Por Paula Ponce

Faltan quince minutos para las cinco de la tarde y ya estamos en la casa de mis abuelos. Luciana y yo somos sus únicas nietas y después de la escuela solemos visitarlos. Dejamos los delantales en el sillón. En un ratito la abuela los pondrá en remojo para blanquearlos con agua llovida, pero antes nosotras buscaremos los zapatos de taco alto de mi tía Andrea.

Las manos de la abuela son largas y casi trasparentes. Se les pueden ver las venas azules y, a veces, casi violetas. Esas manos tibias preparan el mate de leche y untan el pan para nuestra merienda.

Ahora que ya estamos vestidas de adultas coquetas, sacamos a la vereda el sillón para María y dos sillas de caño para sostener el elástico que vamos a saltar.

María se sienta, siempre con la mirada en alto, penetrante, de ojos turquesas, chiquitos. Nosotras nos sentamos a su lado, en el piso. Mi hermana ceba el primer mate, mientras yo le pido a María que estire sus dedos para ponerle color rosado en las uñas. Ella se niega, cree que vamos a lastimarla. Para que se tranquilice, le acariciamos las manos. El elástico espera.

La abuela friega los cuellos de los delantales, que se ven muy percudidos. El abuelo observa: “Parece que las Picitos no se bañarán”. “Basta, Cachi, no pelees a las nenas”, responde la abuela y lo manda al patio a sacrificar un pollo para la cena.

Cuando Luci ceba el cuarto mate, el abuelo nos muestra su víctima. A ella le encanta ver esas cosas. Los delantales están listos para ir al secarropas.

De repente, María nos observa, sonríe y llama a “Micaela”. Nosotras nos miramos, preocupadas. Entonces el abuelo, ya desde la cocina, nos indica que sigamos con “el juego”. Sin embargo, el elástico aún espera para ser saltado.

Por fin le pintamos dos uñas a María. “¿Ves? Te queda hermoso ese color”, le asegura Luci. Ella asiente. Todavía no probó ni un mate, así que la abuela se acerca para retarla. “Mariquita, tomá el mate y comé un pan”. María contesta: “Ya comí, hija”. Con Luci nos miramos, cómplices, sin decir nada. Haremos lo posible para que cene mucho.

Terminamos de colorearle la mano izquierda y vamos por la derecha. De todos los juegos, este es el que más nos gusta. El elástico fue comprado para saltarlo, pero continúa quieto entre las dos sillas.

El Sol se va, así que el abuelo nos pide que entremos porque hace frío. Nosotras arropamos a María con una frazada que nos alcanza la abuela, y la ayudamos a entrar. Su lugar adentro está frente a la ventana, siempre viendo hacia afuera. Luci y yo nos vamos a bañar. El elástico ya está guardado.

Nosotras quedamos “impecables para cenar”. María se sienta a la mesa y abre la boca para recibir la comida que le damos entre mi abuela y yo. No podemos permitir que se duerma sin comer.

Luci mira un capítulo de Bonanza con el abuelo. La abuela sugiere que mañana juguemos con la vecina de enfrente, así le prestamos el elástico. Porque ella, “pobrecita”, no tiene a sus abuelos para que le compren uno. Nosotras respondemos que sí.

***

María está sentada, siempre con la mirada en alto, de ojos turquesas, cada vez más chiquitos. En un momento dado nos observa, sonríe y nos dice: “Las nenas del Adrián”. Nosotras, felices, les contamos a los abuelos: “Nos reconoció”.

No jugamos al elástico con la vecina porque ya no vamos afuera. Ahora la tarde, por más soleada que esté, la pasamos adentro, en la pieza.

***

María está sentada, siempre con la mirada en alto, de ojos turquesas, cada vez más chiquitos y achinados. Se enoja porque esa cama no es la suya, y el ruido de las bisagras le molesta. Quiere ir a la ventana, pero sólo podemos ofrecerle más almohadas para quedar más levantada. Le hacemos compañía.

La vecina vino a pedir el elástico.

***

María está sentada, siempre con la mirada en alto, de ojos turquesas, entrecerrados. No nos ve.

“¿El elástico, abuela?”. “Tuvimos que usarlo para atar el colchón de María. Mañana les traemos otro”.

***

María está acostada. Sus ojos, cerrados. No hay elástico nuevo ni viejo.


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