Por Roberto Álvarez Mur

El silencio en la ciudad hondureña de La Esperanza fue interrumpida por un grupo de hombres encapuchados que ingresó a la vivienda de la militante indígena Berta Cáceres el pasado jueves 3 de marzo. Cuatro balazos en plena madrugada terminaron con la vida de la activista que se atrevió a luchar por la dignidad del pueblo originario lenca, los derechos de las mujeres y la soberanía ambiental de su tierra frente a las firmas corporativas que, hoy, son vistas por muchos como posibles sospechosos del crimen.

“Creo que todos los países de América Latina están en peligro, sobre todo si se da legitimidad al Gobierno golpista actual, nacido de un proceso electoral espurio, en especial los países del ALBA, que representan un ejemplo peligroso de independencia, en contra de los Estados Unidos, sobre todo desde el punto de vista económico”, fueron las palabras que la periodista Ida Garberi había recibido en mayo de 2010 de parte de su íntima allegada, Berta Cáceres. Seis años después de aquel diálogo, Latinoamérica está de luto por el asesinato de la militante hondureña de 44 años que continuó el legado de lucha que forjaron mujeres de los sectores más castigados de América Latina. Al calor de figuras como la combatiente libertadora del Alto Perú, Juana Azurduy, la dirigente indigenista y ex candidata presidencial guatemalteca Rigoberta Menchú, o la propia líder del movimiento argentino Tupac Amaru, Milagro Sala –hoy detenida de manera ilegítima por el Gobierno neoliberal de Mauricio Macri–, Berta Cáceres dejó marcado un nuevo ejemplo de mujeres que tomaron la bandera de causas populares frente a los prejuicios sociales y sexistas.

Berta Cáceres dejó marcado un nuevo ejemplo de mujeres que tomaron la bandera de causas populares frente a los prejuicios sociales y sexistas.

Nacida el 4 de marzo de 1971, Cáceres fue fundadora y coordinadora general del Consejo Cívico Popular Indígena de Honduras (COPINH), donde se convirtió en una referente fundamental de la comunidad lenca, la mayor etnia indígena de su país. Desde allí, encabezó una lucha incansable en defensa de ríos y bosques ante el avance de empresas y trasnacionales que buscaban sentar sus proyectos en el territorio natural hondureño.

Una de sus grandes confrontaciones fue la mantenida contra la construcción de la central hidroeléctrica de Agua Zarca, cofinanciada por la firma finlandesa FinnFund, similar a la que mantuvo en los últimos tiempos con la construcción de la represa sobre el río Gualcarque en territorio lenca, también en manos de la misma firma. Su militancia logró que la firma china Sinohydro y el Banco Mundial abandonaran su respaldo del polémico proyecto que advertía un proceso de privatización en territorio autóctono.

“En los últimos años, tanto Berta como nosotros, la familia e integrantes del COPINH, hemos sido víctimas de numerosos actos de hostigamiento, amenazas, persecución y criminalización por parte de agentes estatales y no estatales. En especial a partir de la entrada en funcionamiento del proyecto hidroeléctrico Agua Zarca, desarrollado por la empresa DESA (Desarrollos Energéticos S.A.) dentro del territorio de la comunidad lenca de Río Blanco”, declaró la COPINH a través de un comunicado días después del asesinato.

Durante 2009, Cáceres encabezó protestas contra el golpe de Estado que derrocó al presidente hondureño Manuel Zelaya. Un año más tarde, la activista comentaría a la periodista Ida Garberi: “Obama no tiene ya autoridad moral para hablar contra el racismo mientras está amenazando a todos los latinos, ya que este golpe en Honduras fue planeado desde el principio en los despachos de la Casa Blanca, es sólo una prueba, sólo el principio”.

“Por fin teníamos a alguien en Honduras al que podías admirar, que era una líder, de quien no te avergonzabas. Estaba en un lugar al que nadie en Honduras había llegado, y creo que por eso sintieron que tenían que acabar con ella, porque no podían pararla. Se había convertido en intocable, a no ser que la mataran.”

Mientras tanto, los sectores más allegados a la lucha de Cáceres no dudan que los desencadenantes de su asesinato están ligados a los poderes que enfrentó históricamente. Una semana antes de su muerte, Cáceres había denunciado que cuatro dirigentes de su comunidad habían sido asesinados y otros tantos habían recibido amenazas. Silvio Carrillo, sobrino de la activista, declaró recientemente: “Por fin teníamos a alguien en Honduras al que podías admirar, que era una líder, de quien no te avergonzabas. Estaba en un lugar al que nadie en Honduras había llegado, y creo que por eso sintieron que tenían que acabar con ella, porque no podían pararla. Se había convertido en intocable, a no ser que la mataran”.

Por la insistente lucha, en abril de 2015 fue galardonada con el premio ambientalista Goldman.

La vida de Cáceres se apagó a la una y media de la madrugada del jueves 3 de marzo. Con ella nace un nuevo símbolo de lucha y resistencia que vivirá por siempre en la memoria de los pueblos.