Por Ana Carbonetti

8 de diciembre de 2015

Hoy me desayuné las noticias argentinas.

Una compañera me hizo saber que los ánimos del país andan caldeados. No me sorprendió, era esperable, de algún modo es lo que somos los argentinos, nuestra historia pendula entre el éxtasis y la agonía.

El pasado 25 de octubre tuvieron lugar las elecciones presidenciales. Nuestro sistema eleccionario establece que el candidato que ocupe el primer lugar debe superar por diez puntos o más al siguiente para ser electo presidente –el genérico masculino en este caso es ineludible porque todos los candidatos fueron hombres–, de lo contrario, se repite el acto eleccionario en un balotaje donde se enfrentan sólo las dos primeras fuerzas políticas más votadas. En nuestro país nunca había tenido lugar esa experiencia hasta el 22 de noviembre de este año.

Desde 2011, año de mi primera votación como ciudadana argentina, a esta parte siempre ejercí el derecho al voto con la convicción de que ese sea quizá el mayor acto de libertad de la democracia que tenemos; democracia que necesitamos seguir mejorando pero, sabiendo nuestra historia hecha de sangre y fuego, cuyo ejercicio del voto secreto no es cosa menor, mucho menos en las mujeres, que hasta 1943 –momento en que Eva Duarte lo convierte en ley– no podíamos votar y sólo lo hacían los hombres.

Hoy me desayuné las noticias argentinas.

Elegí, como casi siempre, leer el relato de mi gente, de mis compañeros y compañeras, de los que no solemos tener voz en el relato hegemónico de los grandes medios de comunicación. En mi país existe una enorme concentración mediática. Para que se den una idea, el grupo empresarial Clarín, dueño de numerosos diarios, revistas, radios y canales de televisión, así como también editoriales escolares que calan profundo en la formación primaria y secundaria de los estudiantes de nuestras escuelas públicas, tiene 283 señales radioeléctricas de un espacio que es finito, es decir, que se agota, de las no más de 300 con las que cuenta el territorio nacional en su totalidad. Eso hace que, por ejemplo, los medios comunitarios, las Universidades públicas y la ciudadanía en general no tengan acceso a generar sus propios proyectos de comunicación. Pero, lo que es peor aun, estamos sumergidos en la psicosis informacional que definen otros, que muchas veces –y en los últimos años podríamos decir que todas– no responde necesariamente a la realidad social que vivimos los argentinos, sino más bien al juego de intereses macabro que pone a los peces gordos en la disputa de quién vende a mejor precio las noticias que compran los ilusos.

Hoy me desayuné las noticias argentinas.

Mauricio Macri, candidato de la Alianza Cambiemos que reúne a los más nefastos personajes y personalidades de la historia de la política argentina, y recientemente electo presidente que entrará en el ejercicio de sus facultades constitucionales a partir de este 10 de diciembre, realizó una denuncia a la actual presidenta de la nación, Cristina Fernández de Kirchner, por incumplimiento del protocolo presidencial en los términos de cómo debe entregarle el bastón de mando y la banda presidencial –así se le llaman los atributos que, en un acto simbólico, consagran a alguien como presidente o presidenta del país– en apenas dos días.

La denuncia en cuestión es un tironeo de legalismos baratos. La cosa es que Macri, escudado en su calidad de presidente electo, tiene la potestad de decidir cómo, dónde y de qué forma se llevará adelante el acto que lo consagre efectivamente presidente de la república, y tiene el deseo aparente de que sea en la Casa Rosada; Cristina, amparada en la Constitución Nacional y en su cargo de actual presidenta de la nación, le rebate que la entrega se hará en el Senado, lugar que, según la Constitución Nacional, es donde se efectiviza el traspaso del mando presidencial.

Mauricio Macri, el candidato que fue llevado a upa –como un niño inocente y vulnerable en los brazos de su madre– en esta campaña por Magnetto, cabeza y corazón –si es que es posible que lo tenga– del Grupo Clarín, denunció a la actual Presidenta que desde 2007 a esta parte –por elección y reelección, tal cual lo establece nuestro sistema democrático– presidió y preside aún hoy, aunque ya en la cuenta regresiva, la máxima jerarquía de Poder a la que se puede aspirar.

Mauricio Macri, fiel expresión de la oligarquía argentina, empresario, ingeniero y no mucho más que eso, denunció hoy a Cristina y yo me sentí –como una sensación continuada de estos días– un poquito más vulnerada en mis derechos, un poquito más ultrajada, quizá hasta un poco más desterrada.

Macri, que nos regaló una campaña de globos y promesas falsas que supimos de antemano; Macri, que en un acto de sincericidio precoz le anunció al pueblo argentino que para él los salarios eran un costo y que por tanto había que bajarlos; Macri, que piensa que la homosexualidad es una enfermedad y en un acto de altruismo voraz nos ofrece ayuda médica; Macri, que habla de los pobres y ha puesto admirables esfuerzos en levantar muros a los costados de las autopistas en las que circulamos los pudientes para que si hay hambre no se note; Macri, que se pregunta retóricamente para qué es que sirven tantas nuevas Universidades públicas y no le interesa saber que allí se alojan los sueños de tantos; Macri, que es un convencido de que los derechos humanos son un curro; Macri, que es amigo de los genocidas y, si fuera por él, los largaría de nuevo al exterminio; Macri, que se opuso sistemáticamente a todas y cada una de las medidas que hicieron que recuperáramos las empresas nacionales como YPF y Aerolíneas Argentinas, que su propio staff de economistas vendieron como en una subasta; Macri, que votó en contra del Matrimonio Igualitario, de la Asignación Universal por Hijo, de la Ley de Identidad de Género; Macri, que le habla en sus discursos a los jubilados y se opuso a la recuperación de las AFJP (Administración de los Fondos de Jubilaciones y Pensiones), que durante más de diez años estuvieron en manos de los privados y fuimos testigos de cómo nuestros abuelos y abuelas, después de años de esfuerzo y trabajo, no tenían donde caerse muertos (y la metáfora esta vez es literal); Macri, que es –para mí, y podría asegurar que también para la mitad de un país dividido en sus aguas– la representación de todo lo que no queremos ser, y a lo que no queremos volver, es irrevocablemente el nuevo presidente de mi país.

Hoy me desayuné las noticias argentinas.

Una compañera me las hizo saber y sentí, en la enorme distancia que nos separa, su dolor, su desgarro, su tristeza, su impotencia.
Hoy me desayuné las noticias argentinas y sentí el sufrimiento de mi pueblo, aunque ni la televisión ni los diarios se hagan eco de eso. Sentí cómo la injusticia puede calar hasta los huesos, cómo la impotencia puede transformase en ira, y me pregunté cómo es que un tipo que está procesado por escuchas ilegales durante su período de gestión como jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y que tiene además 214 causas judiciales, denuncia a Cristina por incumplimiento protocolar.

Hoy me desayuné las noticias argentinas. Y supe que la denuncia decantó en una medida cautelar a la que la corporación judicial, más precisamente, la jueza Servini de Cubría, le hizo lugar. Cristina termina su mandato este miércoles 9 a las 12pm por un fallo de la Corte Suprema de Justicia. Y, a fin de cuentas, la entrega del bastón de mando y la banda presidencial –simbolismos que nunca quisieron verdaderamente que los entregara quien corresponde por ley– los entregará una especie de ensayo de presidente transitorio que durará en su mandato el tiempo que existe entre las 00hs del miércoles y las 10am del jueves, momento en que se efectivizan las facultades constitucionales del presidente electo.

Hoy me desayuné las noticias argentinas que se irán completando en el resto de los días que siguen. Tengo bronca contenida y una angustia desgarradora, siento una especie de sed de revancha en honor a la dignidad del pueblo argentino, aunque un porcentaje alto me haya decepcionado en su elección. Soy profundamente respetuosa de la voluntad popular, y será a partir de este 10 de diciembre lo que el pueblo ha elegido en las urnas. Pero en un rinconcito de mi alma les vomito silenciosa que si algo no podrán robarnos nunca son estos doce años de inmensa felicidad. Ese baile mío y de mi gente, esos pasos improvisados en estos años, subterráneos, desprolijos, genuinos, son la danza argentina que promete volver.