944051_10156492987000106_9169908263015585844_nPor Matías Kraber (desde Amazonas)

Todo empieza en Manaus: el pulmón del Amazonas aquí en esta ciudad gigante del calor más húmedo del planeta. 35 grados todo el año. Ciudad pegajosa donde el aire acondicionado es un bien básico que hasta te lo pueden prestar y se venden como golosinas. Una ciudad que se constituyó por el 1900 en la capital de la Amazonia y del caucho, al mismo tiempo que desembarcaban capitales trasnacionales para hacer sus inversiones en un lugar que tendría oro negro de gomería para rato. Borracharia, que le llaman en portugués donde está la industria del caucho en cualquier escala. Manaus luce tercermundista y colonial. Calles agrietadas con edificios tipo conventillos derruidos como una Boca de mal agüero y palacios hermosos que muestran la aristocracia más pujante de Brasil y años dorados como el Teatro Amazonas, el Palacio Río Negro o el Mercado de este sitio, que fue considerado como una de las economías más pujantes de América Latina por encima de La Paz y San Salvador: o sea, de dos capitales de dos países.

Camino por Manaus en busca de un boleto en barco que me lleve hasta la frontera del Amazonas entre el país verde amarelo y La tierrita Colombiana. Lo consigo un jueves a la tarde para el día siguiente en puestitos de venta que están en la ribera del río Solimões: ahí donde está el punto máximo del tránsito y el bullicio de la ciudad.

Tripulante a bordo 

Esta crónica estará apretada por el calor de una hamaca que suda con 320 brasileños, y yo a bordo: el único extranjero y argentino, aunque viajan conmigo un peruano de Iquitos y una mujer colombiana de Leticia llamada Marcela pero hace tiempo que viven en Manaus entonces se camuflan entre ellos sin problemas. Leonardo, el peruano, cayó a trabajar la albañilería porque tenía datos de buenas pagas, y Marcela también se mudó de Leticia a ésta ciudad brasileña empujada por su marido también albañil y sobre todo “especialista en suelos”, me cuenta la doña mientras iremos en el barco y hasta divisaremos parte de un muellecito de piedras hecho por su marido casi llegando a Tabatinga.

Así que aquí voy falando portuñol como puedo, siempre atento a las palabras, radares prendidos, impaciencia al galope en un barco que se desplaza como un tortugón blanco por uno de los Ríos más importantes del mundo: el Río Amazonas.

***

Los brasileños le tiran basura a su río. Yo me quedo petrificado y una señora me dice “pra os peixes”, como justificando el desparpajo de los tripulantes que arriman los tupper a las barandas y los volean al agua color chocolate. “Zas”, se oye y los peces que se transformarán en perros –parece– para masticar huesos de poyo o comer arroz como buenos descendientes de chinos. La verdad que no sé. A mí el Amazonas me suena a lugar sagrado y ante estos gestos me da la sensación que el agua se vuelve más chocolate, pero un chocolate del pantano donde los troncos de árboles caídos parecen el lomo de un caimán a punto de salir a la superficie a morderle las manos o los tuppers.

Somos más de 320 en el barco M. Monteiro que se dirige de Manaus a Tabatinga en un viaje de seis días. Esta casa marina flotante que va saturada con más pasajes vendidos que su propia capacidad. Pero nos amontonamos como un campamento gitano, hamacas pegadas y cruzadas e incluso algunos que llegan a dormir en el piso o en la parte inferior del barco donde se almacenan los depósitos más grandes de comida y mercadería que va hacia otros destinos con el perfume de la cebolla bien metido en las fosas nasales. Tres pisos saturados de gente con las suites –que son unas diez– completas de turistas con un nivel adquisitivo mayor: balcón al río, baño privado, aire y cocina sin filas por 1.300 reales contra 300. Ahí va el M. Monteiro a quince kilómetros por hora promedio por el agua y va cortando la corriente en contra como con navajas que forman un pequeño oleaje que siempre me detengo a observar para seguir entrenando la nada y la paciencia. Me gusta ver cómo avanza el barco mientras el ruido del motor ruge con un resfrío de antaño en el atardecer amazónico.

Mis primeros dos días tengo la hamaca ubicada en la mitad del segundo piso y para pasar debo hacer proezas maradoneanas: esquivar dos señoras de pelo blanco que acostadas y todo viven peinándose mientras se miran en unos pequeños espejos que le devuelven su rostro más luminoso. Dos señoras devotas del culto evangélico que todos los días a las siete en punto de la tarde tiene inicio en el salón de oração del barco con aire acondicionado para los fieles.

Otra chica con sus dos nenas viaja sola con las chiquitas, que le pegan un baile tremendo. Ella nos sonríe como pidiendo misericordia y después resopla gritando: Mirella, Patricia. Ella es Roxana, tiene veinticinco, pero me dice que cuando cumplió los veinticinco se largó a llorar por sentirse mayor. “Pero sos joven”, arremeto y me responde que no, “con dois crianças uma se siente maior”. Ella me cuenta que va y viene entre Tonantis –este pueblo amazónico que llegaremos de mañana tipo 10 am– y Manaus. Que este trayecto lo hace muchas veces al año y que si por ella fuera se quedaría con sua Má en el pueblo y no en el calor pegajoso de Manaus donde vive su marido. “A veces marido y otras no tanto”, me dice y quedan todos los temas cerrados. El ancla de la conversación digamos que se lanzó acá. ​​

Otra mulher de Manaus llamada Gessica que estudia arquitectura y se dirige al primer punto de parada en el río: Fonte Boa, su pueblo, donde espera sorprender a su madre y hermanita con su llegada silenciosa para Navidad. Después de ellas está mi hamaca, entre otras dos a los costados, que me obligan a dormir derechito. Difícil dormir erguido como un vegetal. Un pequeño ventilador gira y ayuda a amainar el calor del segundo piso estando lejos de las barandas.

Son dos días así. La rutina en el barco se define por las comidas: de 7 a 8 am el desayuno, que es un café con leche más un pan de pancho al medio con manteca o un salteado de tomate con salchichas. Después la gente lavándose los dientes, volviendo a sus hamacas a reposar otro ratito o directamente sentarse cerca de las barandas a mirar el río hasta las 10.30 que se empieza a bajar al primer piso donde está el comedor y se van formando las filas infinitas para el almuerzo que comenzará, con suerte, a las 11. Uno espera en fila india, hasta que logra ingresar al comedor, agarra su plato hondo y se sirve fideo y arroz como ley obligada, a veces feijoada o ensalada rusa; y la cocinera del barco con su barbijo y guantes sirve porciones de pollo o carne, según el día. Un vaso de agua helada o jugo de maracuyá y a sentarse mientras otros cientos van esperando su turno afuera. Como y sigo a la siesta. Es la peor hora, de un calor del infierno donde hay que ser ingenioso para amortiguar ese lapso de tiempo donde uno se maldice por haber comprado un pasaje en barco por el Amazonas. Hasta las 17.30 se aguanta como se puede. Auriculares y música en la hamaca mientras sudas como subiendo una montaña en el calor de Bolivia.

A partir de este horario se repite la fila India para la cena y ya después de la cena todo se vuelve más agradable. Corre un viento que refresca, llega el atardecer naranja y poderoso del Amazonas mientras aprecias el paisaje de casas en medio de la selva, algunas canoas con su motor prendido y algunas cañas de pescar, lugareños que levantan la mano saludando mientras están en el umbral de sus casas con sus hijos, todos con botas, siempre cerca de sus canoas y alguna linterna para marcar su camino y su presencia a los barcos que pasan.

Jotaí y la parada eterna 

Jotaí 2.30 pm. 21 de diciembre. Llegamos después de una lluvia torrencial en el Amazonas que para mí fue un tesoro para los ojos. Ver las cortinas grises de agua caer sobre el río y arremolinarlo, o caer en la selva que parecía potenciar su verde intenso y su olor a yuyo poderoso. Secuencia épica.

Pero ahora Son las 18.51 y continuamos aquí. A veces la impaciencia se mezcla con una ansiedad que galopa hacia un escape mental. Echaron combustible al barco y siguen descargando mercaderías en la terminal portuaria de Jotai que es una barcaza tercermundista de unos treinta metros por quince donde hay colchones tipo sommier, heladeras, packs de latas de cervezas skol, bidones de agua mineral, otras cajas de tergopol que deben almacenar algo que no puede perder la cadena de frío: sea carne o frango. Es un pueblo humilde, hay varias canoas que han sacado sus buenos pescados en redes. Saltan como unos delfines que acá le dicen Boto, al menos así le escucho a una garota que tengo al lado mientras miro otra vez el agua por las barandas como todos los días. Es un lindo espectáculo ver saltar estos casi delfines, más pequeños en el agua chocolatada. También las canoas ir y venir, en algunas padre e hijo río adentro trayendo la pesca del día. En otras un hombre solo con un sombrero de paja avanza despacio y el ruido del motor parece una máquina de cortar pasto. Y en la última postal que veo son dos hombres felices con un montón de bananos (no sé por qué pero se me viene a la mente el cuento de Salinger: “Un día perfecto para un pez plátano”).

Después el sol se tiñe de un tono violeta y llega la noche, la caída del sol va ensombreciendo a Jotaí y también a mi paciencia. Me siento en la hamaca –al menos ahora sí con vistas al río y espacio para la displicencia, porque se ha ido el veinte por ciento de la tripulación– a esperar que el motor se prenda y el Monteiro avance por el Río Amazonas hacia Tabatinga, en los últimos dos días de viaje que se cuentan con la obsesión de un preso. Todavía no arrancó y me llega última noticia del día con un tono tráfico: murió ahogado un pescador lugareño. “Se le dio vuelta la canoa, parece”, me cuenta Marcela. Me agarra una ligera tristeza mientras imagino el infortunio del canoero allá río adentro,  cuando de pronto suena la bocina del Monteiro y ya estamos yéndonos de Jotaí.

​​La mañana siguiente –del 22 de diciembre– el sol volvió a salir con toda su fuerza y cerca de las 10.20 am desembarcamos en el puerto de Tonantis donde se bajó casi que el treinta por ciento de los tripulantes.  Llegamos a un puerto más moderno y próspero: camionetas Fiat pasaron el puente hasta el desembarcadero para cargar las mercaderías necesarias en sus cajas y los equipajes de los viajeros que bajaron. En Tonantis está la estación de combustible naval Equador, algunas canoas estacionadas y un yate glamoroso que va hacia Tabatinga desde Manaus y apenas tarda dos días por unos 650 reales.

Más arriba se ve un pueblo plagado de motos que van y vienen trayendo cosas del puerto, un cartel que dice: “Bemvindos a VI Fiesta do Pirarucu Manjeado” (un pescado grande del río del tamaño de un surubí  del Paraná), la punta de una catedral celeste y palmeras con el fondo siempre selvático de la Amazonia. Subo dos calles arriba y en una esquina hay un pool con bar. Un tal Josúe se ofrece a acompañarme a un sitio de Internet, caminamos otras dos cuadras y el lugar es una tienda de ropa donde un garoto pega rede de a ratos con una notebook. “Agora no ten, voce pocço voltar en uma hora?”, me dice el garoto y pego media vuelta hacia el barco caminando con Josúe que me pide una cayasa a cambio de su guía turística. Le digo que no tengo y que después nos vemos. Muito obrigado y él se queda con sus amigos en el pool de la esquina. Ruido a bolas que chocan, reguetoneo brasileño más el ruido de los vasos que dos por tres chocan por una buena jugada hecha en el paño verde o por alegría del mismo alcohol.

***

barquito amazonas

Tres horas más tarde el barco reanuda su camino y recién llega a San Cristóbal de Iça a las 18.35 con la puesta de sol como escenografía y un pueblo que espera contento al M. Monteiro por sus familiares o sus abastecimientos para estos días de fiesta. Un par de garotos nadan en el río y es la primera vez que veo nadadores en el agua chocolatada. El resto del pueblo está en posición de cantar el himno de Brasil pero a la espera de nuestro barco. Hay alegría y se nota en los petardos que explotan en el aire. Los chicos se ríen, corren, los más grandes esperan jubilosos sus productos. ​​

Amaturá es el primer punto de nuestro ante ultimo día de viaje. Noche lluviosa en el Amazonas, me levanté descompuesto a tomar un poco de aire y el barco avanzaba en el silencio espeso del río. El Monteiro en cámara lenta con su reflector siempre en semi circulo hacia delante mientras todos duermen y yo busco un poco de aire fresco que me resucite del sopor de la fiebre.

Amaturá es uno de los pueblos más prósperos del recorrido estuvo ligado a Jutaí hasta 1987 cuando logró la separación del territorio vecino. Tiene unas letras blancas bien grandes sobre el césped de su malecón principal. Una iglesia color turquesa, estación de servicio naval Equador, muchas canoas pesqueras mostrando la abundancia de peces. Muchos peces. Desde el barco Monteiro el dueño del quiosco prueba con una piola y saca. Después, suena la bocina y seguimos por el río rumbo a Sao Paulo de Olivença.

Son las 16.30 cuando el Monteiro pisa este último pueblo antes de Tabatinga. Si este último pueblo porque me informan que a Benjamim el barco irá después de la frontera porque tienen que hacer la descarga de mercancías más grande –dicen que durará dos días la descarga– de todos estas localidades a la vera del Río Amazonas. Llueve, llovizna, el cielo está plateado y Sao Paulo de Olivença luce pobre y oxidado. Un puerto enclenque, con las columnas que muestran las grietas y da la sensación que el peso del barco las puede vencer. Quedamos Marcela –la colombiana– Leo –de Iquitos, Perú–, la hija y sobrina del quiosquero, un garoto brasileño estudiante de educación física, una chica regordeta también brasileña, y yo en el tercer piso del barco. Todos con cara de fatiga, el estrés de cinco días en barco pesa y yo lo siento en mi estomago que se revuelve como boca de tormenta desde hace un día.

Llegamos a Tabatinga con un sol que quemaba. Mi panza había pedido un poco de tregua y el desembarco fue mejor de lo que creía una noche atrás. El puerto de Tabatinga luce tercer mundo también, flamea la bandera de Brasil en un tono más descolorido que en Río de Janeiro o Manaus. Digamos que la pobreza a veces también está en los colores. Casi que no saco fotos porque el puerto tampoco se lo merece y quizá la ansiedad obliga a estar en ese tobogán que inventan con una madera gruesa desde el primer piso del barco al muelle de metal que suena con todas las pisadas. Marcela está contenta hasta que descubre que ninguno de sus hijos la espera, “no importa, vamos pa la casa, usté se puede  quedar lo que quiera”, me dice y agradezco el gesto de ésta señora. Nos tomamos un taxi, hago frontera en una cuadra de circunvalación de Tabatinga a Leticia. Avenida Internacional le llaman. Ahí van moto taxis como abejas zumbando por toda la avenida y la música se empieza a fusionar entre la cumbia o el vallenato de Diomedes y el reguetón brasileño. Una fusión lenta, parsimoniosa, a treinta kilómetros en el auto de este chofer de Tabatinga llevándonos a Leticia por treinta reales. Antes de cruzar la frontera se ve un policía gendarme de Colombia con su ropa camuflada y un fusil cruzándole el pecho hasta casi su rodilla. Apenas cabecea mientras cruzamos. Llegamos a la frontera que es un bulevar. Unos veinte metros de nada. De cemento con un poco de pasto y de ruido que se funde. De borrachos que vuelven de Tabatinga a Leticia porque en Tabatinga la fiesta está más a la orden que en su propia tierrita. Me voy con Marcela a su casa, después de dejar a Leo en lo de su hermana del lado brasileño, nos llegamos allí, a  la mitad de una cuadra de tierra convertida en un barrial por noches y noches de lluvia tropical. Hay olor a selva, hay croar de ranas, dos sapos gigantes, un pato que aguarda en el camino de madera hacia su casa: un ranchito de madera en la selva, un corazón dormido, en penumbras; hasta que la doña entra y prende las luces, después las hornallas, y huele a chocolate caliente todo el rancho que ahora si sonríe con la humildad digna de los que guerrean la vida cotidiana.


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