Por Juan Manuel Abal Medina

Fue allí donde América Latina se puso los pantalones largos: entre Néstor, Chávez y Lula, definieron ese momento histórico, que más allá de su relevancia pragmática fue un mensaje con un profundo significado simbólico hacia el mundo, ya que lo que se estaba anunciando era que la región recuperaba su soberanía política. La cumbre en Mar del Plata es un hito para nuestro pueblo, es el punto en el que se demostró que se estaban cuidando nuestros intereses; y fue el puntapié inicial que necesitaron los nuevos organismos de integración como UNASUR y CELAC. A partir de ellos comenzó un proceso de construcción propia, sin cuya presencia probablemente estaríamos viviendo hoy una guerra entre Colombia y Venezuela, entre otras cosas. El hecho de no tener que seguir recurriendo a la Organización de los Estados Americanos para evitar golpes de Estado, el hecho de tener nuestros propios organismos políticos supranacionales, es una declaración de mayoría de edad a nivel mundial.

En este momento, estamos en un proceso de aprendizaje que nos está enseñando a vincularnos y relacionarnos entre los países latinoamericanos, como una región unida frente al mundo. Son procesos que tienen tiempos largos, que se miden en décadas, como sucedió también en el caso de las regiones más desarrolladas: luego de la Segunda Guerra Mundial, Europa necesitó cuatro décadas para poder lograr una nueva integración estable.

Por primera vez tenemos una Latinoamérica que se muestra como un solo continente frente al mundo, y eso jamás hubiera sido posible sin el No al ALCA en Mar del Plata. No se podría haber enfrentado a los buitres, no se podría haber conseguido el respaldo internacional para dialogar con Gran Bretaña sobre Malvinas, ni se podrían haber impulsado muchas de las actuales políticas de desarrollo sostenible.

Fue necesario decirle no al ALCA, porque la integración que nos proponía era el sometimiento definitivo a la producción de materias primas, impidiendo el desarrollo de las fuerzas productivas de América Latina: firmar ese acuerdo de libre comercio era comprometerse con una relación desigual, no solo económicamente, sino también políticamente.