Por Florencia Abelleira

La sonrisa fácil de Fernanda Nicora es una paradoja. La vida la golpeó cuando le arrebataron a su hijo de un tiro en la cabeza, y desde entonces ella se empeñó en volver alegría su dolor.

A Sebastian Nicora lo mataron el 14 de febrero de 2013 en las playas de Punta Indio. Lo encontraron con un golpe en la frente. La autopsia indicaba que ese había sido el móvil de su muerte. “Desde el vamos yo no creo en la versión oficial, yo no creo que a mi hijo lo puedan matar de un solo golpe”, cuenta Fernanda. La Policía local de Verónica, ciudad donde vivía Sebastián con su familia, era quien estaba a cargo de la investigación, y culpaban del asesinato a un menor de quince años, versión que Fernanda nunca creyó.

“Yo estaba muy sola, no tenía plata para presentarme como un particular damnificado. Entonces iba a la fiscalía dos o tres veces por semana para presionar, pero la fiscal seguía delegando la investigación en la Policía”, continúa.

Desde Tribunales le decían que la fuerza policial no tenía nada que ver. “La Policía te mata de un tiro, no de un golpe”, le dijeron y, sin querer, le adelantaron la respuesta.

“Como no tenía plata para un abogado, Iba a la fiscalía dos o tres veces por semana para presionar, pero la fiscal seguía delegando la investigación en la policía.”

En ese momento, el abogado Julián Axat se enteró del caso y decidió ayudar a Fernanda. Le advirtió que es frecuente que se oculte un tiro y le sugirió una reautopsia.

En octubre del año pasado, el cuerpo de Sebastián fue revisado nuevamente y se descubrió lo previsible: el joven de dieciséis años había muerto de un disparo en la cabeza. Tenía pólvora en la frente y plomo dentro del cráneo.

“Hasta el día que mataron a mi hijo, yo confiaba en la institución policial, yo creía en la Policía, yo creía en ese médico forense; pero había algo que no me cerraba. No sabía qué era. Yo sabía que la Policía estaba involucrada, pero no sabía hasta dónde ni cómo”, cuenta.

Hoy, después de dos años de lucha, la familia Nicora no sabe por qué ni quién mató a Sebastián. Según su madre, podría saber más de lo que debía sobre lo manejos de la Policía, “pero no podemos afirmarlo porque no tenemos pruebas aún”.

“Después del homicidio de Sebastián me puse una meta, que es que ninguna familia de Punta Indio pase por lo que pasé yo”, asevera Fernanda. Y su deseo se materializó luego de que el Poder Ejecutivo de la ciudad aprobara un Consejo Local ciudadano para prevenir la violencia institucional. “Es el primer municipio en toda Latinoamérica”, dice con orgullo la mujer, y agrega: “Trabajamos en la prevención y estamos mirando y denunciando el accionar policial. Podemos entrar a la comisaría, podemos hacer requisas. Son atribuciones que nos van a permitir cambiar el rumbo en pequeñas escalas, e incidir en una fuerza como la Policía, que viene desde la dictadura con una impunidad terrible”.

Víctimas santiagueñas

Por lo general, los casos de gatillo fácil no son tratados por los medios de comunicación hegemónicos; si alguno logra visibilizarse, por lo general es del conurbano bonaerense o de Capital Federal. Pero no es menos desolador el panorama en otras provincias del país. Tal es el caso de Claudio Luis Corvalán y Cristian Farias, jóvenes asesinados en la capital de Santiago del Estero.

Cristian Farias tenía veintiséis años y era albañil, pintor y mecánico. La noche del 20 de septiembre había terminado de trabajar a la una de la mañana y estaba con unos amigos por dar una vuelta, cuando unos jóvenes les pidieron ayuda luego de que un efectivo policial les secuestrara una moto. “Cuando llegaron al lugar estaba la Policía y los entró a seguir, haciendo tiros al aire. Ellos se asustaron y se metieron por el barrio, pero la Policía lo siguió a mi hijo”, cuenta Cristina Farias.

La versión oficial dice que fue un accidente, que Cristian embistió un poste y cayó. Inexplicablemente, el poste tenía sangre del lado contrario de donde dice la Policía que chocó.

Cristian Farias agonizó durante cuarenta minutos. “Nosotros creemos que no quisieron llamar a la ambulancia por los disparos. Le hicieron la autopsia en diez minutos y la carátula está como homicidio culposo, como si el choque fuera culpa suya”, dice Cristina. Según la versión del amigo de Cristian, la Policía le disparó en la espalda, entonces él cayó y la moto siguió hasta chocar el palo.

La versión oficial dice que Cristian embistió un poste y cayó. Inexplicablemente, el poste tenía sangre del lado contrario.

“Ahora nuestra lucha es que le hagan una nueva autopsia, porque en la que le hicieron no tiene foto de espalda, y de frente no tenía ninguna marca que indicara la razón de su muerte”.

“Tu hijo no se mató, lo mataron”

No es muy distinto el caso de Claudio Luis Corvalán, que apareció colgado de un tobogán de la plaza del barrio un lunes a la madrugada, también en Santiago del Estero.

Juana Achaval, su mamá, hace tres años que lucha por una nueva autopsia. “Estuve sin poder hacer nada durante seis meses porque el dolor y la angustia no me dejaban darme cuenta de qué había pasado. Yo sabía que mi hijo no se había suicidado. Un día me dicen: ‘luchá por tu hijo porque tu hijo no se mató, lo mataron’”, expresa Juana.

“Estuve sin poder hacer nada durante seis meses porque el dolor y la angustia no me dejaban darme cuenta de qué había pasado.”

Con el correr del tiempo, la mujer se dio cuenta de que el médico forense citaba en los papeles al domicilio de Luis como lugar donde se produjo el supuesto suicidio. Por el contrario, la Policía sostenía que lo habían encontrado muerto en una plaza.

“Yo a mi hijo lo veo a la madrugada y me dice que ya se iba a dormir. Pero cuando me despierto a las 5.15 me doy cuenta de que mi hijo no estaba. A las 11.30 aparece la Policía con la foto de mi hijo muerto”.

Fallaron tres autopsias, porque siempre encuentran unas excusas que ponerle a la familia Corvalán. O no se presenta el médico, o no se acercan al cementerio, o hay desentendidos judiciales.

Así, son muchos los casos de jóvenes muertos por la Policía que no son esclarecidos. Desde el vamos, la fuerza policial es quien encara la investigación de cualquier homicidio, salvo que la Justicia disponga lo contrario. Esto lleva a intentar borrar evidencias, adulterar trámites, y sobre todo, inventar resultados de autopsias que son el camino a la verdad. Muchas veces, como en estos casos, las familias eligen luchar a pesar de las amenazas, el dolor y la impunidad. Pero cuántos serán los crímenes que la Policía logró encubrir.