Por Facundo Basualdo

Un hombre con saco largo y viejo, con el cuello levantado, se le paró al lado, mientras Ismael hacía la fila para subir al tren y respondía un mail en su celular.

-Tengo horas de sueño –susurró sin mirarlo–, por cinco te hago precio. Ismael dudó. Otras veces –cansado, casi extenuado– había comprado horas para dormir. Esta vez, como siempre, aparecían entre días cargados: eran una tentación. Dudaba porque ese mes no le habían cerrado bien los números y todavía faltaban diez días para cobrar. Puso el punto final en el mail y apretó enviar.

-¿En cuánto están las cinco?

-200.

Ismael pensó pros y contras. Los párpados ya le pesaban demasiado, le haría bien apagar las pantallas una hora más por día, tal vez aliviaría esa contractura en el cuello que lo tenía mal acostumbrado y efectivamente estaban a mitad de precio.

Pero también tenía muchas cosas que hacer: el trabajo nuevo en la redacción y todo lo que implicaba hasta acomodarse (rutinas, compañeros, temas nuevos), tenía que terminar el informe anual de la oficina, la reunión semanal del Centro de estudios (tenía que leer artículos) y otras reuniones menores, la novela que siempre hacía esperar, mirar la película para la crítica del viernes, terapia con la psicóloga, la agenda que le hacía notar que le quedaba algo por hacer para sumar al día siguiente.

-¿Las querés o no? –apuró el hombre mirándolo por primera vez a los ojos.

Ismael alcanzó a verle las ojeras negras, el bigote que le tapaba la boca, la barba que le inundaba la cara. Ya le había comprado horas para dormir antes. Alguna vez quiso preguntarle de dónde las sacaba, cómo era el mercado de fondo, pero tenía otras preocupaciones que resolver.

Sin pensar en las tareas pendientes, sacó la billetera, manoteó los únicos dos billetes de cien que le quedaban y se los dio. El hombre sacó del bolsillo del saco su mano derecha con un frasco.

-Son buenas –le dijo, esta vez con la mirada atenta a la seguridad de la Estación-. Por cualquier cosa, a esta hora día por medio estoy acá o en la terminal.

Fueron todas sus palabras y se perdió entre la gente que entraba y salía, apurada, chocándose entre sí, sin perder tiempo y con la mirada clavada en sus celulares o tablets. “¿Cuántos clientes de este tipo habrá acá adentro?”, se preguntó en voz baja Ismael.

Atrás del hombre salió uno de los agentes de seguridad. Ismael lo vio y justo cuando empezó a sentir el vértigo de que quizá lo habían visto a él también, la fila empezó a avanzar.

Al llegar a la mujer que marcaba el boleto, dos hombres se le pusieron a cada lado. Uno, apoyándole su mano izquierda en la espalda, dijo:

-Le vamos a pedir que nos acompañe.

Estos tipos tampoco lo miraron. Tenían anteojos negros. Ismael pensó en correr, pero no tuvo reflejos para escapar rápido. Tardó en resolver la situación en su cabeza y se dejó llevar sin decir nada en los primeros pasos.

-¿Puedo saber qué pasa? –al fin preguntó.

El hombre que le apoyaba la mano en la espalda giró su cabeza en dirección a la suya y no dijo nada. Ismael entendió que debía callarse y se calló. Sintió el peso de los párpados, los brazos, las piernas, el cuerpo dolorido, el cansancio propio de cada mañana. Lo llevaron hasta un cuarto desconocido: estaba vacío. Tenía dos ventanales altos y antiguos, abiertos de par en par y sin cortinas que frenaran la luz del sol que lo encandiló.

-Deme ese frasco –dijo el más petiso de los dos, que no había dicho nada. Ismael titubeó. Quiso decir algo rápido, las palabras se le enredaron y el otro le metió la mano en su campera para sacarle el frasco.

-Ahora sí, subite al tren. La próxima no subís más: las horas de sueño no se compran –remató.

Salió de ese cuarto con miedo y corrió hasta el tren. Cuando encontró butaca libre, sacó su computadora de la mochila y continuó con el informe anual. La compra frustrada le había hecho perder tiempo y le quedaban muchas cosas para hacer. Prometió que no volvería a caer en la tentación de querer más de sus cuatro horas para dormir. “Por algo son ilegales”, concluyó.