Por Daniel Cecchini

El próximo 10 de diciembre se cumplirán 32 años de vigencia ininterrumpida –aunque no sin vicisitudes– de las instituciones democráticas en la Argentina y, por primera vez en todos estos años, asumirá la presidencia de la República un dirigente político ajeno a las estructuras del peronismo y del radicalismo. Mauricio Macri es, también, el primer presidente elegido en un balotaje.

Empresario, hijo de otro empresario que supo construir un poderoso grupo económico a través de jugosos contratos con el Estado –tanto durante la última dictadura como con la mayoría de los gobiernos democráticos que se sucedieron después de ella–, Macri tampoco es un político tradicional. Se catapultó al conocimiento social como presidente del club de fútbol más popular de la Argentina, Boca Juniors.

Hombre de escasas –más bien nulas– capacidades oratorias, desembarcó en la política en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires con un discurso antipolítico que fue prendiendo con fuerza en los sectores medios de la sociedad. Fracasó frente a Aníbal Ibarra en su primer intento de llegar a la jefatura del gobierno porteño en 2003, para conseguirla en 2007, en unas elecciones atravesadas por el desplazamiento de Ibarra tras la tragedia de Cromañón. Desde entonces, su fuerza política hegemonizó ese distrito electoral pero sin haber logrado, hasta este año, hacer pie en otros territorios.

Dirigente político no tradicional, ajeno a las estructuras de las fuerzas políticas históricas de la Argentina, ganador del primer balotaje presidencial de la historia del país, no son estas las únicas características que lo definen como un caso excepcional. También será el primer presidente argentino que se pone la banda cuando carga con dos centenares de causas judiciales en su contra y dos procesamientos, uno de ellos por escuchas ilegales perpetradas desde el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

LA CAMPAÑA ELECTORAL QUE LO LLEVÓ AHORA A LA PRESIDENCIA LO MOSTRÓ MÁS COMO UN CANDIDATO-PRODUCTO IMPUESTO MEDIANTE UNA ESTRATEGIA PUBLICITARIA QUE COMO UN DIRIGENTE CON PROPUESTAS POLÍTICAS CONCRETAS.

La campaña electoral que lo llevó ahora a la presidencia lo mostró más como un candidato-producto impuesto mediante una estrategia publicitaria que como un dirigente con propuestas políticas concretas. Repetidor de eslóganes que recuerdan a los machaques discursivos de los pastores evangelistas, Macri se cuidó muy bien de poner en negro sobre blanco cuál es su proyecto de gobierno. No tuvo reparos, tampoco, en cambiar y hasta contradecir sus propias afirmaciones cuando su asesor y gurú de imagen, Jaime Durán Barba, le indicó que le convenía. Y así llegó.

Aciertos y errores

Toda elección se termina definiendo, en mayor o menor medida, por los aciertos del ganador y los errores de sus adversarios. Más aun en un balotaje, cuando la elección deviene en apenas una opción entre dos alternativas. Al contrario que en la elección de primera vuelta, aquí adquieren mucho mayor peso las opciones por el “voto en contra”.

No es momento, cuando el cronista escribe estas líneas a pocas horas de conocerse el resultado, de hacer un análisis pormenorizado de aciertos y errores. Para hacerlo hace falta tiempo y muchos más elementos. Sí es pertinente el intento de señalar los más evidentes.

Del lado del macrismo, la deliberada indefinición de un programa claro de gobierno le sumó mucho más de lo que le restó. Le permitió no espantar votantes adelantando medidas que podrían afectar su calidad de vida y así capitalizar con mayor facilidad el descontento por lo que podrían llamarse “ciertos modos” de la gestión y de las prácticas políticas del oficialismo.

También fue muy eficaz la construcción de Mauricio Macri como un producto electoral montado sobre un juego de imágenes y discursos capaces de seducir desde una oquedad no conflictiva. Frases como “nuestra sana rebeldía no es contra nadie” encierran imposibles lógicos cuya irresolución seguramente escapó a la mayoría de quienes lo votaron. Anuncios apareados de bajar los impuestos y sostener la acción del Estado en la asistencia de los sectores más desprotegidos encierran contradicciones que tampoco se hicieron evidentes. Devaluación sin inflación –y consiguiente pérdida de poder adquisitivo y de calidad de vida para los argentinos– es otro absurdo en el que no reparó gran parte del electorado.

Los medios hegemónicos jugaron también un gran papel en la construcción de la imagen del candidato opositor, no sólo mostrándolo en sus aspectos más seductores, sino soslayando u ocultando sus errores y los procesos judiciales en los que está denunciado e, incluso, imputando. En cambio, la candidatura de Daniel Scioli –y de otros concursantes del oficialismo, como Aníbal Fernández, por citar uno solo– debió soportar una andanada de ataques mediáticos que, evidentemente, le provocó mella.

Sin embargo, poner el accionar de los grandes medios de comunicación en el centro de la escena para explicar el resultado electoral –un argumento que se escuchará profusamente en los próximos días– sería, cuanto menos, muestra de deshonestidad intelectual y política por parte de los derrotados.

PONER EL ACCIONAR DE LOS GRANDES MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN EL CENTRO DE LA ESCENA PARA EXPLICAR EL RESULTADO ELECTORAL SERÍA, CUANTO MENOS, MUESTRA de DESHONESTIDAD INTELECTUAL Y POLÍTICA POR PARTE DE LOS DERROTADOS.

En cambio, no le vendría mal al kirchnerismo revisar su propia política de comunicación y su estilo al mostrar los logros de su gestión de cara a la sociedad. También, una manera de hacer política que se fue alejando cada vez más de la transversalidad iniciada por Néstor Kirchner y que volvió a abrevar del verticalismo patrimonial del viejo justicialismo. Tampoco se puede soslayar el daño que causaron a la candidatura de Daniel Scioli las propias internas dentro del Frente para la Victoria, muchas veces soterradas pero que no dejaron de ser evidentes. Eso, sin hablar del papel quintacolumnista jugado por algunos dirigentes.

Por último, el “empoderamiento” de la sociedad, como lo llamó la Presidenta el mismo día de las elecciones, no encontró otro vehículo que el de la acción espontánea. Es imposible promover la construcción de sujetos políticos sin abrirles lugar en la estructura, darles voz y espacios para debatir. Esa es una de las grandes deudas de estos doce años de kirchnerismo en el gobierno.

Memoria, Verdad y Justicia

Quizás el discurso más contundente después de la victoria de Mauricio Macri haya sido el editorial de La Nación del lunes. Con el título de “No más venganza” plantea con claridad que, para los sectores económicos y sociales que representa, el castigo de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar deben suspenderse y teminar definitivamente enterrados.

QUIZÁS EL DISCURSO MÁS CONTUNDENTE DESPUÉS DE LA VICTORIA DE MAURICIO MACRI HAYA SIDO el EDITORIAL DE LA NACIÓN DEL LUNES. CON UN PRESIDENTE ELECTO QUE CALIFICÓ LAS POLÍTICAS DE MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA COMO “UN CURRO” QUE DEBE TERMINARSE, MÁS VALE ESTAR ALERTAS.

Vale la pena citar algunos de sus párrafos: “Un día después de que la ciudadanía votara un nuevo gobierno, las ansias de venganza deben quedar sepultadas de una vez para siempre […] Hay dos cuestiones urgentes por resolver. Una es el vergonzoso padecimiento de condenados, procesados e incluso de sospechosos de la comisión de delitos cometidos durante los años de la represión subversiva y que se hallan en cárceles a pesar de su ancianidad. Son a estas alturas más de trescientos los detenidos por algunas de aquellas razones que han muerto en prisión, y esto constituye una verdadera vergüenza nacional”.

Con un presidente electo que calificó las políticas de Memoria, Verdad y Justicia como “un curro” que debe terminarse, más vale estar alertas. En ese sentido, los organismos de derechos humanos seguirán marcando el camino de la movilización.


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