Por Patricio Cermele (desde La Habana, Cuba)

“Mira, Yico… si después al tiempo empezó a aparecer por la costa lo que quedaba, nomás, de los que no habían podido llegar del otro lado…”

Llevamos ¿cuánto?, ¿diez, quince minutos de amistad con Alejandro? Así es acá: cordialidad y sociabilidad por sobre de todo. Los cinco del grupo que nos quedamos estamos sobre la dársena de salida al aeropuerto que desemboca en la estrecha avenida que bifurca con el distribuidor de acceso a La Habana. Sobre la izquierda se estacionan los taxis “oficiales”, mayormente amarillos y negros. Se mezclan con los “boteros”, los Mercury y Chevrolet de la primera yema de los tiempos revolucionarios que, hoy reciclados con motores de automotrices orientales, dan servicios alternativos de transporte. Uno de esos gestiona la familia de Alejandro.

cuba-2015-taxi-boteroEl silencio de la madrugada, en esa zona alejada del centro histórico, permite notar los cuchicheos de las charlas de alrededor: los dos empleados del “rentacar” ya sin clientes; la joven de una de las dos casas de cambio que los turistas abordan, sin excepción, apenas pisan Cuba; y los “boteros”, los choferes particulares que “parquean” sobre el ingreso al aeropuerto y se autohabilitan las dársenas, debajo de la arboleda de palmeras, para subir pasajeros sin interferir con el servicio de los taxis oficiales.

Andar “boteando”, manejar un bote americano de los cincuenta, es uno de los tantos “rebusques” de los cubanos para llegar al peso convertible que se dinamiza con el ingreso del turismo en la isla: el “CUC”, el equivalente del euro y el dólar norteamericano. Es uno de los laburos de Alejandro y su padre. Mientras su hijo ficha turistas pasajeros que serán momentáneamente “amigos invitados” en territorio cubano para lidiar con el control oficial del aeropuerto, su viejo, ese hombre de espíritu adolescente envidiable, maneja el auto hasta el Hotel Tritón de La Habana, donde nos hospedaremos hasta el sábado.

Alejandro se sentará durante toda la charla en cuclillas, casi delatando el estado de ansiedad de los cubanos que trabajan para los extranjeros. La charla se cortará antes de que subamos al taxi del padre, después de hora y pico, cuando vuelve al principio de todo y hace un intento por imaginar aquel día de “Mariel”; ese “permiso” efímero de la Revolución de salir de la isla para todo aquel que lo quisiera.

“No son noventa millas, mira: hoy, al primer cabo para quedarse hay menos de cincuenta y ya ahí puedes ser visto con las balizas y te pueden llevar hasta la costa del otro lado”, dice Alejandro. La costa, ese “otro lado”, Norteamérica. Dice que ya ni piensa en eso, y uno cree, en realidad, que jamás lo pensó como posibilidad cierta y que es apenas un argumento para seguir la charla con los ocasionales amigos argentinos: exhibe con orgullo su título intermedio de ingeniero, mantiene una familia y espera al padre para terminar el viaje que le dejará los cincuenta convertibles en dólares por apenas dos horas de trabajo. Eso que le dicen: “el rebusque”.

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El momento esperado

Por Juan Pablo Fadón

afide-2015-ponencias3Los trabajos seleccionados se exponen hasta el viernes, en el marco de la VI Convención Internacional de Actividad Física y Deportes (AFIDE), en el histórico Palacio de Convenciones de la capital cubana. La disertación de los representantes de esta Facultad, quienes obtuvieron la posibilidad de exponer los trabajos ganadores de la investigación en Cuba, contó con la presencia, entre otros, del licenciado Jorge Luis Cansiano, del Área de Promoción y Salud del INDER, que junto a Juan Pablo Fadón, estudiante de la FPyCS, moderó la charla en representación de esta unidad académica.

Junto a Fadón, los ganadores del concurso “Roberto Santoro”, estudiantes, graduados y docentes que viajaron a La Habana, son Francisco Arismendi, Adriana Soledad Millatur e Ignacio Rizzi, por la investigación “Identidades sexuales y violencia mediática: su construcción desde el  rugby”; Patricio Cermele, por “Romper los dientes del engranaje: la primera muerte en una cancha de fútbol en dictadura”; Lucas D’Urso y Juan Emilio Eyrea, por “El rol de los medios gráficos durante la dictadura”; Emanuel Virdis y Juan Fadón, por “La resignificación del Camp Nou en el campo de batalla político”; y Luis Rivera, por “El scrum imposible”.

 

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