Por Matías Kraber

Como masticando el oro del silencio va Cabrera de a pie siempre por Montevideo aunque a menudo patée más ciudades. Es él, una guitarra y un lápiz. Nada más. Herramientas de artesano de la canción que no se busca, sino que se espera con la sapiencia del poeta que hizo yunta con el metro de la perfección. “Yo de mi padre aprendí algo muy importante: ‘las cosas se hacen bien o no se hacen’”. Y la “cuestión está en la madera” dice una de sus canciones, dedicada a su hermano carpintero, a quien admira, incluida en su último disco (Viva la Patria), donde sin querer queriendo nos dejó virutas de su ADN cultural.

Ahora está en su casa de Montevideo, en el Paso Molino o el también llamado barrio de El Prado: parque de su infancia de una ciudad que no cambia por ninguna y que es escenografía viva en sus canciones, que ahora –como desde hace rato– cruzan el Río de la Plata para desembarcar, por ejemplo, este sábado 7 de noviembre en el Galpón de Encomiendas y Equipajes de La Grieta del Meridiano V de La Plata (18 y 71), a las 21:30hs.

– ¿Qué significa para vos venir a ciudad de La Plata?

– Para mí La Plata es una ciudad muy especial por muchas razones, una ciudad que no se parece a ninguna otra. Incluso hay un músico muy de acá del Uruguay, de quien yo estoy haciendo algunas de sus canciones actualmente (es más, voy a sacar un disco con canciones de él) que se llama Eduardo Darnauchans. Eduardo hace teinta años estudió en La Plata y eligió la ciudad porque era especial para formarse en lo que a él le interesaba: la lingüística, el arte y las humanidades. O sea que yo tengo un vinculo muy afectivo con este lugar.

Puentes del plata

Montevideo y La Plata son ciudades que no se parecen tanto pero tiene un componente joven emparentándolas: pocos años de vida y juventudes en sus calles. De este lado del río lo seduce la urbanística de la ciudad pensada y el clima juvenil donde reconoce la mejor etapa de la vida donde “el ser humano mejora, evoluciona y se lleva las mejores vivencias de la vida entre los diecisiete y veintiocho años”. Del otro lado del río son 250 años de historia y la mezcla de culturas que fabricaron un mestizaje portuario único. Cabrera reconoce en esta mixtura montevideana una riqueza que lo hace elegirla todos los días.

– El barrio de mi infancia se llama Paso Molino –y también se lo llama El Prado–. No se diferencia mucho del resto de los barrios de Montevideo. Tenía un centro comercial muy importante, una estación de trenes, fábricas, y por sobre todas las cosas un parque muy importante de Montevideo que se llama El Prado: una especie de Palermo, que tiene cien hectáreas, una variedad enorme forestal y de especies autóctonas… Y para todos los niños significaba siempre un lugar de juego increíble. Nosotros vivíamos a dos cuadras, todos teníamos nuestro árbol, íbamos a jugar al futbol.

Cabrera no le compone a nada concreto. Ni a una plaza, ni un barrio, ni una esquina o una estación de trenes. Son emociones las que llegan y tocan fibras para que después se transformen en canciones, donde él también reconoce postales de su Paso Molino pero como ambientes visuales. “Yo lo he utilizado como escenografía o como ambiente de distintas historias que cuentan mis canciones… No quiere decir que quiera hacer canciones al barrio, nunca quise hacer canciones dedicadas al barrio, ese no fue mi interés. Pero muchas historias y situaciones que yo cuento en mis canciones están ubicadas en estas calles”, reconoce el compositor uruguayo de 58 años que inició su carrera en 1977 con el conjunto MonTRESvideo y hoy lleva doce discos editados en tres décadas de pura música.

– Cuando uno escucha tus canciones también se vienen barrios, plazas, lugares de este lado del río.

– Me deja muy feliz que me digas esto, porque la verdad es que no fue mi intención original que vos me digas que mis canciones se replican allá en tu ciudad… La verdad que me alegro mucho.

El oficio de la canción

De padre mecánico y dueño de una motricidad fina para hacer de su oficio casi un arte, del cual Cabrera se enorgullece y confiesa que le aportó el don, la delicadeza de sus manos para poder tocar la guitarra. De hermano carpintero, de quien se declara admirador: “Todo lo que hace mi hermano es perfecto, una maravilla de ver, cualquier tarea, cualquier mueble, cualquier cosa que él haga te emociona, como una película, como una obra de arte”, dice Fernando de los oficios familiares que de algún modo se tocan, conviven y lo llevaron a él mismo a ser un orfebre de la canción desde los trece años y a renacer el árbol que su alma toca (“Cuestión de madera”).

– ¿A qué y a quién le canta Fernando Cabrera?

– Mira, o sea, a qué le canto es un tema de tener suerte. Tener suerte de que se te ocurra o te caiga un tema. Yo no busco escribirle a nadie ni a nada. Lo que pasa es que soy una persona relativamente sensible. Cuando algo me toca, algo me roza mis emociones… tengo una tendencia desde que tengo trece años, me surgió la tendencia de manifestarlas en canciones cuando algo me toca, cuando me mueve mi interior, mis fibra. Ahora, no es que yo busque cantarle a una ciudad, a un barrio, a una persona, yo no busco nada. Generalmente, espero. Me llegan motivaciones, me tocan cosas, y ahí tengo una natural tendencia a agarrar un lápiz, un papel y una guitarra. No es mi intención cantarle a Uruguay o a Montevideo.

– ¿Te acordas de tu primera canción?

– Mira, me la acuerdo parcialmente, me acuerdo siempre un pedacito… Tenía yo doce o trece años. Sé que era una canción de amor, no me quedó en la memoria porque sé que era bastante mala. No me sentí identificado. Hoy en día no me sentiría orgulloso de ella, pero fue muy importante porque fue el principio, fue la primera vez que yo decidí hacer una canción, y para mi vida fíjate que es muy importante porque es el puntapié inicial a algo que hasta el día de hoy sustenta mi vida y mi supervivencia.

La poesía y la música sin tiempo

Si el oído se detiene, descubre una mixtura que cabalga entre Zitarrosa y Spinetta. Armonías sutiles, arpegios de milonga y cortes de precipicio, más un vozarrón con melancolía pero con candombe uruguayo. Su poesía siempre es un martillazo para despabilar al público, que cuando deja la platea se va con existencialismo puro a dormir y unas cuantas emociones liberadas en la sala del teatro. Cabrera dice que no sabe a ciencia cierta de su influencia, pero que sí leyó muchísimo a Juan Carlos Onetti y admira su prosa con destellos poéticos que jamás rozaron el vicio edulcorado de los escritores. “Onetti se permitió altas dosis poéticas en sus narrativas sin ser cargoso, sin ser pesado”, y habla de su otro faro uruguayo, Eduardo Mateo, ecléctico músico rioplatense con quien compartió grabaciones y escenarios.

– ¿Qué significó para vos y para la música popular rioplatense el paso de Eduardo Mateo?

– Para mí Mateo es muy importante y es fuente de orgullo. Reunió una cantidad de virtudes inmensas, fue absolutamente valiente, innovador, tuvo mucho coraje, fue delicado, fue poético, y su música tiene un swing increíble. Mateo es una figura impresionante en la música uruguaya. No sé si está muy representado en la actualidad. Yo no veo muchos Mateos, pero por lo menos lo tuvimos.

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Cabrera es crítico con el contexto creativo en Sudamérica y en el mundo. Cree que el fenómeno de la globalización arrastró y arrastra a la mímesis y por eso no aparecen tantos inventores que rompan el cliché o el lugar común con el coraje artístico de jugárselas abriendo la maleza.

“Todo se parece todo, todo es un pop/rock de fogón, me da la sensación de que los Mateo ya no existen más: los innovadores, los que inventan, los que rompen con  el pasado, los renovadores… Ahora todo es lo mismo, tanto da que una persona haga rock o haga candombe o haga blues o haga folclore… Ahora todo es así, todo es pop, eso es lo que yo veo… Te lo digo con cierta tristeza, y también te lo digo con cierto nivel de aceptación: el mundo está así. No hay más lugar para innovadores, para gente que rompa el tablero y se la juegue por algo distinto, todo me suena como a una especie de fogón. Pero en todos lados sucede así, y lo acepto con cierta tristeza, mejor más vale no quejarse”, dice Cabrera, y no se queja. Más bien se le percibe un tono que se desinfla en el teléfono.

Fernando Cabrera odia el ruido. Cuenta que en Montevideo están por sacar una ordenanza que prohíba a los choferes de ómnibus deambular con la radio a todo volumen. Jura que lo agreden las plazas con altoparlantes, y la misma ciudad que en sus espacios públicos conviven con el ruido ensordecedor que muchos, salvo él, disfrutan. Él se reconoce un amante del silencio, un hombre sensible que busca sus rincones para que lo desplume la emoción que lo empuja a componer: algo abstracto que no tiene tiempo, ni hora, ni relojes; algo casi teológico que descubre la eternidad del instante donde se revela el secreto de su magia.

– ¿Cuál es el momento perfecto que elegís de tu carrera, si tuvieras que elegir uno?

– Cada vez que me subo al escenario. Me subo a un escenario y parece que empezara un mundo diferente, donde lo único que existe es la música, yo, la atención del oyente y la emoción. Eso es para mí el sitio ideal de mi vida.