Por Carlos Barragán

¿Qué carajo es eso de decir que esto que nos pasa a quienes hicimos 678 es una “revancha”? ¿Qué carajo es eso de decir que lo que nos hicieron a los que laburamos en Radio Nacional es una “revancha”? ¿Qué carajo es eso de decir que lo de Víctor Hugo es una “revancha”? ¿De dónde carajo sacamos que lo que pasó el domingo con Navarro es una “revancha”? ¿Por qué carajo pensamos que Lombardi, Sigal, el mismo Macri, toman “revancha”? O sea, se desquitan, toman medidas del mismo orden, pero en sentido contrario, cuando silencian las voces, censuran periodistas, los persiguen por su posición política y proponen –Lombardi lo propuso, no tengo pruebas de que hoy esté provocándolo– que no trabajen en ningún medio porque son violentos, corruptos, ñoquis, mercenarios y ladrones.

En aquel tiempo que parece tan lejano, cuando con otros compañeros teníamos trabajo en los medios, jamás, a ningún funcionario de ese gobierno siquiera se le ocurrió poner en duda el derecho a expresarse de los periodistas opositores. Ni de los empleados de Magnetto, ni de los comisionados de Paul Singer, ni de los operadores de la ultraderecha continental, ni de los periodistas a sueldo de agencias de inteligencia, ni del lustrabragueta de Macri.

Alguna vez yo sí dudé durante un programa de 678. Me pregunté si la democracia debe soportar que desde los medios corporativos se hagan campañas para derrocar con métodos antidemocráticos a un gobierno legalmente constituido. Y mis compañeros, todos, se me vinieron encima como lobos, defendiendo la libertad de expresión por sobre cualquier otro derecho. Por eso hoy me enoja que hablemos de “revancha” como si el periodismo ultraopositor de ayer y ultraoficialista de hoy, golpista de ayer, mentiroso y operador de ayer y de hoy, no hubiese tenido la más absoluta libertad de expresarse y de ganarse la vida con eso. Esto no es una “revancha”. Esto es la “restauración de la comunicación dominante”. Tan simple como eso. Y para restaurar la comunicación dominante hay que acallar voces, perseguir opiniones, silenciar información, inventar noticias y censurar otras, allanar canales de televisión y avasallar las leyes y todo derecho a la información y a la libre expresión. Para restaurar la comunicación dominante hay que utilizar métodos que ponen al gobierno al filo de lo que cualquier observador razonable caracterizaría como política de comunicación antidemocrática (acá no hay pluralidad de voces, señor Lombardi). Pero esto no es una “revancha”, esto es una autocracia de birome y decreto, de falacias, noticias que se esconden, información que se censura, periodistas perseguidos, medios de comunicación extorsionados y una gran empresa mediática que no solo desinforma y manipula, sino que además pone jueces en la Corte Suprema, tiene sus diputados, funda ONGs que son herramientas corporativas, arma comisiones legislativas, extorsiona o seduce gobernadores, y dispone durante las 24 horas del día de un aparato comunicacional descomunal para deslegitimar la militancia política, que es la única herramienta con que contamos para defendernos del colonialismo globalizante en el cual hemos vuelto a caer como una mosca idiota en una telaraña vieja.

Por eso, cuando escucho hablar de “revancha” siento que una vez más estamos hablando con los términos que nos imponen los enemigos de la democracia. La política cuenta con múltiples categorías y definiciones para nombrar las cosas con diferentes palabras. Fascismo es una palabra, por ejemplo.