Por Matías Kraber

Esta crónica empieza mientras llueve. El cielo se raja y llueve en Río como si las lágrimas de los vascos cariocas y de todo el país verdeamarelo hubiesen decretado su duelo del descenso lloviendo.

Todos los cariocas debajo de los toldos en la cantina con sus religiosas cervejas o refugiados en sus techos también con cervejas, y yo para no ser menos me tomo una Skol fría después de saborear filete de carne más arroz y feijoada en una cantina de Rúa Belfort Roxo, casi en el corazón de Copacabana. El tele está prendido en sportTv y muestra el resumen de domingo de la última fecha del Brasileirao que coronó campeón a Corinthians, y el mismo equipo paulista, se encargó de darle el tiro de gracia al Vasco da Gama y mandarlo a la segunda división por tercera vez en su historia. La tele muestra las lágrimas de los vascos en la cancha, desconsolados, me da una pena empatica: yo sé lo que es irse a la B porque soy de Independiente. Los compadezco a los vascos y entiendo que lloren, que sea un domingo fatalista, y también entiendo que llueva a mares en Río de Janeiro cuando uno de los cuatro equipos más grandes de la ciudad –tal vez el segundo más popular después de Flamenco– acaba de besar la lona.

Los compadezco a los vascos y entiendo que lloren, que sea un domingo fatalista, y también entiendo que llueva a mares en Río de Janeiro cuando uno de los 4 equipos más grandes de la ciudad –tal vez el segundo más popular después de Flamenco– acaba de besar la lona.

Por las entradas al Maracaná

MAracana panoramica

La excursión Maracaná empezó el sábado 5  por la tarde en el metro rumbo a Pavuna. Eran las 3.30 de la tarde en un día de playa impresionante que quemó espaldas a más de uno y nosotros sacrificamos la estancia en la arena fina y montamos el Subte porque hasta las 5pm atendían las boleterías en el estadio. Sacamos entrada neutral, en platea del medio sector D y no había ninguna fila. Silencio de siesta en el Maracaná. Un asfalto ardiente sin sombra y después, en un monumento de la Copa que ganó Brasil en Chile 1962, un señor, Rivaldo jubilado con canas y de la calle, amasaba una pelota amarilla mientras algunos transeúntes turistas se detenían a ver sus proezas de brasileño de ley y le dejaban unas monedas o algunos billetes y se sacaban una foto con él. Él siempre sonriente y parsimonioso. Movimientos lentos de 10 de antaño y de Rivaldo jubilado. Nos acercamos y platicamos: “el mundo es muito feo, complicado diría, pero hay que viver com uma sonrisa cultivando amistad”, nos dijo para empezar a falar en serio. Nada de Maradonas o Pelés. Crudeza sincera de la calle que tiene mundo.

Amasó la pelota en el piso mientras el heladero, otro don sonriente y de la calle, lo vitoreaba y nos pedía que le compráramos un helado de chocolate. Rivaldo – que en realidad era César- nos definió a Brasil en una síntesis impecable: samba y mulheres, cervejas y fuchibol. “Nada mais”.

 

RivaldoAmasó la pelota en el piso mientras el heladero, otro don sonriente y de la calle, lo vitoreaba y nos pedía que le compráramos un helado de chocolate. Rivaldo –que en realidad era César– nos definió a Brasil en una síntesis impecable: samba y mulheres, cervejas y fuchibol. “Nada mais”, dijo. La sentencia de los que saben.

Día de partido, día de domingo

Lo más domingo que había vivido en Brasil era una canción de Gal Costa que nos enseñó en clases de Portugués de la Facultad de Periodismo de La Plata la Profe Silvia Rego a quien le debo mis diálogos portuñoles que funcionan para la platica cotidiana. Platica cotidiana que siempre se vale del fútbol como as y puente de acero con los hermanos brasileños. Subo un taxi o le pida la cuenta a un garçon o las llaves al conserje del Hostel y siempre ahí está el fútbol como código de comunicación efectiva que arma el lazo. La máxima en Brasil y sobre todo en Río es que si no sabes de fútbol y no hablas bien portugués “estas frito angelito”.

A las 15.30 partimos una troup de turistas argentinos, chilenos, alemanes y dos brasileños del Flamenco rumbo al Maracaná con nuestras latas de cervejas para aminorar el calor de un sol que duró poco pero fue martillazo.

En el metro L2 estación Arcoverde camino Estaçao eran pocas camisetas del Palmeiras y yo empezando a entender que vestido de verde/blanco paulista era casi un kamikaze argento en una jauría de leones rojinegros que inundaban la ciudad. Levantabas la cabeza y todo estaba rojinegro. Absolutamente todo. “El flamenco es el equipo más popular de Brasil”, nos dijo en portugués un brasileño del sur que iba a la cancha con su hijo simplemente para ver fútbol igual que nosotros. Otro tipo, ya en la cancha se me arrima y me dice también en portugués: ” Voce sí que es um hombre, eu sou do Palmeiras mais não gosto colocarme a camisa hoje por ser visita”.

FlaEl partido en la platea D no tenía hinchas acérrimos del flamenco. Sí muchísimos, pero todos sentados, algunos con larga vistas para apreciar los números de las camisetas y el partido con nítidez de águila. Otros con cervejas, entre amigos, muchas mujeres con musculosas del equipo de la regata carioca.

El césped una alfombra de vídeo juego y la vista panorámica mostraba un estadio inmenso casi vacío: muchas butacas celestes y amarelas –color del mundial Brasil 2014– vacías. A la derecha sobre el arco local la barra popular de Flamenco con cantos que en Argentina serían acusados de pecho frío hasta en la cancha de Flandría o Apeadero de Saladillo.

Un ooo constante que se exaltaba en algunas jugadas que para la radio serían de riesgo pero para verlas en vivo y en directo eran apenas llegadas tibias al gol.

Del otro lado, en el arco visitante, una pequeña tribuna verde y blanca paulista hacia lo que podía con sus cantos y banderas pero casi no se escuchaban. Una minoría que estaba lejos, que mostraba que en tierra Carioca un equipo como Palmeiras es casi imperceptible porque de 17 millones que tiene la ciudad de Río, 7 millones pertenencen a la escuadra de Flamenco.

Un primer tiempo para el sueño. Para lamentarse no haberse quedado en la playa con una caipivodka y los pies en el agua. Flamenco tuvo la pelota pero en una lateralización constante que recordaba al equipo de Coco Basile o del Checho Batista en su último periodo de selección Argentina. Buen pie, pero poca profundidad. Ronaldinho no estaba para los rojinegros y para nosotros los extranjeros fue como si nos faltara el anzuelo perfecto.  La perla del partido. Un tiro libre, una gambeta, la bicicleta o simplemente su pase de revés mientras mira para otro lado. En el equipo visitante, estaba Ze Roberto con la número 11 y un tranco de 27 aunque esté cerca de los 40. Claro, atleta y distribuidor de pelota en el medio de los paulistas.

El primer gol fue de Palmeiras y lo hizo un tal Dudú de cabeza mientras se enmudeció el estadio. Casi al final del primer tiempo Flamenco empató con un gol que fue regalo del arquero, una pelota llovida, que le quedó servida a Para.

El segundo tiempo fue más divertido. Un vaivén de algunas llegadas que hicieron lucir a los arqueros y exclamar los u de las tribunas. Una hinchada del Fla que empezó a cantar más fuerte y contagió mejores ánimos en el césped. El partido igualado en 1 cuando a los 90  llegó otro centro y cabezazo de Victor Hugo que  puso el tanteador definitivo 2 a 1 a favor de Palmeiras y los hinchas del Fla que comenzaron a abandonar la cancha antes del pitazo final. No pasaba nada en si: Flamenco ratificaba una campaña mediocre en el campeonato, así se despedía, pero con la única alegría para sus hinchas al menos que uno de sus clásicos –Vasco da Gama– descendía a la segunda división y muchos festejaban en las gradas al ver el paneo de los resultados por las pantallas gigantes del Maracaná.

PartidoLlegó el pitazo y esperamos para irnos en el hall de ingreso al estadio que parecía un free shop de un aeropuerto. Filas para sacar tickets de cerveza, pochoclos o comida rápida, pantallas con resúmenes del partido y publicidades, tienda de ropa Adidas del Flamenco. Todo el show en ese pasillo largo donde desfilaban sobre todo hinchas de Flamenco y algunos otros atrevidos como yo vistiendo la casaca del Palmeiras y festejando al encontrarnos con una complicidad de ser escoceses contra ingleses. Minoría aguerrida, pero minoría al fin.

Nos fuimos y entendí por qué el viejo se acercó a decirme lo que me dijo, por qué él no se animó.

Casi en la subida de la plataforma de la Estación Maracaná que comunica al tren con el estadio, cuatro gigantes, rugbiers en potencia para una selección de Brasil, se me vinieron al humo por la camiseta. Que me la saque. Que agora. Que la gorra también. Bullicios y el mar que volvía fangoso en un abrir y cerrar de ojos. Sobre las barandas se acodaban unos veinte barras arengando que si subía así de verde, sería carne de cañón. Me quité la camiseta  y me la guardó mi amigo  el perro de Florencio Varela entre la ingle y su bolsillo. Camuflada. Caminé en cuero hasta los molinetes después de un tiempo prudencial que dejamos para que baje la marea de furia roja y negra, cerca de unos policías, haciéndonos los otarios.

Antes de tomar el tren los policías me advirtieron que no podía viajar sin remera, les explique en mi portuñol y se cagaron de risa. Habló por handy con su superior y me dieron la orden de viajar así en cuero. En el tren la temperatura era de heladera, pero viajé igual. Casi llegando a estación Botafogo cuando ya quedaban muy pocos flamenquistas, me volví a poner la casaca del Palmeiras. Unos dos hinchas del Fla sentados comenzaron a mirar como lobos celosos. Chistaron y protestaron. Quedó un silencio en varias paradas, pero cuando nos tocaba bajar a nosotros, ellos también se arrimaron a la puerta para descender  y en un segundo decidimos tirar el equipo visitante atrás: seguimos una parada y bajamos tranquilos a diez cuadras de nuestro Hostel, mientras una lluvia nos iba sacando los voltios del miedo y yo empezaba a maquinar la crónica en mi cabeza después de mi bautismo de fuego en el Maracaná, el día que el Vasco Da Gama se fue a la B y la lluvia torrencial vino a apaciguar las tragedias:  la mía, y la del vasco.