Por Estefanía Olazabal

Estás acostado en una camilla cubierta con ropa blanca. Recuerdo que mi mamá planchaba las sábanas. ¿Para qué? Con Priscila saltábamos arriba de ellas y a las dos horas estaban arrugadas de nuevo. Eso la hacía enojar mucho. Perdía la paciencia muy fácilmente.

Miro a tu mamá y está muy tranquila. No sé cómo hace. Le acaban de regalar un rosario, en realidad, varios. Los tiene todos en las manos, apretándolos. Confía en que vas a volver y le vas a gritar “¡mamá!”, como lo hacés siempre que necesitás algo. Pero ahora te tocará hacerlo con las enfermeras, si es que tenés pensado despertar.

En cuanto a eso, me gustó cuando anoche -sólo esas dos horas que pudiste soñar- flashaste que eras la aleta de un avión. Nunca se me hubiera ocurrido. Siempre sueño que soy yo y juego en el parque con Prisci y con Azu. Las extraño, como tu hermano te extraña a vos. Se culpa por no haber estado ahí cuando pasó todo. Pero una amiga le acaricia el hombro, le agarra la nuca y, acercando su boca al oído, le susurra: “No podrías haber hecho nada, Marian. Pensá que cuando se despierte te va a empezar a pedir cosas, viste como es. Mejor que duerma un rato, ¿no?”. Y después de un instante largan una risa que intenta ser liberadora.

Capaz vos me ayudes con mi amiga. Lo que pasa -me pasa- es que gusto de ella. A veces me olvido que soy niño y saco charlas de adultos, pero es que ¡es tan inteligente! Antes de venirse acá le dio a la mamá la idea de que monte una biblioteca ambulante para que todos los chicos del hospital puedan leer historias. ¿Quién hace eso? Solamente Pilar. Si la conocieras, te enamorarías de toque. Tiene rulos. Sé que a vos te gustan porque de a ratos también soñás con rulientas, aunque tu novia tenga el pelo lacio. Así y todo es linda, hasta con sus ojos cansados. Si no te despertás sos un zapallo, porque ella es un amor.

Entonces, ¿me vas a ayudar? Este es un gran parque adonde puedo invitarla. Hay mucho pasto, árboles y flores. De vez en cuando corto algunas para dárselas a mami cuando la vea -una vez se olvidó de hamacarme por ir a oler una flor-. Algún día te la voy a presentar, aunque quizás te la cruces antes, cuando vuelvas a andar por las calles. La reconocerías sin problemas porque dice mi nombre todo el tiempo: “Kevin, petiso”. Y acto seguido charlamos. Nunca sé si ella me escucha, creo que sí.

Noto que sonreís y conozco el motivo. Sí, soy y me dicen “Petiso”. Eso no es bueno, sobre todo porque Pili ya me pasa y tenemos la misma edad. Otra cosa: tengo la cicatriz de la bala en la cabeza. Acá me dicen “Harry Potter”. Vos sí que tenés suerte de que la bala te pegó en el hígado. Así tenés más chances de causar amor a primera vista. Lo que sí, cortate la barba, tus pelos son muy negros.

—¡Kevin!

—Estoy charlando con Rafa.

—Hola, Rafa.

—Rafa, Pilar. Pilar, Rafa.

—¿Otra vez con un baleado?

—Este me cae bien.

—¿Se va a despertar?

—¿Vos que creés?

—Que tiene mucho pelo.

—Sí, ya le dije.

—Tiene un montón de amigos. Están todos en la sala. Marga como que ya los quiere echar.

—Marga se echaría a ella misma de su vida, si pudiera. Qué bueno que nos tenemos el uno al otro.

—Sos mi primer mejor amigo.

—Vos sos mi primer mejor amor.

***

—Marian, tres cosas: comprame el DVD del Indio, sacá las entradas para ir a ver a Viejas Locas y, cuando me den el alta, cortame este pelo y esta barba.

—Chau, Rafa.

—Gracias, Petiso.


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