroz y no la precisión estadística sobre el total de exterminados? 

Y este es el verdadero punto: discutir sobre las proporciones numéricas de los genocidios no tiene nada que ver con la “verdad histórica”; tiene que ver con la necesidad de justificar los procesos sistemáticos de represión genocida. Digámoslo con todas las letras, buscar reducir el número de asesinados en un genocidio es el paso previo al negacionismo y eso nos pone en la misma línea que los propios genocidas.

Por eso es tan preocupante que nada menos que el Ministro de Cultura de la ciudad capital de nuestro país se sume a las filas negacionistas. Su frase textual “No hubo 30 mil desaparecidos, se arregló ese número en una mesa cerrada” no tiene ningún respaldo empírico; pero ha sido visiblemente bien recibida por las agrupaciones de derecha que defienden la represión de la última dictadura y los medios conservadores como La Nación que reivindican el accionar genocida.

Tampoco es tranquilizador que el propio Ministro de Justicia de la Nación (a cargo de velar por los procedimientos que garanticen los derechos Humanos para todas/os) se exprese en la polémica diciendo que “Hay un montón de versiones y posibilidades en torno a eso”. “Eso” es nada más y nada menos el mayor genocidio de nuestra historia nacional, con miles y miles de niñas, niños, jóvenes , madres, padres desaparecidos y asesinados en un Plan Sistemático que ha sido probado por juzgados a lo largo y ancho del país, de países extranjeros y de organismos de justicia internacionales.

Sin embrago, ha sido Luis Alberto Romero, un historiador que colabora profusamente con La nación y es un virulento crítico de los gobiernos nacional-populares elegidos por el pueblo , quien ha expresado con precisión conservadora lo que esta discusión conlleva para la Argentina:“La cuestión del número es un parte aguas entre una mirada del pasado rigurosa y comprensiva y otra mítica e intolerante. No es solo una discusión de especialistas. El mito sostiene la franquicia, alimenta el dogmatismo y bloquea la posibilidad de reconstruir una cultura política plural.”

Para Romero, lo riguroso es negar 30.000 desapariciones; lo comprensivo es estar de acuerdo con los números que nos provean los beneficiarios de la Dictadura; los 30.000 desaparecidos son un “mito”, y los Derechos Humanos y la lucha por verdad , memoria y justicia  una “franquicia” (o sea , un negocio ) en manos de personas (Madres de Plaza de Mayo, Abuelas, HIJOS) que no son víctimas sino seres “dogmáticas e intolerantes”.

Aquí es donde vemos el verdadero objetivo de discutir los 30.000: atacar por la base todo lo avanzado en estos 34 años de democracia, reducir la responsabilidad de los civiles y militares en la represión y retornar al sentido común de la propia dictadura cívico-militar.