Por Carlos Ciappina   

A través de los medios masivos de comunicación (referencia clave hoy para pensar lo político en América Latina y más aún en nuestro país, en donde se ha constituido un cerco mediático en base a monopolios comunicacionales, persecución a periodistas y censura lisa y llana), se ha hecho un lugar común sostener que en la agenda global de los Estados Unidos América Latina ocupa un lugar “secundario” y marginal. El correlato de este discurso, originado en los espacios académicos y en los think tanks de la derecha norteamericana y latinoamericana, es que habría necesidad de “relanzar” las relaciones con los Estados Unidos y, eventualmente, abrirse a esas relaciones en los términos norteamericanos.

El objetivo de esta construcción discursiva es habilitar la confluencia de las políticas exteriores de los países latinoamericanos con los intereses de los Estados Unidos en el hemisferio: léase el viejo, y nunca abandonado, anhelo de un gran Tratado de Libre Comercio que termine de colocar a toda América Latina como una subeconomía norteamericana y, en especial, como un espacio para la extracción de recursos claves para la estrategia del gran capital imperialista.

Muy por el contrario a lo sostenido por este “sentido común” de los medios y la academia pro norteamericana, América Latina ha sido y es el espacio más relevante para los Estados Unidos; es su preocupación primaria y en donde concentra sus iniciativas de expansión y, eventualmente, retirada en un mundo global en donde su hegemonía comienza a ser discutida severamente.

Hay profundas razones históricas, geopolíticas y económicas que confirman esta apreciación.

Comencemos por las raíces históricas: desde los inicios de la vida independiente, América Latina  ha ocupado el lugar central en la agenda de política exterior norteamericana. El objetivo estuvo claro desde el inicio: todo el hemisferio americano debía estar bajo la órbita exclusiva de los Estados Unidos. Así, en el año 1823 (aun antes del fin de la guerra de la Independencia), el quinto presidente norteamericano James Monroe enunció la doctrina que lleva su nombre. Así, los Estados Unidos elaboraron su primera doctrina imperialista pensando en América Latina: ninguna potencia podría tener injerencia en nuestro continente, salvo, por supuesto, el propio Estados Unidos.

Toda la expansión norteamericana hasta la Primera Guerra Mundial se realizó sobre territorio latinoamericano: la mitad de México pasó a sus manos por la fuerza en 1848; la intervención en la guerra de independencia cubana le permitió ocupar Puerto Rico (y las bases de Bahía Honda y Guantánamo en Cuba); en 1903 intervino en Colombia para separar a Panamá y quedarse con el territorio en donde se construiría el famoso Canal. Si tuviéramos que enumerar todas las intervenciones e invasiones norteamericanas “menores” de este período sobre América Latina, dejaríamos de escribir este artículo. El gran Gregorio Selser lo ha recopilado con absoluto detalle y nos exime de mayores comentarios, pues superan en número a todas las intervenciones norteamericanas en el resto del mundo.

Terminada la Segunda Guerra Mundial y derrotadas las potencias nazifascistas, los Estados Unidos planifican su política internacional en un mundo que imaginan escindido en dos: capitalismo y comunismo. ¿Por dónde comenzar a delimitar esta bipolaridad? Por supuesto, primero por América Latina: el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) es de 1947, un año antes de la Doctrina Truman y dos antes de la creación de la OTAN, cinco años antes del Tratado del Pacífico (1952) y siete antes que con los países del Sudeste Asiático. Como es fácil de apreciar, la política exterior norteamericana se aplica primero en  América Latina.

En la actualidad, los Estados Unidos cuentan con nueve Comandos Navales-Militares diseminados por las regiones y océanos del planeta. Los Comandos tienen a su cargo las fuerzas navales, aereas y militares que controlan, condicionan y eventualmente intervienen en posibles “ataques a los intereses norteamericanos”. El primer comando organizado fue, obviamente, el Northern Command (América del Norte que incluía a México), pero el segundo fue dedicado exclusivamente a América Latina: el Southern Command se creó en 1963 (veinte años antes que el de Medio Oriente).

Si de modelos económico-sociales se trata, el primer experimento neoliberal del mundo se llevó a cabo en Chile luego del golpe de Augusto Pinochet. Los preparativos del golpe, la campaña de difamación y la estrategia de lock out patronal fue financiada por la CIA (los documentos desclasificados por el Departamento de Estado norteamericano lo muestran claramente). Pero, más importante aun: las teorías monetaristas, privatistas, de apertura económica con desindustrialización que alcanzarán su apogeo en los años 1990 en América Latina y hoy en el mundo se probaron durante la larga dictadura pinochetista (1973-1990).

Razones geopolíticas  

El colapso de la Unión Soviética y el bloque socialista en 1989-1992 habilitó la idea de un mundo unipolar con preeminencia y hegemonía absoluta de los Estados Unidos. Sin embargo, esta unipolaridad es hoy estrictamente militar: los Estados Unidos gastan en un aparato bélico mundial la exhorbitante suma de 600.000 millones de dólares al año. La relevancia de este número se adquiere al decir que significa el total del gasto militar anual de las 26 potencias militares que le siguen a Estados Unidos en orden decreciente. Un complejo militar-industrial que ha vuelto al país del norte extremadamente peligroso y más agresivo de lo que ya era.

Pero esta superioridad militar esconde una verdad más profunda: la hegemonía económica norteamericana está siendo fuertemente discutida hoy a nivel mundial: para el FMI, la economía China será la primera del mundo por su PBI dentro de cuatro años y hoy (2016) ya lo es si se la toma en relación con el poder de compra en dólares estadounidenses. Las economías de India, Japón, Alemania, Reino Unido y Brasil sumadas (cinco países)  sobrepasan a la norteamericana. En materia de infraestructura, el retraso norteamericano es notorio: todos los países desarrollados poseen trenes de alta velocidad, los Estados Unidos ninguno. Autopistas, sistemas de agua corriente y puentes y puertos han llevado a hablar de la necesidad de un “Plan Marshall” para la infraestructura norteamericana.

En otros aspectos, el rezago es aun más profundo: para las Naciones Unidas, Estados Unidos ocupó en 2015 el 8º lugar en desarrollo humano; el puesto 47 en índice de equidad social; el puesto 45 en la tasa de mortalidad infantil; y el record mundial en el total de población privada de libertad.

¿Dónde buscar sostener una hegemonía económica que es disputada hoy en Asia, Africa y Europa? Claramente, en América Latina, el territorio que los norteamericanos consideran “propio”.  América Latina es hoy absolutamente central para la disputa por la hegemonía económica norteamericana. Algunos datos duros demuestran esta relevancia: América Latina posee el 22% de las reservas mundiales probadas de petróleo; el 48% de las de cobre; el 60% de las de litio (central en la tecnología comunicacional); el 22% de las de oro. Además, es el principal exportador mundial de soja y, más importante a futuro, es el continente con mayores reservas de tierra cultivable del mundo.

Nuestro continente posee el segundo reservorio de agua dulce del mundo (el Acuífero Guaraní, que comparten Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) y la principal cuenca hidrográfica del planeta (la cuenca del Amazonas, que comparten todos los países de América del Sur menos Uruguay, Chile y Argentina). Todos los analistas señalan que el recurso del siglo XXI será, precisamente, el agua potable.

¿Qué otro sentido tendría sino la expansión militar norteamericana en América Latina?: para una región de poco interés, hay demasiadas bases… Cuando el almirante Thomas Mahan delineó la estrategia del expansionismo naval norteamericano en la década de 1890, la necesidad de contar con bases navales fuera del territorio norteamericano se volvió obvia. Como en toda nuestra historia, los Estados Unidos probarían su teoría en nuestra América Latina: el “arriendo” forzado de la Bahía de Guantánamo en Cuba en 1898 inauguró la primera Base Naval norteamericana fuera de su territorio en el mundo.

Hoy, América Latina cuenta con el triste privilegio de 76 bases militares distribuidas por todo su territorio. Setenta y seis bases en un continente que no ha tenido conflictos internos de relevancia desde la década de 1930 (guerra Boliviano-paraguaya). Setenta y seis bases en un continente que nunca agredió territorio norteamericano. ¿Qué otro sentido pueden tener que no sea el de custodiar y cercar lo que consideran un espacio propio y los recursos que esos espacios contienen?

Disputa entre los procesos de integración latinoamericana y los Tratados de Libre Comercio

Una viejísima aspiración recorre la política exterior norteamericana en términos económicos: una unión aduanera que incluya como un solo mercado el espacio territorial desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Este anhelo fue propuesto en la primera reunión panamericana ¡de 1889!, y rechazado por la mayoría de los países asistentes. Desde ese momento (hace más de cien años), los Estados Unidos han perseguido dicho objetivo, el que en las actuales circunstancias de disputa internacional se ha vuelto imperativo: desarrollar los Tratados de Libre Comercio y desarticular los procesos de integración económico social originados en América Latina. Como siempre, los Tratados de Libre Comercio se probaron primero en América Latina: el 1º de enero de 1994 entra en vigencia el TLC entre Estados Unidos, Canadá y México. El 1º de enero de 2004 se firmó otro entre Chile y Estados Unidos.

En noviembre de 2005, el presidente Bush (hijo) se apersonó a la Cumbre de las Américas en Mar del Plata con el mismo objetivo nodal de la política exterior norteamericana: aprobar la constitución del un Área de libre comercio de las Américas (ALCA), que garantizara la hegemonía norteamericana en todo el continente. El intento fue un fracaso: Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina presentaron una contrapropuesta que dio por tierra con el ALCA. El presidente Hugo Chávez lo resumió gráficamente: al carajo con el ALCA.

Los Estados Unidos no han renunciado al ALCA, y retomaron la táctica de acuerdos país por país: en el año 2006 se firmó un Tratado de Libre Comercio con República Dominicana; en el año 2009 entró en vigencia un Tratado de Libre Comercio con Perú y en 2011 otro con Colombia.

La recorrida de Obama por América Latina y por nuestro país se inserta en este contexto: resulta imperioso para las necesidades actuales de los Estados Unidos profundizar su ya extendida presencia militar y económica. De la misma forma, resulta imperioso debilitar los procesos de integración latinoamericana: el ALBA, el MERCOSUR, la UNASUR, la CELAC pueden ser (y de hecho lo han sido) obstáculos a la expansión norteamericana en término militares y económicos.

Los procesos de integración que los gobiernos nacional-populares han llevado a cabo han sido el principal obstáculo para esa estrategia imperialista norteamericana. Hoy, con un proceso de renacimiento de las derechas en América Latina, la política de expansión basada en la ampliación y apertura de nuevas bases militares, junto con la firma de Tratados de Libre Comercio (y por qué no, retomar el ALCA), ha cobrado nuevo impulso. Todo hace presumir que las actuales autoridades argentinas serán, como mínimo, mucho más permeable a esta política exterior neoimperialista.

Que la visita sea en una fecha tan simbólica para nuestra sociedad como el 24 de marzo es un aditamento que le agrega una  provocación adicional (los Estados Unidos fueron el soporte económico, político y militar de todas las dictaduras latinoamericanas, al menos desde la Segunda Guerra Mundial al presente). Expansión imperialista y violación de los derechos humanos son una misma cosa en la historia latinoamericana. La próxima visita del presidente norteamericano un 24 de marzo servirá, qué duda cabe, para que recordemos esa vinculación nefasta.