Por Florencia Cremona

Yésica Emilia Uscamayta Curí, una piba de 26 años, murió este viernes en una fiesta clandestina en el barrio de Melchor Romero, partido de La Plata. La mujer se ahogó en la pileta de una quinta alquilada para una fiesta masiva sin habilitación municipal a la que habían asistido centenares de jóvenes. Sin ningún tipo de cuidado, protección, asistencia o habilitación del lugar. La muerte de Yesica merece que nos preguntemos si se trata de un femicidio y requiere de una investigación sobre las causas que propiciaron su muerte por ahogamiento.

El trágico final que encuentra esta muchacha en el fondo de una pileta de natación nos invita a reflexionar sobre la enorme desprotección política, social, cultural y emocional por la que transitan las pibas en nuestras sociedades urbanas.

Las mujeres y las fiestas son una combinación poco divertida para las mujeres. Quiero decir que las fiestas urbanas, las fiestas de ciudad, las fiestas de occidente, las fiestas que yo conozco, tienen pocos espacios de verdadera diversión para las chicas (igual que en casi todos los ámbitos de la vida).

Las mujeres solemos ser un estimulante más de la fiesta, un estándar de calidad, un anzuelo, un aggiornamiento de la utilería: mejores minas, mejores tragos, mejor la fiesta. Vamos, aunque queramos otra cosa, a divertirnos con la táctica del débil, a hacer guerrilla, a transgredir el pequeño margen de maniobra que el significado total le da a las fiestas. Un lugar desigualitario  de consumo de cuerpos.

Las mujeres solemos ser un estimulante más de la fiesta, un estándar de calidad, un anzuelo, un aggiornamiento de la utilería: mejores minas, mejores tragos, mejor la fiesta.

La vulnerabilidad de las jóvenes en situaciones públicas es sabida y extrema. Además de la sospecha que nos acompaña cada vez que morimos. En vez de suscitar la indignación pública, hay un tufillo opinador que reza sobre las condiciones que la víctima expuso para facilitar su deceso. Dicho de otro modo, qué hizo la victima para morir, qué porcentaje tiene de culpa en su propia muerte.

Un caso paradigmático que inaugura la relación peligrosa mujeres/fiestas fue el triste y solitario final que tuvo María Soledad Morales en manos de los poderosos ricos de Catamarca. Ese femicidio ocurrido hace más de dos décadas nos confirmó lo que hace un año el caso de Melina Romero, la chica que salió a bailar y apareció muerta en un basural.

En este caso, Yésica aparece en el fondo de una pileta, ahogada, sin que nadie pudiese acudir en su auxilio. No sabemos que pasó, lo que sabemos es que la piba está muerta y que siempre somos las mujeres las que tenemos que cuidar de nosotras.

Lamentablemente, las redes de solidaridad entre mujeres también están interdictadas por una cultura que fomenta la competencia y la falta de confianza como si no fuésemos todas, a pesar de las diferencias de clase, parte de una misma condición de minoría.

lo que sabemos es que la piba está muerta y que siempre somos las mujeres las que tenemos que cuidar de nosotras. Lamentablemente, las redes de solidaridad entre mujeres también están interdictadas por una cultura que fomenta la competencia.

A pesar de los avances normativos conquistados durante los últimos años, no gozamos de los mismos derechos ni prerrogativas sexuales (ni laborales, ni políticas, ni económicas, ni familiares). Es muy poco probable que una chica que decida ir a una fiesta sexual salga airosa de ese encuentro.

Sucede, además, que la educación emocional es contradictoria e hipócrita. Por un lado, se alienta a explorar sin finalidad la sexualidad (finalidad significa que la conclusión de un encuentro romántico debería ser siempre una pareja, novio o amante, es decir, una categoría que organice y dé sentido al momento transcurrido y que adicione sentimientos de amor y apego), y, por otro, sigue existiendo, tanto en las telenovelas, como en las canciones románticas y en los discursos de gobierno, la pareja heterosexual monógama feliz y sin fisuras como modelo de éxito a alcanzar.

Nadie habla de las enormes concesiones que las mujeres deberíamos hacer si quisiéramos una familia de foto. Es tanto lo que no se habla de eso, que muchas mujeres de la foto ni se dan cuenta de todo lo que tuvieron que hacer para entrar en el cuadro. Sigue habiendo chicas para un rato y chicas para toda la vida. Aunque las chicas que para unos son para toda la vida sean las chicas de un rato para otros.

si una piba que no pudo hacer lecturas complejas se calza un minishort de tigre y va a comprar el pan en la esquina, lo más probable es que caigan sobre ella las etiquetas que el mundo reserva a las pibas descartables.

El patriarcado es imposible… Y es como el capitalismo: las formas de resistencia comunales son aplastadas por la brutalidad del mercado, de la ley y del vacío del consumo.

¿Qué quiero decir con esto? Que la moral de la igualdad de género se diluye en valores conservadores que cobran cada día mayor vigencia. Y que los viajes entre la diversión, el sexo y la cocina son reservados sólo a aquellas que tienen los medios, la educación y los ámbitos propicios para hacerlos. Fuera de ello, cunde el peligro.

La cultura masiva, en cambio, nos ofrece patrones fijos y nos engaña. En la televisión aparecen chicas en minishort o con poquísima ropa que alcanzan el éxito. Esto es mentira, esas chicas son prostitutas, no está ni mal ni bien, pero están cobrando para excitar y hacen su negocio. Pero el drama es que, si una piba que no pudo hacer estas lecturas complejas se calza un minishort de tigre y va a comprar el pan en la esquina, lo más probable es que caigan sobre ella, aunque ella no piense de ese modo, las etiquetas que el mundo reserva a las pibas descartables. Ahí reside el engaño: en propiciar estas ficciones proxenetas.

Es imprescindible, entonces, seguir hablando hasta el desmayo de estas tramas mentirosas y exigir al Estado que nos proteja, además de que se comprometa con desterrar, mediante la educación y la política, la cultura que dice que hay una brecha insalvable de derechos entre mujeres, varones, lesbianas, trans y toda la amplia diáspora de sexualidades rotantes.