Por Carlos Ciappina

Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.

No hay proa que taje una nube de ideas.

José Martí

El 24 de marzo del año 2004, a menos de un año de su asunción, con un país todavía tambaleante por la crisis ¿cuasi orgánica? del año 2001, el presidente Néstor Kirchner se dirigió al Colegio Militar y le ordenó al por entonces comandante del Ejército que descolgara los cuadros de los dictadores Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone. En su discurso de ese día, entre otras muchas cosas, el presidente señaló: “Nunca más tiene que volver a subvertirse el orden institucional en la Argentina. Es el pueblo argentino, por el voto y la decisión de él mismo, quien decide el destino de la Argentina. Definitivamente terminar con las mentes iluminadas y los salvadores mesiánicos, que sólo traen dolor y sangre a los argentinos”.

Para nosotros, una generación que hizo la primaria bajo la dictadura de Onganía, la secundaria y parte de la Universidad bajo la dictadura de Videla, que vivimos el retroceso de las leyes de obediencia debida, punto final y los indultos; la bajada de los cuadros por una orden de un presidente civil constituyó un símbolo inequívoco de que algo se iba a modificar profundamente de allí en más, no sólo con respecto al juzgamiento de los genocidas y represores: Verdad, Memoria y Justicia eran las condiciones que hacían posible llevar adelante la transformación del patrón societal neoliberal en la Argentina hacia un proyecto inclusivo, democrático y nacional.

Para decirlo en pocas palabras, bajar los cuadros de los dictadores simbolizó y preanunció lo que siguió: un amplio programa nacional, popular, democrático y latinoamericanista que incluía el respeto irrestricto a los derechos humanos, la recuperación de hijos y nietos, los juicios a los represores, pero también la modificación de las pautas de la economía neoliberal, la ampliación del empleo, el crecimiento de una industria nacional, los derechos sociales de carácter universal, la profundización de la integración latinoamericana con el NO al ALCA en 2005, la creación de la UNASUR, el apoyo a la CELAC, la consolidación del MERCOSUR y el apoyo al ALBA, y toda una serie de iniciativas en conjunto con las organizaciones sociales y diferentes organizaciones políticas.

Ayer, 1° de febrero de 2016 , el Gobierno nacional ordenó descolgar del Salón de los patriotas latinoamericanos los retratos de Néstor Kirchner y de Hugo Chávez.

Néstor Kirchner y Hugo Chávez representan por sobre todo la democracia de verdad y no la república formal y vacía: ambos se sometieron al voto popular, muchas veces triunfaron y otras no; pero volvieron a batallar desde sus profundas convicciones democráticas.

Si logramos despojarnos por un momento de la sensación de enojo y rabia que tal proceder nos genera, y analizamos el mensaje que nos envía el Gobierno nacional; veremos que hay una muy estudiada línea de símbolos que se han encargado de intentar suprimir: la luchadora Milagro Sala, símbolo de la capacidad de organización y de la vocación de superación de un pueblo diezmado y esquilmado por las aristocracias provinciales. Milagros, mujer, india, pobre. Su confinamiento como detenida política es un claro mensaje a todos/as los/as que luchan por y para los otros. La supresión ilegal de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual es otro claro mensaje: debe existir un solo discurso, una sola voz, una sola idea, la de los oligopolios mediáticos. Víctor Hugo Morales, defensor de las políticas antiliberales en Argentina y en América Latina, fue echado (junto a todo su equipo) de uno de los segmentos de radio de mayor audiencia del país sin motivo aparente: salvo que llamaba mafia a la mafia. En la primera reunión del MERCOSUR a la que asistió, el actual presidente argentino pidió por la “pronta liberación de los presos políticos de Venezuela”. Otro símbolo claro: la democracia venezolana será para el Gobierno PRO-UCR una “dictadura”, y los responsables de decenas de muertos en las calles de Venezuela, “presos políticos”. Finalmente, la concurrencia a Davos (la cumbre neoliberal del poder transnacional) y la ausencia en la CELAC completan la simbología de estos primeros cincuenta días de gobierno.

En esta muy estudiada y planificada cadena de intentos de destrucción simbólica debe incluirse esta nueva y terrible decisión: ¿qué representan Néstor Kirchner y Hugo Chávez? ¿Por qué hay que bajarlos? ¿Qué nos anuncia este nuevo golpe de efecto?

Néstor Kirchner y Hugo Chávez representan por sobre todo la democracia de verdad y no la república formal y vacía: ambos se sometieron al voto popular, muchas veces triunfaron y otras no, pero volvieron a batallar desde sus profundas convicciones democráticas. Desde diferentes orígenes y situaciones previas, ambos promovieron procesos político-sociales que se basaron en la búsqueda de la soberanía política y económica y la justicia social en el marco de la salida de la larga noche neoliberal. Esta política interna tenía un correlato externo: Néstor Kirchner y Hugo Chávez se enfrentaron al proyecto imperialista (junto a otros líderes como Lula Da Silva, Evo Morales y Rafael Correa) del ALCA, que intentaba (y todavía intenta) ocupar todo el espacio de América Latina, ambos se enfrentaron abiertamente al Fondo Monetario Internacional y sus políticas abusivas, recesivas y corruptas, y ambos fueron convencidos luchadores por la unidad e integración latinoamericana.

La decisión de retirarlos de las paredes de la Casa Rosada evidencia, una vez más en estas semanas iniciales de gobierno macrista, lo porvenir: en vez de mayor soberanía política y económica, acuerdo con los buitres, acuerdo con el FMI y alineamiento automático con la política exterior de los Estados Unidos; a la política de unión e integración latinoamericana, aislamiento de la Argentina de los países y organizaciones latinoamericanas; y a las políticas económico-sociales inclusivas y de derechos universales, programa económico de devaluación, reducción del valor real del salario, expulsión de personal en el Estado, descontrol de precios a favor de las empresas monopólicas y regresión tarifaria.

Vale la pena recordar quiénes comparten el salón de los patriotas latinoamericanos con Néstor Kirchner y Hugo Chávez. Allí están representados/as los/as emancipadores/as de América Latina: Juan Domingo Perón, Eva Duarte de Perón, José de San Martín, Manuel Belgrano, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen, Mariano Moreno, Juan José Castelli, Ernesto Guevara, Simón Bolívar, Francisco de Miranda, Antonio José de Sucre, Joaquim José da Silva Xavier, Getúlio Vargas, Túpac Catari, Bartolina Sisa, Pedro Domingo Murillo, José Martí, José María Morelos, Benito Juárez, Emiliano Zapata, Pancho Villa, Lázaro Cárdenas, José Gervasio Artigas, Francisco Solano López, Óscar Arnulfo Romero, Agustín Farabundo Martí, Augusto César Sandino, Juan José Arévalo Bermejo, Jacobo Arbenz Guzmán, Francisco Morazán, Bernardo O’Higgins, Salvador Allende, Antonio Nariño, Eloy Alfaro, Eugenio Espejo, Manuela Sáenz, Túpac Amaru II, Víctor Raúl Haya de la Torre, Alexandre Pétion, Omar Torrijos, Juan Rafael Mora Porras.

¿Los retirarán a todos? ¿Quemarán sus imágenes? ¿Enterraran sus cuadros? ¿Los desaparecerán?

Cada una y cada uno de ellos sufrieron asesinatos, persecusiones, exilios, desaparición, prohibición de sus nombres o imágenes en cada uno de nuestros países. Siempre hubo alguien que, desde las élites terratenientes o financieras, desde las corporaciones militares o eclesiásticas, en fin, desde el poder real oligárquico de nuestra América, pensó que se los podía “descolgar”. Siempre fracasaron, por la muy sencilla razón de que hay símbolos que no pueden descolgarse del alma de los pueblos.