Por Gisele Ferreyra

Odio a la gente. No soporto las mezquindades de mi padre, los avatares de mi madre y el Parkinson de mi abuela, que más que compasión me genera impaciencia y bronca. Necesito estar sola. Sola con mis amarguras, problemas y soledades.  Estoy segura que este sentimiento creará en lo más profundo de mi ser un remordimiento incurable más adelante. Pero hoy no es el caso.

Me levanté peor que nunca. A la desazón de mi vida se le suma un estallido en mi garganta que parece que pronto saldrá como llamaradas de mi boca. No hay miel en casa. Claro, nunca encuentro lo que necesito en ella. Me visto y esquivando miradas, prácticamente corro hacia el supermercado chino.

Cuando el humor es hostil hasta para uno mismo, no quiere entablar siquiera un saludo con alguien más. Todos mis vecinos estaban allí, como si fuera una reunión de consorcio. Con mi mejor cara los saludo muy amablemente y por dentro pienso en lo hipócritas que son. Todos se odian entre ellos, me odian, los odio. Es una erupción de falsedad. El día que no sea necesario tratar de fingir buena vida y buenos modales, por fin, seremos libres.

Superados todos estos obstáculos me dirijo hacia la góndola de la miel, tomo una y me sumo a la cola de farsantes que avanza, para variar, muy lentamente. A lo lejos veo en la caja, entre miles de productos sinsentido, los caramelos de menta y chocolate. A lo mejor el chocolate no es curativo, pero la menta me relaja la garganta. No tengo mucha plata, pero le haré el favor a “la china” y esta vez seré yo la que le diga que me de todo el vuelto en caramelos.

Falta una persona para mi turno, pero me acerco y tomo el copón de vidrio donde están los tan ricos caramelos. Meto la mano y revuelvo, su papel metálico se estruja y ese pequeño ruido es la música que siempre quisiera escuchar. De repente, como si fuese un sueño sin razón o un hechizo mágico, ya no me encuentro en el supermercado, pero tengo tres caramelos de menta y chocolate en mi mano. Estoy acostada boca abajo, sobre la falda gorda y acolchonada de alguien. Mis piernas y mis brazos se achicaron. En realidad, creo que todo mi cuerpo redujo su tamaño al de una niña pequeña. Estoy realmente desorientada. Tengo miedo. ¿Qué pasó? ¿Enloquecí? Siempre creí estar al borde de la demencia, pero no pensé que llegaría tan rápido a pasar esa línea. Estoy angustiada, necesito que mi madre venga a rescatarme, quiero su abrazo, ese que a ella la hace olvidar de sus altibajos y solo demuestra interés en mí.

Miro a mi alrededor, tanto como me permite la posición en que me encuentro. Estoy en casa. Grito y mi voz sale suave y aguda. Soy definitivamente una nena. ¿Por qué no viene mi mamá a buscarme? ¿Por qué no me oye? Mis gritos se funden en una atmósfera densa y se diluyen en el aire.

De repente siento dedos sobre mi pequeña espalda, como si alguien estuviera tocando un piano sobre mis vértebras. Yo aprieto fuerte los caramelos de menta y chocolate, pero esta vez el sonido del papel metálico no me gusta. Quien me esté tocando, empezó a cantar. Lo oí detenidamente, siempre boca abajo sobre su falda. Es mi abuelo que me canta un tango y juega a tocar el piano sobre mí. Recuerdo inmediatamente: jugábamos al pianista todas las tardes.

Termina de cantar y me bajo de su falda. Ahora yo no quería volver al supermercado. Mi abuelo es con el único que encuentro calma y es la persona más transparente que conocí, el único ser con agallas para decir y hacer lo que siente. El único ser libre. Me agarró fuerte mis manos y me dijo: “no le cuentes a nadie que te di caramelos, guardalos y comelos cuando te vas a acostar.” Con un simple movimiento de cabeza asentí. Me alzó y abrazó fuerte como, creo, nunca lo había hecho. “Ahora andá”, me dijo.

Escucho una voz, cada vez más fuerte. Me pedía que pague. Yo tenía los ojos cerrados, los abrí y vi a “la china” muy enojada e impaciente. Saqué la mano del copón y volví a ser adulta. Pagué, pero no sin pedir el vuelto en caramelos.


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