¿De qué cambio hablan?

¿De qué cambio hablan?

No hay otra opción en estos tiempos que la que surge entre los que proponen la recolonización y los que proponen la independencia definitiva. Por Stella Calloni.

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Por Stella Calloni

Al mejor estilo de Joseph Goebbels en la Alemania nazi, la oposición intenta imponer que el pueblo argentino votó “por el cambio”, cuando nunca han definido cuál es el cambio que proponen. Por su parte, el candidato opositor, Mauricio Macri, debió utilizar los logros del gobierno actual, cambiando él mismo su discurso en medio de la campaña para prometer que los iba a mantener, y así logró recuperar votantes.

Si Mauricio Macri, de la derechista alianza Cambiemos, dijera que su propuesta es el regreso al neoliberalismo rampante, como han planteado públicamente sus economistas, ¿está seguro que voluntariamente el pueblo argentino o los trabajadores renunciarían a sus mejores conquistas?

Si Mauricio Macri, de la derechista alianza Cambiemos, dijera que su propuesta es el regreso al neoliberalismo rampante, como han planteado públicamente sus economistas, ¿está seguro que voluntariamente el pueblo argentino o los trabajadores renunciarían a sus mejores conquistas?

Si recordara que como dirigente de la ultraderechista Propuesta Republicana (PRO) se opuso a cada uno de estos logros del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, logros reales que, sin lugar a dudas, está dispuesto a desaparecer del mapa por sus compromisos con el poder hegemónico y el “mercado”, ¿cuál puede ser el resultado?

El PRO, cuyo único fuerte es la Capital Federal, tan desentendida del resto del país y tan vulnerable a las ofertas banales, arrastró fácilmente a la Unión Cívica Radical (UCR), gracias a la dirigencia menos radical de su historia, con lo cual apareció como ganador en las provincias donde en realidad ganaron los radicales, lo que indica que ese caudal de votos no es propio y no puede ser permanente.

¿Qué cambio proponen? ¿Acabar con el nuevo esquema de jubilaciones, que por primera vez en la historia fue extendida a millones, como las siempre olvidadas amas de casa, o los trabajadores nunca blanqueados pero que trabajaron años, sin tener derecho alguno ni protección social? ¿Terminar con la Asignación Universal por Hijo, que significa la salvación social para más de tres millones de niños, o con la ayuda a las madres pobres, reconocida en el mundo entero? ¿Despedir a miles de trabajadores, volver a las reglas neoliberales del trabajo, para lo cual ya advierten que las paritarias son fascistas? ¿Y qué decir de los subsidios y becas para los estudiantes tanto de secundario, como universitarios, para los cuales, además de los fondos de ayuda directa, se ha instalado la mayor cantidad de Universidades públicas que hayan surgido en un período histórico en el país?

Escuché a un dirigente del PRO, inclinado a la privatización de la educación, decir en forma pública y con total impunidad que los pobres no pueden estudiar, cuando las Universidades públicas y gratuitas se han triplicado en todo el país. ¿Qué van a hacer con todo esto, cuando la educación pública al alcance de todos es una realidad que ellos no reconocen? ¿Y los planes de viviendas que avanzan cada día en el país?

El campo argentino, ¿de qué tragedia hablan los nuevos ricos del campo, convertidos por obra y gracias de la maldita soja también ahora en casatenientes, como sucede en Rosario, Santa Fe, Córdoba o la capital? Esto, mientras los peones del campo –muchos de ellos rescatados por medidas de este gobierno de su condición de esclavos modernos–, los más sufrientes entre sufrientes, tienen de representante sindical a un empresario amigo de los poderosos terratenientes del país. Todos lo saben y callan.

Una década no es suficiente –en ningún lugar del mundo– para recuperar un país hundido en el infierno. Basta proyectar la imagen de 2001-2002: desesperados clasemedieros golpeando con martillos las puertas metálicas o las rejas de los bancos, millones de desocupados –entre el 30 y el 60% en las provincias– la navidad del trueque, las calles vacías, los sueldos acorralados en los bancos, que nunca perdieron un centavo, mientras la desolación crecía en las ciudades y tanto más en las periferias.

Y aquellos ejércitos cartoneros de esos días, los miles de despojados buscando comida en la basura. Si se compara ese descenso al infierno con estos días, donde ha vuelto a salir humo de las fábricas, se ven productos nacionales en las vidrieras, los restaurantes están llenos, los organismos internacionales reconocen el descenso de las pobreza y la recuperación del trabajo en el país, y lentamente –porque no es un proceso de un día– vuelven a recuperarse los derechos laborales y los salarios.

Que existe inflación es tan evidente como que existe una crisis internacional que nos afecta a todos, pero mucho menos a nuestros países, gracias a estos años de resurrección y recuperación.

Frente a aquellas imágenes apocalípticas de principios de este siglo, en el país asistimos hace muy poco tiempo al lanzamiento del segundo satélite (ARSAT 2) para liberar nuestra capacidad de comunicación, totalmente construido en el país, el mismo que agonizaba en 2002.

Nuevamente, la fábrica de aviones en Córdoba, entregada por monedas a una empresa extranjera en 1965 y recuperada ahora, acaba de fabricar su primer avión construido aquí: el Pampa. Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) y Aerolíneas Argentinas, rematadas al mejor postor en los años noventa, desguazadas ambas y con el despido de miles de trabajadores, empresas estratégicas si las hay, recuperadas por este gobierno, como se hizo con las jubilaciones “privadas”, una enorme estafa también heredada de los años noventa. Y mucho más en una larga lista a la que cualquiera puede acceder en una década ganada para la dignidad y el futuro del país.

Todo eso es real, aunque pretendan esconderlo con la impunidad de la mentira y la falsificación. La impunidad criminal de la mentira es pan común en estos días, especialmente entre el poder corrupto que tiene la desvergüenza de mencionar la palabra transparencia. Modelo perfecto de colonizados, una clase que ascendió a media-media quiere parecerse al de más arriba. En estas culturas de mercado de la incultura, donde la TV vende espejos de colores y trabaja para destruir toda identidad, así como la capacidad de pensar y decidir. Hemos tardado demasiado en actuar ante los entretenimientos de la TV, pensados para la destrucción cultural y social. La humillación por un minuto de fama es modelo corriente.

Bailar por un sueño no es un juego, es un modelo impuesto en toda nuestra región, para educarnos en la “conveniencia” de la humillación, papel que juegan los jurados. Un poco de dinero y fama te convierten en un conejillo de Indias en el experimento denigrante y deshumanizado de Gran Hermano, pero cuánto dinero produce a los medios masivos del poder hegemónico y cuánto atraso cultural a nuestros pueblos.

Esa es la sociedad en que quieren transformarnos para facilitar el proceso de recolonización planeado para nuestros países. ¿Iremos cantando hacia nuestra destrucción? ¿Iremos bailando hacia el sometimiento que nos proponen, entre globos y papelitos de colores? ¿Será un buen cambio volver a privatizar las empresas estatales, rematadas y regaladas durante la dictadura neoliberal de los noventa, en tiempos en que se vendía el país, mientras distraían al pueblo del uno a uno, desmoronado el sistema? Reinstalar el neoliberalismo rampante ¿es un cambio o un retroceso criminal? ¿Y qué hay de los centenares de científicos que retornaron al país, lo que produjo un sorprendente avance para la ciencia y la tecnología en menos de diez años, clave para la solidez de un país hacia el futuro?

Y vayamos a otros aspectos de esta historia. ¿Olvidaron aquellos lo de “piquete y cacerola, la lucha es una sola”, cuando la clase media hundida hasta el cuello cantaba en las calles esa consigna, junto a los ejércitos de desocupados, allá por 2001-2002 y parte de 2003?

Enumerar el cambio habido entre 2001-2002 y estos días nos llevaría horas, punto por punto, área por área. ¿O acaso la desmemoria es tan profunda que no ven el cambio, reconocido por todos los organismos internacionales?

El candidato opositor y quien salió tercero, Sergio Massa, del Frente Renovador que lidera la alianza Unidos por una Nueva Alternativa (UNA), también logró recuperar votos rescatando la idea de que iban a preservar todos los logros y el cambio evidente en doce años de gobierno kirchnerista.

¿De qué cambio hablamos entonces? ¿De regresar a la impunidad para los criminales que secuestraron, torturaron, mataron, desaparecieron en nombre de la seguridad nacional de un imperio del que dependían nuestras fuerzas militares? ¿Volver atrás en la política de derechos humanos reconocida en el mundo y que nos enaltece como nación? Es evidente que falta mucho aún en esta recuperación, pero se han colocado cimientos profundos y la propuesta oficial es avanzar profundizando lo logrado y cambiar para mejorar lo realizado.

Que tenga la oposición el valor de decir cuál es el cambio que promete y enumerar lo que vamos a ganar y perder en esto. ¿O hará como Menem, quien confesó que si hubiera dicho lo que iba a hacer nadie lo hubiera votado?

Que tenga la oposición el valor de decir cuál es el cambio que promete y enumerar lo que vamos a ganar y perder en esto. ¿O hará como el ex presidente Carlos Menem, quien confesó que si hubiera dicho lo que iba a hacer nadie lo hubiera votado?

Esta “restauración conservadora” que ofrece una oposición conformada por alianzas, que en nuestra historia política siempre fueron muy débiles, no podría funcionar sin los medios masivos de comunicación del poder hegemónico, su mayor “fuerza de tareas” en nuestro país, expertos impunes en mentira y desinformación. Un arma de destrucción masiva que mantiene el monopolio de la desinfomación y los entretenimientos degradante anula y vacía la conciencia de los pueblos, desculturizando día por día a amplios sectores sociales.

Estos medios son claves para intentar destruir el proyecto político más avanzado en la historia regional, que intentó lograr la emancipación definitiva y la unidad en una integración en la diversidad, que es hoy una realidad y un objetivo estratégico para nuestra defensa y nuestro futuro independiente. Esta unidad es la mayor defensa ante el intento de retornarnos al necolonialismo degradante, cuando no al colonialismo a secas. ¿Qué sería de nuestro futuro si volviéramos atrás la política exterior más independiente de nuestra vida democrática?

En realidad, estamos ante un escenario donde el gobierno ha logrado los mayores avances que se registren no sólo desde el retorno a la democracia (1983), sino siendo literalmente perseguido por una oposición absolutamente dependiente de Estados Unidos, sus fundaciones, sus Organizaciones No Gubernamentales y sus medios de comunicación.

Si alguna izquierda, por dogmatismo o por estar sirviendo a otros intereses, si algunos intelectuales se sienten tan superiores al común y ante lo que está sucediendo reflexionan sobre lo que se juega estratégicamente para nuestro país, para la región y para el mundo, no hay otra opción en estos tiempos que la que surge de los que proponen la recolonización y los que proponen la independencia definitiva, como la única posibilidad para el futuro libre de los pueblos del mundo.