Por Carlos Barragán

Recuerdo ser un adolescente de clase media haciendo la secundaria en un colegio privado entre los años 1976 y 1981. Después me tocó la colimba en 1983. A la semana de que me incorporaran como soldado mi madre murió, venía de dos años de enfermedad. Creo que por eso tengo las imágenes de aquella época un poco mezcladas. De alguna manera a pesar de que el colegio era claramente pro-dictadura y no existía ni rastros de militancia me las arreglé para hacerme de un pequeño grupo de amigos interesados en la política, ninguno de nosotros afiliados a nada, en realidad vivimos increíblemente aislados de esa realidad, pero todos con inquietudes y detestando al gobierno militar. Cuando fui soldado me tocó custodiar las urnas y no pude votar a pesar de tener responsabilidad suficiente como para que me dieran un fusil lleno de balas. Es que los colimbas no votaban. Pero podían disparar. Y algunos desaparecer.

Recuerdo en el colegio que una mañana durante “la formación del alumnado”, que era algo tan natural para la escolaridad por aquellos años de órden y órdenes, la directora nos habló de la campaña anti-argentina que atacaba a nuestro país desde Europa. Uno de mis amigos, el único que contaba con algunos datos por fuera de la información oficial porque venía de una familia peronista y tenía hermanos mayores (tiempo después entendí que nos decía mucho menos de lo que sabía y hacía bien), nos contó que lo que denunciaba la campaña era todo verdad. Que había campos de concentración en Argentina, donde se torturaba y se mataba. Pero no le creímos. Si hubiera campos de concentración los veríamos, fue más o menos nuestro razonamiento. Si hubiera muertos, los veríamos. Y no los veíamos.

Recuerdo cuando fui a hablar con el teniente primero para pedirle permiso para salir y dar el examen de ingreso a la universidad. Por aquellos años había un cupo de ingresantes y yo tenía estudiado un 20% del programa, la enfermedad de mi madre hacía que mi confusión natural fuese mucho mayor, yo no sabía qué hacer con las cosas y había abandonado el curso de ingreso. Pero cuando me enteré de que nos permitían salir del cuartel para dar el examen decidí aprovecharlo para poder pasar por mi casa. Fui a rendir y cuando me senté en el banco descubrí que el examen era con la modalidad “multiple choice”. Llenar casilleros con crucecitas. Terminé en quince minutos para poder irme a casa lo antes posible. La política universitaria de los militares también era injusta: entré a la facultad aprobando con 75 sobre 100. Creo que quedaron afuera unos 1500 estudiantes. Cuando le pedí permiso al oficial que estaba a mi cargo ocurrió el siguiente diálogo que aunque parezca una parodia juro que es textual: ¿Y usted qué va a estudiar, soldado? Psicología, mi teniente primero. ¿Usted no sabe que los psicólogos son todos putos y subversivos? No, mi teniente primero. Fue mi respuesta, creo que inteligente.

Recuerdo que compraba el Diario del Juicio. Los leía en la soledad de mi habitación, los testimonios del horror infinito. Las pruebas ahora visibles de que lo denunciado por la “campaña anti-argentina” era verdad. Una tarde mientras leía el Diario me dí cuenta de que hacía un rato que estaba hiperventilando, que no tenía aire, que me ahogaba, que el corazón se me salía del pecho, que la garganta se me cerraba. Fue la última vez que leí testimonios de los secuestrados. Por aquellos años tenía muchas ganas de hacer política. Creo que me gustaba el MAS o algo así. Cualquier partido que fuera muy de izquierda. Entonces pensé que si entraba a algún partido y si los militares volvían a dar un golpe era probable que vinieran a buscarme como a cualquier militante. Para secuestrarme, torturarme durante meses y después tirarme al río. Entonces pensé que llegado el caso la solución era que yo debía estar armado, para hacerme matar rápidamente antes de que me llevaran. Y entonces pensé que después de muerto ellos podían llevarse a mi familia para torturarla y matarla. Entonces decidí que ponerme a hacer política no era una buena idea. Y por culpa de ese silogismo no milité.

Recuerdo el 24 de marzo de 2010. Ya participaba de 678 y cientos de personas se ponían remeras con la inscripción “soy la mierda oficialista”. Salgo del subte aquella tarde para ir a la plaza y lo primero que veo a mi izquierda –ubicación pertinente- es una colorida y ordenada columna del Partido Comunista. Ignorante de quiénes eran en aquel momento los acompañantes y los detractores me preocupé cuando escuché un grito imperativo que venía de la columna del PC ¡Barragán! Me doy vuelta esperando algún tipo de reprimenda ideológica a lo que hacíamos en la tele o algo así. Y un muchacho de unos veintitantos años vuelve a gritarme ¡El Partido Comunista te da su apoyo, Barragán! Así que con esa garantía avanzo unos pocos metros, cuando una linda mujer de unos cuarenta años se me cuelga del cuello, y me dice “a mi hermano se lo llevaron”. Y nos largamos a llorar como si nos hubiésemos estado buscando todos esos años para encontrarnos a llorar a su hermano. Después me dijo gracias, que era la manera de agradecerle a Cristina y a Néstor por haber hecho memoria con el olvido. Por haber hecho justicia con la injusticia. No sé cuándo habrían secuestrado a su hermano, pero parecía ayer.

Recuerdo que a principios de los 70, yo de ocho años más o menos, sufría mi primer enamoramiento con una amiga de mi prima. Se llamaba Edith y tendría unos dieciséis años. Y que nunca supo de mi amor, y no sé cuánto de mi existencia. La ví algún tiempo más cuando íbamos de visita, y después no supe por qué dejé de ver a Edith en su casa. Se habrían peleado, habrían dejado de ser mejores amigas. Pasaron décadas y un día a los finales de los 90 visitando a mi prima me acordé de ella y le pregunté qué era de la vida de Edith. Se la llevaron los milicos, me dijo. Pero mi memoria no sé qué habrá hecho con esta historia, porque recién volví a acordarme de todo en octubre de 2010. En ese momento tuve consciencia de que aquel primer amor de infancia había sido secuestrado por la dictadura. Me sacudí ese fantasma o lo corporicé escribiendo una canción que se llama Los Ojos de Edith. Una canción triste y extraña para mí, por eso de lo que se ignora, lo que se olvida, el recuerdo que lo ilumina, y de nuevo el apagón del olvido, y finalmente la memoria que se hace historia y queda en la vida.

Recuerdo un libro de Alejandro Kaufman de título La Pregunta por lo Acontencido que habla sobre los desaparecidos y la memoria. El subtítulo creo que es el nudo de la cuestión: Ensayos de Anamnesis en el Presente Argentino. La anamnesis es la capacidad o la posibilidad de rearmar la memoria del olvido, rememorarla y organizarla como un historial que nos significa en el presente. Un libro de ensayos que habla de los acontecimientos del horror, los genocidios, y su posible interpretación como hechos históricos o como anomalías, “alteraciones” que quedan afuera de la historia entendida como esa serie continuada de cosas que pasan, digamos. Lo cierto es que hay cosas que pasan y nos pasaron, y que son parte de lo que somos y los que seremos. Por eso la memoria de los desaparecidos, recordarlos no como un ejercicio para lamentar el horror y el dolor. Recordarlos es traerlos desde el pasado al presente para que ocupen su lugar en el futuro. Para que dejen de ser un accidente en el tiempo y sean carne en nuestra historia de luchas y de injusticias. Para integrarlos a la trama de nuestros días, hoy más que nunca. Hoy, cuando regresaron los aniquiladores de la memoria a refundar la industria del olvido y el sometimiento. Cuando los ganadores del país genocida regresaron para quitarnos todo otra vez, son los desaparecidos quienes deben acompañarnos con su memoria y sus historias vivas. Que de la muerte no hablaremos nosotros los que marchamos.