Franco Dall’Oste nació en Mar del Plata hace veintisiete años. Es periodista, licenciado en Comunicación Social y docente de la UNLP. Acaba de publicar La Huevósfera, su primer novela, por la editorial Club Hem, dentro de la colección narrativa “Sintonía Emergente” (en cuyo catálogo se encuentran obras destacables como Gelp! de Daniel Krupa y Los Desiertos de José Supera). La historia abarca un conjunto de vivencias de tónica adolescente y nostálgica, donde Juan -el alter ego literario de Dall’Oste- afronta el devenir diario de un estudiante del interior en la ciudad de La Plata, aunque la narración también transcurre ocasionalmente en Córdoba y Rosario. En el relato se plasma una cosmovisión generacional plagada de anécdotas, arte, drogas, amores (y desamores), todo esto en el marco de un contexto político y social inédito en nuestro país.

Hay mucho de autobiográfico en La Huevósfera, ¿cuál fue la necesidad de escribir la novela?

La Huevósfera es una novela pensada para ser generacional. Es decir, tiene un tinte autobiográfico, me basé en mi vida, en mis amigos, en todo lo que me rodeaba. El mundo alrededor mío, en aquellos primeros años en La Plata, me parecía fantástico: una ciudad repleta de jóvenes de entre 18 y 26-27 años, todos viviendo en sus propios departamentos, con un mix en la cabeza de cultura rockera, nihilista, despolitizada, fumona, con cierto ideal romántico de la amistad, conviviendo con un entorno en ebullición: el Estado poco a poco dejaba de ser el enemigo (tuvimos que matar a nuestros estereotipos de rockeros pseudo-anarcoides de los 90), los reclamos sociales pasan a ser canciones viejas; muere Néstor y comienza a construirse el mito, la movilización, y la palabra “peronismo” vuelve a tener valor, a tener sentido; y todo esto nos obliga, finalmente, a salir de nuestro cascarón y construirnos políticamente. Creo que de ahí viene la necesidad de escribirla: sentir que lo que pasaba alrededor mío tenía un valor existencial y documental, como sacarle una foto al pensamiento, a la vida en general, de una generación específica, la generación de los hijos de los 90.

La novela tiene algo de El guardián entre el centeno de Salinger y de Bajar es lo Peor de Mariana Enríquez, con más o menos oscuridades, pero siempre con ese tinte sartreano y nihilista ¿Esa perspectiva es intencional?

Bajar es lo peor no la leí. Y para mí El guardián entre el centeno es más una referencia ahora, en lo nuevo que estoy escribiendo. Como referencia de este libro siempre pongo a [Jack] Kerouac, sobre todo en Los Subterráneos. Me parece clave esto que decís de lo sartreano y nihilista. Como te decía antes, la idea era registrar a esta generación, a estos pibes que me rodeaban, que se apropiaban de las calles y de las noches; registrar esa dulce desazón que existía dentro nuestro, esa resignación de que ya nada podía transformarse. En los 90 habíamos crecido pensando que ya todo había muerto, con la caída del muro muere la oposición al capitalismo, mueren los ideales, muere el rock, la historia, el arte, la literatura, y hasta el fútbol. Nos volvimos especialistas en matar; la ideología pasa a ser mala palabra, el Estado es el enemigo romántico desde los parlantes de la compu, aparece en su plenitud la antipolítica, la tecnificación, y nuestra única meta en la vida pasa a ser flotar, dejarnos llevar por el mundo que nunca va a ser justo pero tampoco podrá ser transformado. En este sentido, creo, la novela marca esa transformación: es el pasaje de un personaje nihilista a uno sartreano, en el sentido de que pasa de la antipolítica a la noción existencial de que uno está condicionado pero no acabado, que es posible hacer, construir.

Los protagonistas utilizan las drogas como método de evasión pero también como una puerta a nuevas formas de ver el mundo. ¿Cuál es tu visión con respecto al uso y abuso de esas sustancias?

El tema de las drogas tiene que ver con una cuestión por un lado generacional, por esa necesidad experimental setentosa mezclada con esta tendencia a los “no extremos”, y la aparición de la “droga recreativa”. Es decir, la marihuana se vuelve masiva, y la juventud empieza con una necesidad por experimentar, por “abrir su mente”, por ir hacia lo natural o lo extremo, pero desde un consumo muy distinto, porque es un consumo “consciente”, en el sentido de que hay una memoria cultural de qué te puede pasar si te zarpás con cualquier cosa (es lo que nos enseñaron los del club de los 27). Yo ahora lo analizo desde este lugar de los no extremos, es decir, de esto de “hay que hacer todo equilibrado”, “los extremos no son nunca buenos”, etc. Igualmente, también están estos otros personajes, más alejados, que se sumergen en el abuso, por una cuestión ya casi identitaria de “yo soy esto”, creo yo, aunque la novela realmente no intenta analizar nada de esto.

La música es algo que está permanentemente presente en la novela: la cumbia, Morrison, Dylan, Los Beatles, El Indio Solari, Pura Vida ¿Qué papel juega la música como motor de tu escritura y en tu vida?  

Partiendo de la cuestión del registro, la nuestra, como casi todas las generaciones de nuestro país, ha sido una generación hipermusicalizada. Y el efecto Cromañón ha sido una marca cultural terrible para todos, porque cambió la forma de escuchar música, y fue a partir de ese momento que se decretó el fin de las grande bandas y aparecieron las pequeñas, miles y miles de pibes juntándose a tocar en todos lados, en las calles, en sótanos, casas, salas, bares y sucuchos de toda la ciudad. Pura Vida siempre me pareció un lugar mítico en ese sentido, más en esos años, cuando era un antro friki genial, donde iban banditas de todos los estilos, donde siempre veíamos a Norma o a El Mató, donde todos íbamos a rompernos la cabeza.  A su vez, yo siempre tengo que escribir con música de fondo. Es algo que me marca mucho el ritmo. En ese sentido, es como mi combustible para funcionar, para seguir escribiendo. Para esta novela, y para mi escritura general, usé muchísimo Radiohead, que es mi banda favorita, pero también Norma, Dylan, Spinetta, The Frames, The Cure, Charly y muchísimas más.

La novela fue editada por Club Hem. ¿Cómo ves a la literatura de esta ciudad y qué pensás que le falta para que logre mayor exposición?

Sí, yo tuve la suerte de “crecer” junto a Club Hem. Los conocí en el LITIN (Laboratorio de Ideas y Textos Inteligentes Narrativos) de la Facultad de Periodismo, un lugar que creció muchísimo y que es toda una propuesta ideológico-escritural de Marina Arias y Ulises Cremonte. Y de ahí medio que fuimos construyéndonos como lo que hoy somos, o estamos camino a ser. Ahí también conocí (y conozco) montones de escritores jóvenes geniales, gente con una capacidad terrible, que no tenía un espacio hasta que apareció esto. En este sentido, creo que la literatura platense ha sido siempre muy regional y muy rica. Hay mucho por contar de nosotros mismos, y Club Hem tiene en ese sentido una especial intención de posicionarse como la editorial de los narradores platenses o, al menos de la región. Faltar, falta, obvio, muchísimo, y más en este contexto en que el nuevo Ministro de Cultura es un tipo que viene de laburar ocho años en Editorial Planeta.