Por Adelina Dematti de Alaye

Conocí a Néstor los primeros días luego de que había asumido la presidencia. Por ese entonces integraba la Comisión por la Memoria y habíamos pedido una entrevista con él. Nos recibió enseguida. Estábamos ya todos ubicados en su despacho, cuando aparece y comienza a saludar con un beso a uno por uno.

Me acuerdo cómo nos hizo reír. Detrás de él, por cómo estaba ubicado el escritorio, había una ventana que daba a Plaza de Mayo. Él nos hizo notar que estaba enrejada. “Acá había un presidente que tenía miedo que lo mataran por la espalda”, nos dijo. No veía la hora de que sacaran las rejas.

La siguiente vez que fui, ya no estaban. El 27 de octubre de 2010 viene mi hija, que vive a media cuadra, a visitarme al mediodía. Era el día del censo. Yo enseguida le pregunté qué andaba haciendo, “¡Mirá si va la censita!”, la reté. Estaba tan marchita, se fue enseguida. Yo me quedé preocupada porque me di cuenta de que no estaba bien.

Diez minutos más tarde llega otra vez con mis nietos. Ella había venido porque pensaba que yo ya había escuchado la noticia. Cuando vio que yo no sabía nada, sola no se atrevió a decírmelo.

Abro la puerta y me dice: “Murió Néstor”. Yo le pregunté qué Néstor. Cuando me doy cuenta, nos largamos a llorar los cuatro. Néstor era un tipo tan dulce, tan afectuoso, que te hacía sentir que lo conocías de siempre.