Por Gonzalo Martin*

Desde el sábado y durante el transcurso de la semana, la agenda mediática estuvo signada, en un primer momento, por la desaparición y búsqueda de dos jóvenes mendocinas en Ecuador; luego, tras un intenso operativo de las autoridades de dicho país –que incluyó el compromiso en la investigación y esclarecimiento del caso del Jefe de Estado Rafael Correa–, Marina Menegazzo (22) y María José Coni (21) fueron halladas muertas con golpes y heridas en la cara y el cuerpo. El tratamiento, cobertura y difusión del doble crimen de las jóvenes argentinas en el balneario Montañita puso de relieve, una vez más, el rol de las empresas periodísticas a la hora de reproducir esquemas de estigmatización y (re)victimización de las mujeres.

El diario Clarín fue uno de los abanderados a la hora de instalar un discurso que culpó a las víctimas por encarar un viaje junto a amigas por Sudamérica. La operación elegida para desacreditar esa legítima decisión por parte de las jóvenes consistió en presentar el territorio donde ocurrieron los asesinatos como un lugar caracterizado porque “abundan los robos y el fácil acceso a las drogas”. En la nota titulada “Montañita: un pueblo señalado por la noche, la droga y la inseguridad”, lejos de hacer una exploración del territorio como espacio que cristaliza tensiones sociales, Clarín realizó una descripción al solo efecto de reforzar cuán desobedientes, cuán desafiantes fueron las jóvenes al trazar su itinerario de vacaciones. Para ello, el diario ni siquiera se tomó el trabajo de mandar un enviado especial al lugar de los hechos o de recurrir a un corresponsal: las fuentes consultadas fueron TripAdvisor, “un lector de Clarín que vive en Guayaquil”, “portales de viajeros” y “foros de internet”.

En ese punto, La Nación mantuvo una línea de coherencia con la valoración del balneario de la provincia de Santa Elena en tanto destino de moda: “Montañita, uno de los lugares favoritos de los jóvenes argentinos” se titula la nota que destaca “lo económico” y “la movida nocturna”, sin recurrir, llamativamente, a  lugares comunes para comprender las prácticas juveniles en la nocturnidad. En enero de 2012, el mismo medio dedicó un espacio considerable a promocionar lo que calificaron como “la revelación de la temporada”. En esa nota, destacada en la edición impresa, la principal voz consultada era la del “director de la agencia especializada en turismo joven Trip Now”. La lógica comercial y el miedo a perder un anunciante en el suplemento de turismo seguramente hayan sido factores determinantes para hacer una descripción tan distinta.

El diario Clarín fue uno de los abanderados a la hora de instalar un discurso que culpó a las víctimas por encarar un viaje junto a amigas por Sudamérica.

Un recurso que apareció con fuerza en las narrativas mediáticas fue la espectacularización del caso mediante crónicas y textos periodísticos que hicieron hincapié en aspectos sórdidos y en detalles morbosos. En este caso, tanto Clarín como La Nación incluyeron una descripción pormenorizada del morbo, enfatizada en el modo en que fueron hallados los cuerpos y en conjeturas escabrosas sobre las circunstancias en las que sucedieron las muertes. A modo de ejemplo, La Nación –recuperando tuits del ministro del Interior ecuatoriano– mostró “pruebas del asesinato de las jóvenes mendocinas” mediante fotografías de ropa y sábanas manchadas de sangre.

La dramatización y frivolización con que se construyó la información vinculada a estos femicidios fue más notoria en La Nación, que publicó un total de treinta notas entre el domingo y el miércoles, destacó el tema en la portada de su sitio web y creó la etiqueta “crimen de las mendocinas en Ecuador” para agrupar todas las novedades que surgen a medida que avanza la investigación. La extensa cobertura pareció estar más orientada a captar lectores que a difundir criterios sobre violencia de género que brinden herramientas para poner en crisis y desnaturalizar imaginarios sociales y formaciones discursivas muy arraigadas en el sentido común. A tal punto que ayer tituló “El crimen de las mendocinas encendió otra vez el debate por la violencia de género en las redes”, focalizando en “la polémica” más que en las reflexiones de “feministas, escritoras y periodistas” que se transcribían completas en el cuerpo del artículo.

Fue también La Nación el medio que más espacio otorgó a los supuestos victimarios, acompañando las notas con las imágenes de los dos hombres detenidos por ser “los principales sospechosos” del asesinato. La presentación de los acusados remitió a marcas de etnicidad estigmatizadas y se construyó bajo un esquema similar al que se utiliza para elaborar un identikit policial. Así, la cobertura ni siquiera buscó ahondar en los protagonistas, reconstruir cómo fueron los hechos, quiénes eran los actores involucrados y qué lugares ocuparon en la compleja trama del asesinato.

Atropello a la intimidad

Los atropellos a la intimidad de las jóvenes muertas fue un condimento más de una cobertura, distante de cualquier intento por proteger sus identidades y respetar sus opciones de vida. La Nación tituló “El álbum de fotos de las turistas argentinas asesinadas en Ecuador” e hizo públicas las imágenes subidas por María José Coni a su cuenta de Instagram. De esta forma, el diario hizo circular masivamente información privada que ella había compartido en las redes sociales y que formaba parte de su intimidad. En las imágenes, además, quedaron expuestas las otras dos amigas que acompañaron a las difuntas en un pasaje de su travesía por Latinoamérica.

Los atropellos a la intimidad de las jóvenes muertas fue un condimento más de una cobertura distante de cualquier intento por proteger sus identidades y respetar sus opciones de vida.

Otro dato llamativo que arrojó el monitoreo de la prensa gráfica del Observatorio de Jóvenes, Comunicación y Medios es la recurrencia a la hora de adjudicar términos de una connotación que remite a episodios fatalistas, inevitables o determinados por el destino. “Un final trágico para unas largas vacaciones con amigas” es uno de los titulares de Clarín que mejor resume el cinismo de un tratamiento mediático encaprichado en presentar estas muertes como un caso aislado y no como una problemática coyuntural directamente relacionada con una matriz patriarcal que opera social y culturalmente mediante modos de relación dominante, asignando valores, jerarquías, identidades, roles y responsabilidades.

El modo de nombrar es todo un indicador: ninguno de los medios relevados habló de femicidio; justamente cuando se cumplen hoy “nueve meses de la multitudinaria convocatoria #NiUnaMenos deberíamos haber aprendido a llamar a las cosas por su nombre”, recordó la periodista y editora de Cosecha Roja, Leila Mesyngier, en el artículo “Qué va a ser de tí lejos de casa”. Junto a la columna “La culpa de las víctimas” de Mariana Carbajal en Página/12 y las dos notas publicadas ayer en Contexto por investigadores de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social, constituyen un corpus con un denominador en común: todas reflexionan sobre el doble crimen con perspectiva de género configurando un verdadero oasis en la ciénaga mediática donde las malas prácticas periodísticas motorizan la perpetuación de la violencia machista. Esta dinámica viciosa es uno de los factores cruciales para entender las múltiples formas en que se manifiesta la violencia contra las mujeres, y en particular la violencia simbólica, tipificada en la Ley Nº 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres.

La violencia mediática es una modalidad de violencia simbólica y refiere a: “aquella publicación o difusión de mensajes e imágenes estereotipados a través de cualquier medio masivo de comunicación, que de manera directa o indirecta promueva la explotación de mujeres o sus imágenes, injurie, difame, discrimine, deshonre, humille o atente contra la dignidad de las mujeres, como así también la utilización de mujeres, adolescentes y niñas en mensajes e imágenes pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o generadores de violencia contra las mujeres” (Art. 6°, inc. e de la Ley Nº 26.485). Desconocer el rol fundamental de los medios de comunicación en estos procesos de construcción y disputa por el sentido es una enorme barrera que debemos superar si estamos dispuestos como sociedad a alcanzar la equidad de género y construir relaciones sociales con igualdad de derechos y oportunidades.

Desde que se ha reconocido la dimensión simbólica y la expresión mediática como formas de violencia de género, hubo conquistas y avances, y sería injusto no mencionar el papel de los especialistas, legisladores/as, organizaciones sociales y de derechos humanos, todos actores que contaron con el apoyo de los gobiernos kirchneristas para la promoción de una conciencia social sobre la temática. Este enorme colectivo ha pensado, discutido y ejecutado acciones en pos de un tratamiento igualitario que escape a los estereotipos de género. No obstante, problemáticas como las aquí abordadas muestran lo difícil que es el camino para la remoción de las estructuras del patriarcado.

Nuestro desafío como comunicadores/as es visibilizar estas violencias desde una perspectiva de derechos que, a su vez, está imbricada con la asunción de un compromiso teórico-político y un reconocimiento del tiempo histórico desde el cual nos enunciamos situadamente. Para avanzar en un desmontaje crítico de los dispositivos, discursos y mecanismos que naturalizan la violencia hacia las mujeres, un buen comienzo es tener a disposición para su consulta alguno de los numerosos materiales sobre buenas prácticas periodísticas producidos por organismos como la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual o el INADI, y aquellos protocolos o decálogos sistematizados por redes de periodistas y/o comunicadores, como el caso de REDPAR (Periodistas de Argentina en Red por una comunicación no sexista).

Pero la práctica periodística cotidiana puede ser un ejercicio de aprendizaje enriquecedor, tal como demostró la experiencia de Infojus Noticias, la agencia creada por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación –en marzo de 2013– y cuyo archivo de miles de notas (el 83%) fue eliminado manualmente por los censores macristas. De esa producción periodística desde una perspectiva de derechos quedaron muchas enseñanzas que no podrán ser borradas. Una de ellas fue plasmadas en un capítulo del libro Delitos y medios masivos de comunicación: aportes para la reflexión acerca de los discursos sobre violencia y criminalidad (Infojus, 2015), donde parte del equipo periodístico de este medio público planteó: “Las violencias nos obligan diariamente a pensar qué herramientas disponemos para dar cuenta de la complejidad de la trama pero también de la singularidad de cada historia. El desafío es encontrar la forma de contar los contextos en los que se insertan los casos y, sobre todo, darle un lugar a la víctima, que no sea estigmatizante y que reconozca sus derechos”.


* Investigador del Observatorio de Jóvenes, Comunicación y Medios.