Por Guillermo A. Clarke*

Bicentenarios, centenarios y todo aniversario de número redondo tienen la particularidad de provocar en la forma de organizar el tiempo histórico algún tipo de hito. Estos aniversarios terminados en cero se convierten por sí mismos en momentos históricos, ya que traen el pasado al presente y lo modifican, a la vez que ese pasado es modificado por las reinterpretaciones propias de ese presente.

Como ejemplos impactantes tenemos el Centenario y Bicentenario de la Revolución de Mayo en contextos antitéticos, y no por su distancia temporal, sino por las fuerzas que componían el poder estatal en cada caso. El año Sanmartiniano establecido por el Gobierno del General Perón en 1950 forjó una imagen del Libertador renovada, latinoamericanista y humanista, no sin tensión con otras interpretaciones, como la de la Iglesia Católica, inquieta por recibir las miles de imágenes de “un masón” que el Gobierno peronista le imponía en todos sus establecimientos.

Las tensiones en torno a las diferentes miradas del pasado se exacerban en los aniversarios redondos, que implican actos oficiales, pronunciamientos, adhesiones, notas periodísticas, menciones inevitables y disputas simbólicas.

El año 2016 se presenta rico en días de celebración del pasado, por la cantidad de fechas significativas que cumplen este tipo de aniversarios, pero también por el contexto presente en que transcurrirán.

El 24 de febrero se cumplen los setenta años del primer triunfo electoral del peronismo, que llevó a Juan Domingo Perón a su primera presidencia. Comienzo del hecho maldito e incorregible o de la patria del subsuelo sublevado. Serán hoy probablemente los recientes hacedores de un monumento al General los que encuentren en su figura virtudes insospechadas para los de su clase, y acelerará la disputa entre los diferentes peronismos por su mejor interpretación.

Exactamente un mes después, el 24 de marzo se cumplirán los cuarenta años del golpe cívico-militar de 1976, fecha sobre la cual parecía, para los observadores más superficiales, que un amplio consenso de la sociedad argentina hallaba el símbolo del Nunca Más, el de la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia, los derechos humanos y sus luchadores. Treinta años de democracia fueron construyendo el sentido de ese emblema imposible de archivar en el pasado por su profundidad traumática en el tejido social, los juicios, la impunidad, las Madres, Abuelas, hijos y nietos. Estado y sociedad fueron articulando interpretaciones y avanzando desde el algo habrán hecho y los dos demonios a conceptos como terrorismo de Estado y genocidio. El 24 de marzo fue instituido oficialmente como día de la Memoria, la Verdad y la Justicia, y a partir de 2003 se constituyó en el eje de la reparación ética de la Argentina a través de una arrolladora batería de gestos y políticas públicas. Subterráneamente, “otras memorias”  persistieron y encontraron el momento oportuno  para volver a la superficie con el retorno de la derecha al gobierno, ahora a través de las urnas. Editoriales de La Nación, declaraciones relativizadoras del genocidio por parte de funcionarios, desmantelamiento de las políticas de Memoria y Derechos Humanos, prefiguran un 24 marzo donde cada uno de los actores se posicionará genealógicamente respecto a los actores del pasado. Está visto que quienes gobiernan no son proclives a profundos debates históricos y mucho menos teóricos, pero esa carencia está harto compensada por su enorme capacidad para la simplificación y la comunicación de ideas, sólo en apariencia vacías de contenido.

En la misma línea se debatirá por acción u omisión cuando en septiembre se cumplan los cuarenta años de La Noche de los Lápices, fecha genuinamente apropiada por nuestras juventudes pero atrapada entre el relato de las víctimas inocentes del alfonsinismo o de los jóvenes militantes de un proyecto bastante más vasto que un boleto. Este 40° aniversario llegará en momentos de demonización de la militancia juvenil, incluida su segregación para trabajar en el Estado.

Tenemos también para celebrar un Centenario: el del triunfo de Hipolito Yrigoyen como primer presidente elegido por el voto popular, poniendo en riesgo el control político del Estado ejercido hasta ese momento por la oligarquía. Dilema para la actual dirigencia de la UCR, no sólo congratulada por el reemplazo de Yrigoyen por una ballena Austral en los billetes argentinos, sino también por formar parte del Gobierno de Mauricio Macri; encarnación de la más espectacular restauración oligárquica de los últimos tiempos. La victoria yrigoyenista se produjo un 2 de abril; tal vez por cumplirse cien años pueda emerger de la nieve de Malvinas y del agua de la ciudad de La Plata.

El peronismo y el antiperonismo también tendrán su día, los primeros para homenajear y recordar a los fusilados del 9 junio de 1956, ya que se cumplen sesenta años de la masacre que Rodolfo Walsh rescatara del olvido oficial; los segundos podrán seguir procurando borrar esos hechos de la historia o tal vez encuentren en este tiempo la posibilidad reivindicativa

La más ineludible por su significación histórica será sin duda la del 9 de julio: el Bicentenario de Independencia Argentina. También por su distancia temporal será territorio de historiadores profesionales, y, por su relevancia, abundante en discursos y celebraciones oficiales.

Los alumnos de la escuela secundaria suelen confundir la fecha de la independencia y tienden a responder que sucedió el 25 de mayo de 1810. Los errores masivos respecto a la historia no deben soslayarse o sólo corregirse. Deben ser interpretados. Los aniversarios convertidos en “fechas patrias” y ritualizados en el sistema educativo conspiran contra la necesidad de entender los procesos históricos como tales, en este caso, el complejo proceso de la Independencia argentina.

El Gobierno actual deberá encarar festejos, aun con los ecos de la Fiesta del Bicentenario de 2010, en la que el Gobierno de Cristina Kirchner puso en juego en un escenario descomunal una mirada del pasado que arrasó definitivamente con los paraguas del cabildo y alegres esclavitos vendedores de pasteles. Una concepción dinámica de la historia puso en la saga del Bicentenario de la Revolución a Latinoamérica, a los pueblos originarios, a los caudillos, a las mujeres, a las luchas populares, la industria nacional, las Madres de Plaza de Mayo, los Héroes de Malvinas y el pueblo en la calle.

No existe hoy un solo motivo para suponer que algo similar podría ser propiciado por las autoridades actuales para celebrar el Bicentenario de la Independencia el 9 de julio de 2016.

Nos corresponderá a quienes nos oponemos a la restauración neoliberal del presente discutir también los alcances de la Independencia de 1816, adentrarnos en las razones de los titubeos que entre 1810 y la Declaración dilataron la decisión por fin tomada;  comprender los motivos de las provincias ausentes en el Congreso de Tucumán, revisar la Constitución unitaria y cuasi monárquica que ese Congreso produjo; atender las claudicaciones respecto del ideario de Mayo. También tendremos que repensar el concepto de independencia en el contexto mundial de la primera revolución industrial y el colonialismo británico en mutación hacia un agresivo imperialismo. Y al igual que en 2010, con el pueblo en la calle.

Es por eso necesario que desde la sociedad, las Universidades, las organizaciones políticas, los medios de comunicación, participemos activamente, de los combates en los territorios del pasado que ineludiblemente se nos presentarán durante este desafiante año. Porque es allí precisamente donde sin máscaras ni asesores de imagen se disputarán los proyectos de nación y los destinos de la patria.


* Docente UNLP. Ex director del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires.