Por Carolina Muzi

Plegándome a la conducta de protección de tantxs, hace años que no leo Clarín, cantera de no-periodismo en una variante tóxica del uso de la información, una escuela que ha logrado destruir generaciones jóvenes en la última década haciéndolas bastardear el oficio, entre otras cosas, en busca de pistas, pelos, señales, capilares, miguitas, algo, algo que por favor los lleve al empujoncito, el cachetazo, a cualquier golpecillo que puedan asestar contra el kirchnerismo o sus zonas de influencia y cercanías. En eso han convertido la práctica. Triste. Periodismo Pitbull (“porque sólo obedece al amo y con los demás es malo) como escuché decir hace poco. Para el gremio y para muchxs de quienes aún integran el staff del diario en las secciones más políticas aunque replegados de modo mecánico a sus tareas, ajenos a la línea editorial y los modos de implementación de la rutina, resistiendo en lo gremial desde la asamblea y viendo cómo se destruye y se corroe un oficio cuyo insumo integra el bien común (la información, cuyo acceso es un derecho humano). En lugar de vehiculizarla para democratizar, Clarín ha hecho lo contrario. Se dice que hoy los responsables de la redacción no saben cómo frenar lo que ellos mismos llaman, ay, “la tropa” para que vuelva al periodismo, para que dejen de buscar dónde pegarle a los K y de chuparle las medias al macrismo, que ya está, que terminó la operación. Imaginen, además, la negatividad que todo ello genera en el espacio físico de la redacción.

Paradojas (o parodias) de la historia: Clarín gestó un yellow kid para jugar su partido y logró en estos años que el viejo eslógan de un toque de atención para la solución argentina de los problemas argentinos se convirtiera en un toque de tensión, ofrecido en altas dosis. Así, día a día, la estrategia de las pequeñas migas manoseadas que el medio comenzó a amasar circa 2007 en plan bombas -como reacción al freno nunca antes puesto sobre algunas de sus impunidades-, fue escalando la violencia con que alimentó fractalmente al lectorado. Al respecto, es interesante ver un registro de la muestra Diarios del odio, de los artistas-sociólogos Roberto Jacoby y Syd Krochmalny, curada por Mariela Scafatti, ya que a través de la palabra impresa logró dimensionar los efectos de una maniobra violenta reforzada en los últimos años

Realmente, da impresión. No menos que las cataratas de comentarios envenenados que cosechan las textos tóxicas.

Fue recién a través de las reacciones que en las semanas pasadas generaron las notas de Marcelo Birmajer en las redes como muchxs supimos de este nuevo escándalo: sí, es un escándalo que a 40 años del golpe, un periodista con algunas décadas recorridas en la palabra escrita use de un modo tan ruin el efecto propalador de un diario para sembrar cisaña en torno a los temas más sensibles de la historia reciente. Podrá pensar como quiera Birmajer, es cierto, pero no puede, alguien que tiene acceso a la multiplicación de la información, utilizar un germinador del odio para depositar allí semillas desinformadas que brotarán con más desinformación y más negatividad, avivando el fuego de eso que llaman grieta y apalancan y apalancan hasta que… San Andrea quedó chica como metáfora de las distancias insalvables.

Es aceptable que Marcelo Birmajer defienda la gesta del Juicio a las Juntas y pida reconocimiento para Alfonsín, pero para hacerlo ¿tiene que desacreditar la siguiente gesta contra el fachismo vernáculo que fue recuperar la senda de la Justicia en los crímenes de lesa humanidad y reparar a las víctimas directas del terrorismo de Estado y a las demás que somos todos? ¿Qué hay tras su necesidad imperiosa de agitar un poncho que logre resucitar la teoría de los dos demonios?

Si entre las estrategias que Clarín usó para pegarle al anterior gobierno una fue sacrificar el periodismo –hicieron escuela en ello, deben estar por clasificar en las listas de Marc Augé–, otra fue la que creció en sentido proporcional a la negativa de algunxs editores intermedios cuando dejaron de dar la cara y la firma en columnas, por principios y por vergüenza. Florecieron entonces las versiones “de autor”, colaboradores externos con más o menos jerarquía quienes, con un poco de color y otro de opinión, comentarían cuestiones de actualidad bajo una categoría flexible de pensadores. A tono con el cultivo indoors, la voz “externa” legitimaría al descuido como motor de relevamiento de la información, la vista gorda o la tergiversación; el impulso irresponsable de montar hipótesis a partir de suposiciones y falseamientos, con la arrogancia de quien ni siquiera balconea en lo desconocido; más aún, tendrá el respaldo de la casa para apuntar con el dedo acusador allí adonde, bien sabe, se espera de su voz cierta autoridad que el medio ha perdido, justamente, para cargar las tintas.

Como los nóveles cronistas que entrenaron en la búsqueda de cositas que alimenten esa demanda ya hecha vicio en el diario (ver corrupción en todas partes, pegarle a lo K), Birmajer usó la propia desinformación (en este caso sobre el Grupo de Arte Callejero, el devenir de la gestión del Parque de la Memoria) no sólo para llenar tres tristes columnas total dale que va, sino para cuestionar de manera tergiversada a la Memoria en un momento más que crítico. No se había anunciado aún la visita de Obama cuando se publicó la primera en la sección Se me hace cuento. Hagan cuentas. Tras la reacción que provocaron sus notas (un arco masivo coincidió en rechazarlas doblemente: por la actitud policíaca y por la desinformación malintencionada), dos académicas de rango vinculadas al arte le respondieron: primero lo hizo Laura Malosetti Costa y luego, Ana Longoni. Esos fueron los textos que muchos leimos antes de hacer lo propio con los del guionista de Lanata.

http://www.eldestapeweb.com/carta-ana-longoni-marcelo-birmajer-n15590

Las conclusiones las puede sacar cada quien y es importante hacerlo en pos de entender cómo funcionan las operaciones mediáticas y cuáles son sus herramientas, cómo se cimentan las cazas de brujas y se fomenta la deshistorización.

Por lo demás, no son días de entrar en provocaciones, sino de cultivar, sostener y defender el avance moral que implicaron, en 33 años de democracia, aquellas acciones y políticas de Estado que honran la vida.